La Batalla del Cruce del Marañón

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Que el viento te lleve lejos, ve a casa, guerrero, que ella te está esperando

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Que el viento te lleve lejos,
ve a casa, guerrero,
que ella te está esperando.

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La oscuridad, como un manto de misterio, fue cubriéndolo todo. Los chachapoyas sospechaban que el ejército incaico podría intentar cruzar el río en cualquier momento. Imaginaban balsas improvisadas o incluso un intento de cruzar a nado bajo el amparo de la espesa neblina nocturna, aunque esto último era poco probable. La mayoría de los ayllus que acompañaban a Ninan Cuyuchi no sabían nadar. Las tropas de Yana Puma se mantuvieron alerta toda la noche, esperando un ataque inesperado. Pero nada ocurrió.

Al llegar un nuevo día, las horas transcurrieron lentamente bajo una tranquilidad perturbadora. Lejos del bullicio de la guerra que todos esperaban, el silencio era inquietante. Era casi mediodía, y aún no ocurría nada, lo que ponía nerviosos a los chachapoyas.

A medida que fue avanzando la tarde, al fin algo sucedió. Un noble orejón de la guardia de Ninan Cuyuchi, un valeroso Hanan Cusqui ataviado con todos sus ornamentos, se acercó a la orilla del río, al alcance de los honderos. Esto despertó una chispa de curiosidad en Yana Puma, quien ordenó no lanzar los proyectiles y esperar para ver qué se proponía. Sin embargo, pidió que todos permanecieran listos y preparados por si se trataba de una distracción.

El emisario se acercó a la orilla, se agachó y tomó un sorbo de agua del río. Luego, se levantó y, con una voz profunda, comenzó a hablar lo suficientemente alto para que lo escucharan en la otra orilla. Sus palabras, expresadas con respeto y sinceridad, pero también con el debida fuerza y poder que conllevaba ser la voz del imperio, transmitían el deseo de su comandante de poner fin al conflicto y encontrar una solución que beneficiara a ambas partes. Su discurso fue sumamente elocuente, abriendo las posibilidades de prosperidad y los beneficios que esta decisión podría traer.

Yana Puma escuchó cada palabra y vio en ellas una pálida sombra de oportunidad para detener el derramamiento de sangre y asegurar un futuro próspero para su pueblo. Soñaba con restaurar su gloria perdida y reunirlos como un solo puño, pero ese deseo de paz fue solo un desliz momentáneo en su voluntad. Por muy atractivas que fueran las propuestas del enemigo, su decisión estaba tomada. No creía que el imperio fuera tan indulgente como para perdonar su rebeldía. Eligió la guerra. La ventaja estaba de su lado; no permitiría que cruzaran ese río.

Ya que las negociaciones diplomáticas fallaron, la guerra, inevitablemente, tenía que seguir su curso. Solo las armas le darían la razón al ganador. Ambos lados se prepararon para el choque de sus fuerzas con una determinación renovada. El sentimiento mutuo era que la paz, al menos por el momento, era inalcanzable.

Ninan Cuyuchi ya sabía que los chachapoyas probablemente rechazarían su oferta, pero la propuso de todos modos por protocolo. Al finalizar la guerra, quería presentarse como alguien que había buscado la paz, pero fue rechazado, lo que le daría una ventaja en futuras negociaciones. Ahora que la batalla y la sangre eran inevitables, tendría que poner en marcha su próxima estrategia.

Imperio Inca un nuevo amanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora