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Rosalie se permitió respirar tranquila cuando el avión tocó la pista. Lo habían conseguido. Habían salido del país y seguían estando enteros para contarlo. Una brisa cálida e impregnada de humedad les dio la bienvenida a pesar de que en el oscuro cielo ya brillaba la luna.
Habían vuelto a cambiar sus ropas. Más ligeras aunque la rubia seguía llevando prendas largas que cubrían gran parte de su piel. Cuanto menos destacara, mejor. Jacob intentaba hacerse lo más pequeño posible pero sus casi dos metros y su musculatura lo hacían visible a metros de distancia. La única que no desentonaba era la pequeña niña que iba entre ellos con un colorido vestido floreado y sus manos firmemente cogidas entre sus dos padrinos.
Jacob se quedó un par de metros más atrás junto con la niña y el par de maletas cuando Rosalie se acercó con paso firme hacia el puesto de alquiler de coches. En su nívea mano un papel que indicaba que había un coche reservado a nombre de Lilith Wolfe.
El hombre que tenía el cansancio reflejado en su rostro pareció despertarse de golpe al ver a la belleza que le sonreía desde el otro lado del mostrador.
-Disculpe, tenía una reserva.
No había nada más útil que una cara bonita para que un empleado cansado se pusiera a hacer su trabajo con rapidez. Rosalie dejó que su anillo de casada brillara bajo la luz demasiado brillante de los alógenos que tenía sobre su cabeza. Le dolió el corazón al pensar en Emmett, tanto que era como si se lo arrancaran del pecho, pero dejó que siguiera doliendo. Si dolía era que estaba viva. Significaba que recordaba.
En menos de diez minutos todos estaban dentro del coche. Renesmee, asegurada en la parte trasera en su asiento para niños, dormitaba ligeramente. El lobo y la vampira estaban concentrados en el navegador.
-Hay miles de destinos aquí. –se quejó Jacob pasando uno tras otro los destinos que el navegador tenía guardados.
-Alice ha cubierto su rastro. –explicó la rubia pero ella también se sentía frustrada. ¿Dónde se supone que tenían que ir? El dedo de Jacob siguió pulsando el botón hacía que cada dirección pasara con rapidez. Hasta que una llamó la atención de Rosalie. -¡Para!
Su grito despertó a Renesmee de golpe que los miraba confundida, con el sueño nublando sus ojos.
-¿Qué pasa, tita? –su vocecita llenó el repentino silencio del automóvil, aún estacionado en el aeropuerto.
-Nada, cariño, sólo hemos encontrado nuestro destino. –la voz de Rosalie apenas era más que un susurro. Sus ojos dorados clavados en la pantalla que mostraba sólo tres palabras.
"Las mejores vistas".
-¿Qué significa? –quiso saber el lobo, viendo la tensión en el rostro pétreo de la vampira. El dolor apenas contenido en una mandíbula apretada.
Rosalie agitó la cabeza, como queriendo deshacerse de un pensamiento. O quizás de todos a la vez. De todos los recuerdos que amenazaban con hundir a los dos adultos.