Un joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio.
Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
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El ave joven se lanzó al vacío, con alegría escaló las nubes. El viento traicionó sus alas, moribundo lanzó un reproche. Nadie responde; ya solo hay noche.
Varios días habían pasado desde aquel incidente que causó tanto revuelo en la fiesta sagrada del sol. El Inti Raymi ya había llegado a su fin, dejando tras de sí un remolino de emociones y misterios. Aún conmocionado por la experiencia sobrenatural que acababa de vivir, el joven se encontró sumido en la confusión, el asombro y la negación. Sin embargo, los sirvientes que lo rodeaban interpretaron su desconcierto como una manifestación del poder divino del dios sol, lo que solo intensificó su reverencia hacia él.
Poco a poco, ya casi convencido de que no se había vuelto loco, no le quedó más que buscar respuestas que explicaran, aunque sea un poco el misterio en el que había caído. Luego de algunos días de cautelosa observación y análisis, llegó a la conclusión de que, de alguna forma, por alguna razón que iba más allá de su entendimiento, había sido transportado en el espacio y el tiempo, encontrándose ahora en el cuerpo de alguien llamado Ninan Cuyuchi. El nombre le sonaba de algo, pero no alcanzaba a evocar de manera clara la información de su memoria.
De lo que sí estaba seguro es que se encontraba en el antiguo Tahuantinsuyo, aunque aún no lo creía del todo. La vestimenta y la arquitectura eran inconfundibles, pero, además, poco a poco, información que nunca antes había conocido comenzó a filtrarse en su mente. Comenzando con la lengua, la entendía a la perfección, pero sabía que no era el castellano. También los gestos, la forma de moverse; en ocasiones llegaba a sentir como si su propio cuerpo tomase el control y actuara con libre albedrío. Reconocía las caras de las personas que lo rodeaban y tenía cierta noción de quiénes eran, pero al mismo tiempo sentía fría extrañeza hacia ellas. Era natural, nunca las había visto antes. Por lo tanto, debían de ser recuerdos del anterior dueño de este cuerpo en el que, ¿su alma? había venido a parar. Aunque estos recuerdos eran muy confusos, no le servían de mucho más que para camuflarse y no parecer demasiado raro. Claro, las extravagancias que cometió podrían atribuirse a su "contacto divino". Era la respuesta a la que habían llegado los que lo rodeaban, y si eso es lo que pensaban, él no planeaba discutirlo.
Habían pasado casi tres semanas desde que, podría decirse, había llegado a ese lugar. Había permanecido en cama la mayor parte del tiempo, ya que sus músculos no tenían la fuerza suficiente para mantenerlo en pie por mucho rato. Sin embargo, este período no fue del todo malo; le sirvió para aclarar sus ideas, adaptarse a su nueva realidad y planear qué hacer de ahora en adelante.
Mientras se acariciaba las orejas, agradeció no tenerlas extendidas y perforadas, como era costumbre en gran parte de la nobleza incaica, a la que al parecer ahora pertenecía. Los orejones formaban parte de la élite gobernante, pero había excepciones a veces. Este parecía ser su caso. ¿Era algo bueno o malo políticamente? No lo sabía.