Rosé despertó sintiéndose ligera, como hace tiempo no hacía. Se sentó lentamente, bostezando mientras estiraba los brazos, intentando sacudirse la pereza de encima. Su mirada se desvió instintivamente hacia la ventana, donde el cielo despejado y el sol brillante parecían prometerle un buen día. Una suave sonrisa curvó sus labios. Algo dentro de ella le decía que sería un día diferente.
Se levantó con una energía renovada y se dispuso a arreglarse.
Después de la discusión con la pequeña coreana, al día siguiente Rosé había decidido aceptar la invitación de Hyeri para quedarse en su casa una noche. Fue una decisión impulsiva, pero resultó ser justo lo que necesitaba. Un respiro, un espacio lejos de la tensión que envolvía la casa de sus amigas. Hablar con Hyeri, reír un poco y distraerse le permitió olvidarse, aunque fuera por un momento, de los sentimientos encontrados que había dejado tras la discusión.
Pero lo más importante sucedió al regresar. De vuelta en la privacidad de su habitación, la australiana finalmente hizo algo que no se había atrevido a hacer en años: contarle a alguien por cuenta propia que había tenido una relación con Jennie.
Mientras hablaba con su hermana, las palabras fluyeron como un torrente, mezcladas con ligeros sollozos que traían consigo tanto alivio como vulnerabilidad. Al otro lado de la línea, Alice la escuchó pacientemente, aunque no pudo evitar desahogar su indignación. Su instinto protector salió a flote mientras despotricaba contra la castaña, dejando claro cuánto le dolía saber que alguien había lastimado a su pequeña hermanita. Pero después de liberar su enojo, Alice hizo lo que siempre había hecho mejor: consolarla. Con palabras llenas de cariño, la tranquilizó, le brindó el apoyo y la comprensión que Rosé se había privado de buscar durante tanto tiempo.
Fue liberador.
El haber descargado parte de su molestia aquella tarde con Jennie, el desahogo con su amiga tailandesa esa misma noche, y compartir su historia con su hermana le había permitido sentirse mucho más ligera. El peso asfixiante en su pecho había disminuido, y su mente, antes nublada por el rencor, ahora estaba mucho más clara.
Salió de su habitación dirigiéndose al comedor, donde encontró a Jisoo dándole la espalda mientras cocinaba algo en la sartén. La azabache estaba tan concentrada que no notó su presencia, tarareando suavemente una melodía que Rosé reconoció como una vieja canción del grupo.
─ Buenos días, Chu. ─Su voz rompió el suave ambiente matutino.
La mayor se giró de inmediato, algo sorprendida.
─ Oh, hola, Chae. ─Dejó la sartén a un lado y tomó un plato lleno de pancakes esponjosos─. No noté que estabas aquí. ─Se acercó a la mesa y colocó el plato frente a ella─. Ten, te hice el desayuno.
Una enorme sonrisa se dibujó en el rostro de la más joven. Le encantaba la comida, pero aún más si no era ella quien tenía que prepararla.
─ Muchas gracias, Jichu. ─Se sentó y tomó el tenedor, lista para devorar lo que su amiga le había preparado. Sin embargo, antes de tomar un bocado, algo le llamó la atención. La casa estaba inusualmente silenciosa. Levantó la mirada, buscando a alguien más─. ¿Dónde está Lisa?
Jisoo, que se servía un vaso de jugo, respondió despreocupadamente: ─ Salió temprano. Tenía que solucionar algo en el estudio.
Rosé asintió con un toque de decepción en sus ojos. Había pensado en proponerle a su mejor amiga dar un paseo aprovechando el lindo día, pero tendría que ser en otra ocasión.
Llevó un trozo de pancake a la boca, y tan pronto como el sabor invadió su paladar, su habitual sonido de aprobación escapó. Sus mejillas se inflaron como las de una ardilla mientras saboreaba la comida. Los pancakes estaban deliciosos, pero había algo en el sabor que le resultaba familiar.
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Última Oportunidad
RandomUna relación secreta algún día ve la luz, Jennie lo sabía, pero no estaba lista para enfrentar la verdad y admitir públicamente que lo que compartía con su compañera de grupo iba más allá de una simple amistad. El miedo fue su peor aliado al cometer...
