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Rosé despertó sintiéndose extrañamente ligera, una sensación que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
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‎Permaneció unos segundos acostada, observando el techo mientras terminaba de salir del sueño. Luego se incorporó despacio, dejando escapar un largo bostezo antes de estirar los brazos por encima de la cabeza. ‎Un suave crujido recorrió su espalda.
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‎Su mirada se dirigió automáticamente hacia la ventana.
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‎El cielo estaba despejado y la luz del sol inundaba la habitación con una calidez agradable. Los rayos dorados se filtraban entre las cortinas, iluminando cada rincón del cuarto.
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‎Sin darse cuenta, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
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‎Algo dentro de ella le decía que aquel sería un día diferente.

Se levantó con una energía renovada y comenzó a arreglarse.

Después de la discusión con Jennie, Rosé había aceptado la invitación de Hyeri para pasar una noche en su casa. La decisión había sido impulsiva, pero terminó siendo exactamente lo que necesitaba: un respiro, un espacio lejos de la tensión que impregnaba la casa de sus amigas.

Hablar con Hyeri, reírse de cosas triviales y distraerse por unas horas le permitió olvidar, aunque solo fuera momentáneamente, el torbellino de emociones que la había dejado exhausta tras aquel enfrentamiento.

Pero lo más importante ocurrió al regresar.

De vuelta en la privacidad de su habitación, la joven australiana hizo algo que no se había permitido hacer en años.

Algo que había evitado incluso cuando más lo necesitaba.

Le contó la verdad a alguien sobre su relación con Jennie.

Por primera vez, no fue una confesión arrancada por las circunstancias ni una verdad revelada a medias. Fue ella quien decidió compartirla.

Mientras conversaba con su hermana, las palabras comenzaron a brotar sin control, mezclándose con lágrimas y silencios cargados de vulnerabilidad. Al otro lado de la línea, Alice la escuchó con paciencia infinita.

Aunque, por supuesto, no pudo evitar indignarse. Su instinto protector afloró de inmediato, y durante varios minutos despotricó contra Jennie con una vehemencia que logró arrancarle a Rosé una risa entre lágrimas. Le dolía saber que alguien había herido de esa manera a su hermanita.

Pero, una vez descargó su frustración, hizo lo que siempre había sabido hacer mejor: acompañarla.

Con palabras llenas de cariño, la tranquilizó, le brindó el apoyo y la comprensión que Rosé se había privado de buscar durante demasiado tiempo.

Fue liberador.

Ahora, mientras terminaba de arreglarse frente al espejo, podía sentir la diferencia.

Descargar parte de su rabia con Jennie aquella tarde, llorar en brazos de Lisa esa misma noche y, finalmente, compartir su historia con Alice habían aligerado el peso que llevaba años oprimiéndole el pecho.

El rencor que durante tanto tiempo había nublado sus pensamientos ya no parecía tan abrumador. Porque la herida seguía allí. El dolor no había desaparecido. Pero ya no se sentía ahogada por él.

Salió de su habitación y se dirigió al comedor. El aroma dulce de algo recién hecho flotaba en el aire, guiándola hasta la cocina, donde encontró a la mayor del grupo de espaldas frente a la estufa.
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‎La azabache estaba tan concentrada en lo que hacía que no notó su presencia. Movía la espátula con tranquilidad mientras tarareaba una melodía familiar, una vieja canción del grupo que arrancó una sonrisa involuntaria a la australiana.

─ Buenos días, Chu. ─Su voz rompió el suave ambiente matutino.

Jisoo dio un pequeño respingo antes de girarse.
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‎─ Oh, hola, Chae. —Sonrió al verla despierta—. No me di cuenta de que ya te habías levantado.
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‎Apagó el fuego y tomó un plato repleto de pancakes dorados y esponjosos.

Última OportunidadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora