Un joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio.
Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
En Cuzco, la sede del poder imperial, la gente estaba agitada. Los rumores de la guerra se escuchaban por doquier, cuestionando las medidas tomadas para sofocar la rebelión. Muchos se preguntaban si todo esto era una estratagema política oculta tras la extraña decisión de Huayna Cápac al designar a Ninan Cuyuchi como comandante de la campaña.
Ninan Cuyuchi, ajeno a las habladurías, movilizó a su ejército sin prisas, de manera pausada y ordenada, a través de la red de caminos del Qhapaq Ñan. Aunque sus generales, Ayar Cuchi y Kori Killa, le instaban a aumentar la velocidad de la marcha, argumentando que cada día que pasaba fortalecía a los rebeldes, él mantuvo su ritmo. Estaba convencido de que la preparación era más importante que la prisa.
Los Hatun Runa que habían acudido a la leva se habían dedicado a la agricultura hasta entonces. Aunque el uso de las armas no les era ajeno, Ninan Cuyuchi consideraba esencial aumentar su destreza a través de la práctica. Cada día, ordenaba detener la marcha algunas horas para que los Hanan Cusqui, la élite guerrera, entrenaran a las tropas. Este enfoque metódico comenzó a dar frutos, y los soldados fueron ganando mayor destreza y confianza en sus habilidades.
Durante los primeros días de marcha, Ninan Cuyuchi aprovechó para asentar su autoridad. No quería ser visto como un niño guiado por adultos, como habían pretendido sus generales al principio. Inspirándose en los grandes personajes de las películas y series que había visto en su vida pasada, emuló el comportamiento y las palabras de estos. Logro una buena actuación, pues poco a poco, logró que tanto los generales como los Hanan Cusqui lo tomaran en serio.
Con el control del ejército en sus manos, Ninan Cuyuchi inició la segunda fase de su plan: explicar el propósito de los grandes escudos y las largas lanzas que había solicitado. Necesitaba la colaboración de sus generales para llevar a la práctica lo que había concebido en su imaginación. Después de todo, aunque tenía la teoría y la información, necesitaba la visión de verdaderos soldados que realmente hubieran combatido para la creación de aquello que tenía en mente.
Mientras exponía sus planes con la ayuda de figurillas de arcilla que había preparado de antemano, las miradas de los generales se volvieron cada vez más serias. Comenzaron a vislumbrar las grandes posibilidades que esas ideas implicaban, abriéndose a un nuevo horizonte táctico. Como líderes experimentados, supieron llenar los vacíos en la teoría de Ninan Cuyuchi y estuvieron de acuerdo en aplicarlas de inmediato. En sus ojos, el joven príncipe ganó un nuevo nivel de respeto.
Ayar Cuchi y Kori Killa, más entusiastas que el propio Ninan Cuyuchi, se encargaron personalmente de que los contingentes aprendieran las nuevas tácticas y formaciones. Esas ideas tenían que causar ese efecto; a Ninan Cuyuchi le habría decepcionado mucho si sus generales no hubieran sido capaces de ver los beneficios de estas innovaciones. Después de todo, estas pertenecían a los genios militares Cayo Mario y Filipo de Macedonia.
Con una marcha pausada, finalmente llegaron a las orillas de Qullpa Mayu, el Río Marañón, después de tres veces el tiempo que usualmente habrían tardado. Más allá de sus caudalosas y traicioneras aguas, se encontraba ya terreno hostil.
El astuto Yana Puma había visto la importancia de utilizar este formidable río como una defensa natural contra la invasión. Estratégicamente, estableció su posición en la orilla opuesta, arrasando con los pequeños asentamientos ribereños, destruyendo las embarcaciones que podrían servir de transporte a los enemigos y derribando los puentes colgantes que conectaban ambas orillas. Esta estratagema buscaba parar de lleno el avance inca, sin permitirles dar un paso más, obteniendo una primera ventaja en la contienda ya que defender la orilla resultaba muchísimo más sencillo que atacarla.
Ninan Cuyuchi, ya había anticipado esta jugada de los chachapoyas. Siempre es ventajoso tomar el control de los ríos para las batallas de defensa. Ahora, se enfrentaba a la pregunta crucial: ¿Ante esta situación qué es lo que debería hacer?
El ejercito estableció su campamento en la orilla cercana. Bajo la dirección del experimentado Ayar Cuchi, se erigieron rápidamente las defensas habituales: empalizadas de estacas y patrullas de vigilancia para detectar y prevenir posibles amenazas. Aunque aún quedaban varias horas de luz, Ninan Cuyuchi instruyó que las tropas descansaran durante el resto del día. La psicología desempeñaba un papel crucial en la guerra. Quería a sus hombres frescos y motivados cuando llegara el momento de la lucha.
Yana Puma, por su parte, había concebido cruzar sigilosamente el río durante la noche, envuelto en la densa niebla, con el propósito de asesinar al comandante enemigo y minar la moral de sus adversarios. No obstante, al avistar el campamento inca organizado y precavido, comprendió que su cometido resultaría fútil y abandonó la idea.
En cambio, el líder rebelde regresó a su plan original de impedir que los incas cruzaran el río. Con las lluvias próximas, las aguas se tornarían aún más turbulentas e inaccesibles, y su estrategia se basaba en resistir hasta ese momento. Sus hábiles honderos arrojaban piedras esporádicamente hacia la orilla opuesta, sin éxito, ya que el campamento inca se encontraba a una prudente distancia.
Con la llegada de la noche, el día siguiente prometía ser el inicio oficial de la batalla, siempre y cuando los incas pudieran encontrar una forma de cruzar el formidable río.