El pasillo estaba en completo silencio, apenas interrumpido por el leve silbido del viento, dejando claro lo fría que era la noche. Frente a una puerta cerrada, una joven de cabello oscuro se detuvo, dudando entre avanzar o retroceder, atrapada en su indecisión mientras sus dedos temblaban ligeramente sobre el pomo.
Había visitado ese cuarto tantas veces a la misma hora, entrando como si fuera el suyo propio. Siempre siendo recibida con la sonrisa de su ocupante, que iluminaba el ambiente con una calidez que Jennie consideraba suya. Pero esa seguridad se había desvanecido. Esa noche era diferente. Podía sentirlo en su pecho, sabía que las probabilidades de ser rechazada eran altas.
Rosé tenía motivos de sobra para estar molesta con ella. Había dejado que el miedo a mostrarse vulnerable frente a los demás destruyera lentamente lo que ambas habían construido.
La hora en la que estaba allí, parada frente a esa puerta, era testimonio de su cobardía. Como siempre, había esperado pacientemente a que sus otras dos compañeras se sumieran en el sueño para escabullirse entre la oscuridad. Era un ritual que se había repetido tantas veces que resultaba casi automático, aunque en el fondo sabía que no debía ser así. No estaba bien que su amor estuviera confinado a las sombras, que cada momento compartido tuviera que ser un secreto. Ese mismo secreto, que en un principio las había unido, pero que ahora había dejado de ser suficiente.
Respiró profundamente, cerrando los ojos un instante antes de girar el pomo con cuidado. Un suave chirrido acompañó la apertura de la puerta. La habitación estaba apenas iluminada por la tenue luz de una lámpara en la esquina. Allí, en la cama, Rosé yacía inmóvil, aparentemente dormida por su respiración lenta y tranquila.
Jennie se detuvo por un momento, observándola, como si su sola presencia pudiera alterar la paz de la escena. Pero sabía que no estaba ahí solo para mirar.
─ Rosie.
La joven australiana se movió ligeramente, sus ojos suavemente velados por el sueño, se encontraron con los suyos. Una leve sonrisa, suave y casi imperceptible, iluminó su rostro. Ese pequeño gesto fue suficiente para calmar las turbulencias que agitaban el corazón de la morena.
─ ¿Puedo dormir contigo? ─preguntó, adentrándose un poco más a la habitación.
Rosé asintió sin decir nada, acomodándose más del lado derecho del colchón dejando el otro espacio libre para que la morena lo ocupara.
Al meterse debajo de las cobijas, el calor de la cama la envolvió, pero la verdadera calidez solo llegó cuando, al instante, sus brazos se dirigieron sin pensarlo a la cintura de su menor. Hundió su rostro en el hueco entre el cuello y hombro de Rosé, respirando profundamente su aroma, como si eso pudiera anclarla a un presente que temía perder.
Cerró los ojos y se permitió ser consumida por la calidez del abrazo. Había descubierto a lo largo de los años que la sensación de tener a la rubia cerca de esa manera, tan íntima y tan plena, era una de las cosas más adictivas que había experimentado. No solo el contacto físico, sino la tranquilidad que le brindaba el simple hecho de estar juntas.
─ Gracias. ─murmuró, tan bajo que su acompañante apenas habría podido oírla si no estuviera tan cerca.
Los segundos pasaron sin prisa, como si el tiempo tuviera conciencia de que el espacio que compartían solo existía en ese instante, en ese pequeño refugio donde todo lo demás se desvanecía.
─ Por favor, no te vayas. ─susurró Jennie, rompiendo el silencio, su voz quebrándose en el proceso.
Los dedos de Rosé se deslizaron suavemente por el cabello moreno. Sus ojos, cargados de una tristeza que luchaba por esconder, se posaron en los de su mayor con una ternura que solo hacía que el peso de la despedida fuera más insoportable.
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Última Oportunidad
RandomUna relación secreta algún día ve la luz, Jennie lo sabía, pero no estaba lista para enfrentar la verdad y admitir públicamente que lo que compartía con su compañera de grupo iba más allá de una simple amistad. El miedo fue su peor aliado al cometer...
