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El pasillo estaba sumido en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el suave silbido del viento que se filtraba por alguna ventana mal cerrada. El sonido arrastraba consigo el frío de la noche, envolviendo el edificio en una quietud incómoda.

Frente a una puerta cerrada, una joven de cabello oscuro permanecía inmóvil.

Jennie observó el pomo durante varios segundos, como si alargar aquel instante pudiera cambiar lo que ocurriría después. Sus dedos descansaban sobre el metal frío, temblando apenas, incapaz de decidir si debía girarlo o dar media vuelta.

Había visitado esa habitación innumerables veces a la misma hora. Había cruzado aquel umbral con la confianza de quien se siente esperado.
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‎Y siempre, sin excepción, Rosé la había recibido con una sonrisa.
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‎Una sonrisa que iluminaba el ambiente con una calidez que Jennie consideraba suya.

Una sonrisa suficiente para hacerle sentir que estaba exactamente donde debía estar.

Pero esa seguridad se había desvanecido.

Esa noche era diferente. Podía sentirlo en su pecho.
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‎Rosé tenía razones de sobra para estar molesta. Jennie las conocía todas porque había sido ella quien las había creado.

Había dejado que el miedo a mostrarse vulnerable frente a los demás destruyera lentamente lo que ambas habían construido.

La hora en la que estaba allí era una prueba irrefutable de su cobardía.

Como tantas otras noches, había esperado pacientemente a que sus compañeras se quedaran dormidas para escabullirse entre la oscuridad.

Era un ritual tan repetido que casi se había convertido en costumbre.
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‎Y, sin embargo, aquella noche le resultaba imposible ignorar lo injusto que era.
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‎No estaba bien que su amor estuviera confinado a las sombras, que cada momento compartido tuviera que ser un secreto.

Ese mismo secreto, que en un principio las había unido, pero que ahora había dejado de ser suficiente.

Cerró los ojos.

El nudo en su garganta se volvió más pesado.

Si Rosé decidía alejarla esa noche, no podría culparla.

Aun así, no quería marcharse sin intentarlo.

Tomó una respiración profunda y giró el pomo con cuidado. Un suave chirrido acompañó la apertura de la puerta.

La habitación estaba sumida en una penumbra tranquila. Una pequeña lámpara encendida en una esquina proyectaba una luz cálida y tenue que apenas alcanzaba la cama.
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‎Allí estaba Rosé.

Acostada de lado, cubierta hasta los hombros por las mantas. Su respiración parecía lenta y regular, como la de alguien profundamente dormido. Algunos mechones rubios descansaban sobre su rostro, parcialmente ocultándolo.

Jennie se detuvo por un momento, observándola desde el borde de la habitación, como si su sola presencia pudiera alterar la tranquilidad que reinaba allí.
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‎Antes, habría cruzado la habitación sin pensarlo. ‎Se habría metido bajo las sábanas junto a ella.‎ Rosé habría protestado por el frío de sus manos antes de terminar abrazándola.
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‎Pero aquella ya no era su realidad.

Sus pasos se acercaron lentamente a la cama. No había ido hasta allí solo para mirarla.

Se sentó con cuidado en el borde del colchón, procurando no hacer demasiado ruido. El ligero movimiento hizo que las sábanas se hundieran apenas, pero su ocupante no reaccionó.

Última OportunidadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora