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Después de que Rosé, visiblemente molesta, las echara también de su cuarto tras la incómoda pregunta sobre su rol en su pasada relación con Jennie, Lisa y Jisoo decidieron distraerse con algo productivo: preparar el almuerzo. Bueno, en realidad, como siempre, la azabache tomó las riendas de la cocina, ya que la tailandesa, con su historial de quemar casi cualquier cosa que tocara, fue relegada a tareas más seguras.

Una vez que el almuerzo estuvo listo, con la mesa llena de platos bien preparados, se sentaron todas a comer, pero el ambiente estaba cargado de miradas discretas. Jisoo observaba a Jennie, asegurándose de que no intentara escapar de la conversación pendiente. Mientras que Lisa no dejaba de soltar comentarios juguetones que no dejaban de hacer a Rosé fruncir el ceño.

Después de que terminaron de comer, la pareja comenzó a prepararse para su cita. Hacía tiempo que no tenían la oportunidad de salir juntas, y ambas lo necesitaban. Jisoo estaba ocupada con el inicio de la filmación de un nuevo drama, y Lisa no paraba con sus compromisos de sesiones fotográficas y eventos.

Antes de salir, la azabache se aseguró de acercarse a cada una de sus amigas por separado, que permanecían en distintos rincones de la casa, para indicarles dónde estarían. Suspiró internamente, esperando que aprovecharan la oportunidad para resolver sus diferencias.

Cuando finalmente salieron por la puerta, la casa quedó sumida en un silencio extraño, uno que parecía amplificar la tensión latente entre las dos mujeres que quedaban allí.

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La tarde había avanzado y Jennie se encontraba parada frente a la puerta de la habitación de la australiana. Sus manos temblaban ligeramente, y aunque había intentado armarse de valor, su mente seguía jugando en su contra.

─ Tú puedes, solo hazlo. ─murmuró para sí misma, intentando convencerse. Pero era como si su cuerpo no le obedeciera; su mano seguía paralizada a mitad del aire, incapaz de tocar la puerta.

Con un suspiro frustrado, la dejó caer. Parecía un gesto tan simple, pero la realidad era que enfrentarse a Rosé la aterrorizaba.

No era en sí el enojo, que estaba consciente debía enfrentar, lo que realmente le aterraba era la idea de que al mirar en los ojos de la rubia pudiera encontrar que esos mismos orbes, tan cálidos alguna vez, ahora albergaban odio hacia ella. No soportaría eso. No soportaría ver el desprecio reflejado en ellos.

Recordó las últimas veces que habían cruzado miradas: esos ojos oscuros y fríos, cargados de una indiferencia como si estuviera viendo a una extraña. Y si esa mirada helada había existido sin necesidad de palabras, ¿cómo sería ahora, cuando finalmente enfrentara la realidad de su culpa?

Su corazón dio un vuelco al escuchar una suave risa proveniente del interior de la habitación. Los murmullos de una conversación animada atravesaban la puerta, y Jennie se encontró sonriendo sin darse cuenta. Hacía tanto tiempo que no escuchaba esa melodía, esa risa que solía iluminar sus días.

Sin embargo, su sonrisa se desvaneció tan rápido como había aparecido, reemplazada por una punzada de celos. ¿Quién era capaz de hacer reír a Rosé de esa manera? ¿Quién había logrado traerle esa felicidad que ella parecía incapaz de darle?

Esa mezcla de nostalgia y celos fue lo que finalmente la impulsó a actuar. Apretó los puños, ignorando el temblor en sus manos, y finalmente tocó la puerta. El leve sonido resonó en el pasillo, pero para Jennie, fue como si su corazón hubiera dejado de latir mientras esperaba una respuesta.

Rosé estaba sentada en su cama, concentrada en la video llamada con su hermana. La conversación era ligera, una distracción necesaria para alejarse del peso de los días pasados. Alice le contaba entre risas cómo, mientras cocinaba, había quemado un paño de cocina cerca de la estufa, lo que provocó un desastre con los aspersores de incendios en su cocina.

Última OportunidadDonde viven las historias. Descúbrelo ahora