Hice tantas contribuciones en la guerra, sirviendo a mi pueblo, a Kuayampia, derramando sudor, sangre y aliento por esta tierra que me vio nacer. Pero cuando llegó el momento de que se me diera mi lugar, el apu —mi padre— entregó su lanza a mi hermano; a él le dio la corona de plumas; a él le dio el collar de dientes. A él... siempre a él. Mi hermano, que casi se ahoga en Putunmallo. ¿Qué guerrero awajún teme al agua? Y, aun así, se llevó el mérito, la honra, el nombre. Siempre fue su hijo favorito.
Yo, que con estas mis manos rompí las lanzas enemigas; yo, que tantas veces regresé con comida, mujeres y uchis para fortalecer a los nuestros, arrebatados a los que se atrevieron a ponerse enfrente... A mí se me negó mi derecho. Y no pude, no quise soportarlo.
Tomé una balsa y dejé atrás ese hogar ingrato. Río abajo me fui; no volveré. Llegué a Wajuyat y más allá aún. Mi nombre había viajado antes que mis pasos; incluso allá, en tierras lejanas, reconocían mi valor, más que mi padre. Fui respetado donde llegué. Viví así un tiempo, vagando aquí y allá; mi espíritu me decía que vaya más lejos, más lejos. Extraño a los míos, pero no volveré.
Vagué por la orilla eterna del Putunmallo. Encontré nuevas gentes, extrañas gentes: algunos awajún, otros distintos. Tomé una mujer; por mis habilidades y mi puntería, su padre me ofreció también a su hermana. Ahora el vientre de mis esposas crece más y más; les preparé caldo de cabezas de pescado. Por un momento, la vida pareció aquietarse como el río al amanecer.
Luché en apoyo de la tribu de mis esposas unas cuantas veces. Cuando un enemigo caía ante mi lanza, eso me devolvía la dicha perdida, rompía el anhelo por lo que dejé atrás. Por fortuna, el combate no me es esquivo, pues siempre hay quien acecha para arrebatar tus provisiones, tus mujeres. En mi última lucha, la luna anterior, enfrenté a alguien realmente digno: luchó casi a la par conmigo. ¡Qué gran satisfacción acabar con alguien así!
El viejo apu de los Chiria, con noticias de sus exploradores, una mañana decidió que debíamos abandonar el asentamiento e internarnos más profundo, pues habían llegado rumores de una nueva guerra, una guerra diferente, algo jamás visto. Yo no creí: guerra es guerra, matar o ser matado. Además, nuestra alianza con otros asentamientos es fuerte. No vi necesario escapar, me opuse a la decisión, y el viejo apu sí me escuchó... no como mi padre.
Los rumores seguían llegando; dijeron tantas cosas que yo también me volví curioso. Quise ver de cerca esta nueva guerra, para ver qué de diferente tenía.
¿Quiénes pelearían? Escuché hablar de unos shachapuyos, hombres venidos de más allá de los bosques, de arriba, donde el viento muerde como piedra fría a medianoche. Ya vienen, ya vienen; eso escuché decir, y me apresuré a su encuentro.
Y allí los vi. Corrían rápido, sin siquiera aplastar la hierba. Me ignoraron, pues yo no era amenaza para ellos. Tantos... tantos... nunca había visto tanta gente junta. Silenciosos, avanzaban como si la selva misma caminara con ellos. Mi corazón latió con fuerza. ¿De dónde salió tanta gente? Me pregunté quién podría luchar contra aquello. Me lamenté por sus enemigos.
Pero mis pensamientos fueron necios. El mundo es grande y, en sus sombras, acechan bestias aún mayores. Los shachapuyos retrocedieron. Yo los vi regresar sobre sus pasos: rápidos, silenciosos, pero con la derrota clavada en los ojos.
Increíble. ¿Quién podría lograr semejante hazaña?
Quise verlo con mis propios ojos; me lamenté haberme perdido la batalla. No esperé mucho.
Ellos no eran silenciosos.
Avanzaron como tormenta que despedaza árboles y rocas. Así avanzaron... los incas —así se llamaban—, gentes extrañas de las que escuché hablar al padre de mi padre. Yo nunca los había visto... hasta ese día.
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Imperio Inca un nuevo amanecer
Historical FictionUn joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio. Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
