Sombras del Supay

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Tarareando "Twinkle Twinkle Little Star", intento alcanzar el sueño, pero este se me escapa. ¿Quizás mi subconsciente trata de protegerme, presintiendo las pesadillas que, sin duda, me acompañarán de ahora en adelante?

Cómo desearía estar en mi cama. Extraño mi laptop, mi escritorio, mis cosas. Quién lo diría, incluso extraño los regaños de mamá.
Qué complicado es todo. ¿Debería simplemente huir? Pero no duraría mucho por mi cuenta en este mundo hostil. Todo es tan abrumador.

Me siento infantil. ¿Será este cuerpo el que me hace sentir así? ¿O soy yo mismo?
Me pregunto qué será de ella. ¿Estará mirando las mismas estrellas que yo? ¿Me habrá extrañado cuando desaparecí? ¿Habrá salido ya Vientos de Invierno? Qué pena, nunca sabré cómo acabó esa historia.

Mi bella amiga, mi bella amiga... Tengo miedo. Todo está oscuro. Tengo miedo. Quisiera verte otra vez.
"Twinkle Twinkle Little Star". Mañana tengo que fingir que nada me afecta. Tengo que ser fuerte. Tengo que demostrarles que soy digno. ¿En qué me he metido?

Mañana tengo que perseguir a Yana Puma, el puma negro. Curioso nombre, aunque el mío tampoco es muy común. Pensándolo mejor, debo ir a Kuélap. Siempre quise ver Kuélap; ahora lo veré en todo su esplendor. Hay que tomarlo antes de que se recupere. Mañana, temprano, tengo que hacerlo.

Arcos. Necesito arcos, muchos arcos. Las flechas son efectivas para matar. Tengo que matar. Matar a tu pueblo, mi querida. ¿Serán tus antepasados? Ya he teñido de rojo el suelo de tu ciudad. ¿Me perdonarás?

La la la, amazonenses unidos, cantemos con la fuerza del gran Marañón...

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Ayar Cuchi instó a su exhausto señor a retirarse a descansar en su tienda. No era apropiado que el príncipe estuviera en público en ese estado. Al observarlo, las arrugas de su rostro se hicieron más pronunciadas, reflejando una preocupación evidente. Ninan Cuyuchi murmuraba en una lengua extraña, incomprensible para el viejo general, pero la profunda tristeza que emanaba de sus palabras era inconfundible.

¿Será un lenguaje para hablar con los dioses?, se preguntó Ayar Cuchi. La batalla había afectado al joven auqui más de lo que habría imaginado. Era comprensible; esta era su primera campaña, y el mal aire del Supay a menudo se cuela en los corazones, incluso de los guerreros más veteranos. Al Supay le encanta vagar por los campos de batalla; el olor de la muerte atrae al temido gobernante del Uku Pacha.

Pero Ayar Cuchi confiaba en que esto no sería un problema a largo plazo. En su interior, cada uno lucha contra sus propios demonios, y si uno no puede vencer sus temores, nadie más lo hará por él.

El viejo general, a pesar de sus dudas iniciales sobre la decisión del Sapa Inca de otorgarle el mando a Ninan Cuyuchi, había cambiado su percepción con el tiempo. A medida que interactuaba con el joven príncipe, sus creencias se desmoronaban una y otra vez. Ya no lo veía como un niño; no podía hacerlo. Ninan Cuyuchi, a pesar de su juventud, demostraba una visión extraordinaria, como si llevara dentro de sí la experiencia de generales que habían luchado en mil batallas.

Sus nuevas tácticas eran fascinantes, especialmente la falange. Incluso Ayar Cuchi quedó impresionado por la mortífera efectividad de esa formación. La única explicación que encontró para tales maravillas era que, como se rumoreaba en Cusco, el auqui tenía el favor del Inti Tayta. Así lo creía firmemente. Después de todo, Ninan Cuyuchi era descendiente de Pachacútec, el transformador, y de Túpac Yupanqui, el navegante.

Sin embargo, al verlo temblar y murmurar incoherencias, Ayar Cuchi recordó que, a pesar de sus proezas, el príncipe seguía siendo un niño. Y el espíritu de un niño puede quebrarse con más facilidad, porque su tallo aún no es lo suficientemente fuerte para resistir la tempestad. Por mucho que quisiera ayudarlo, sabía que esta era una lucha personal, una que todos enfrentamos en algún momento.

Dentro de la tienda, el auqui parecía entonar una melodía que Ayar Cuchi tampoco podía entender. Presintiendo que sería una larga noche para el príncipe, el viejo general le deseó suerte en su batalla contra sus demonios.

Ayar Cuchi reunió a los Ñawi Pununa para recibir informes sobre los movimientos de Yana Puma. A pesar de su derrota, el astuto líder chachapoya aún contaba con fuerzas suficientes para representar una amenaza. Según los informes, los dispersos chachapoyas se habían reagrupado en su propio campamento. La lluvia, que no cesaba, y el agotamiento de las tropas incas impedían lanzar un ataque esa misma noche. Además, esa decisión no le correspondía a él tomarla.

La batalla había sido un tira y afloja entre ambos bandos. En ocasiones, la victoria parecía inclinarse hacia los chachapoyas; en otras, hacia los incas. Yana Puma estuvo a la altura de su reputación. Ayar Cuchi se preguntó si, de haber sido él quien dirigía la campaña, habría logrado la victoria. Sin las innovaciones de Ninan Cuyuchi, era consciente de sus propias limitaciones. No, no habría podido vencer con ese número de tropas; habría pedido refuerzos a la sede imperial. Yana Puma habría derrotado fácilmente a un ejército de ese tamaño, pero qué lástima que su oponente fuera alguien como Ninan Cuyuchi, quien, prácticamente, hacía trampa...

La noche cayó lentamente sobre el terreno empapado por la lluvia. Aunque la luna intentó asomarse entre las nubes, su luz apenas iluminaba la penumbra. El campamento fortificado seguía ruidoso en medio de la oscuridad, alumbrado por antorchas de chamizo. Los herbolarios y curanderos atendían a los heridos, mientras los lamentos silenciosos por los caídos llenaban el aire.

La aurora, al fin, asomó su rostro, y el sol, a diferencia del día anterior, brilló intensamente. Bajo el sonido de los tambores y las caracolas, las formaciones se establecieron una vez más. ¿Otra danza sangrienta?

Imperio Inca un nuevo amanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora