"¿De dónde nace un villano? Algunos aseguran que la maldad se reconoce desde el primer aliento, otros que es un legado oscuro que se hereda como una marca imposible de borrar. Tarde o temprano, esa sombra busca a su portador, lo consume o lo obliga...
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- Espejo, espejo en qué me miró dime que hubiera ocurrido si no hubiera cambiado mi destino
Luego de pronunciar aquellas palabras, el espejo comenzó a vibrar levemente antes de proyectar una imagen. En ella, sus amigos luchaban desesperadamente, tratando de arrancar al Charro Negro de Leo. Pero el mal era demasiado profundo, demasiado arraigado. Con el temor marcado en sus rostros, retrocedieron, sintiendo la impotencia corroyéndoles el alma.
Leo los observó sin pestañear, su mirada cargada de rencor y odio, como si aquel vínculo que alguna vez los unió hubiese sido reducido a cenizas.
Nando, sin embargo, no retrocedió. Sus ojos recorrían la imagen, buscando, rogando por algún resquicio de humanidad en su hermano.
—¿Leo? —murmuró, su voz temblorosa—. ¿Eres tú todavía... verdad, hermano?
—¡Ya basta! —rugió Leo, su voz cargada de un rencor imposible de contener—. No soy tu hermano... al menos, ya no.
Finalmente, el respeto que me negaron todos ustedes estará en mis manos. ¿Creían que no veía sus miradas codiciosas, sus ansias por apoderarse de este poder? Pues hoy es el día en que aprenderán a temerme. Nadie más se burlará de mí.
En cuanto a ti, 'hermano' —escupió la palabra con desprecio—, es un placer informarte que tu alma me pertenece. Tu sueño de riqueza ha muerto junto contigo. Nuestro contrato expiró, y deberías agradecer que te doy piedad al encerrarte en una botella. Lo justo sería torturarte hasta volverte loco.
—¡Leo, basta! —suplicó Xóchitl, su voz quebrada por la desesperación—. Déjanos ayudarte. ¡Tú no eres así!
Leo soltó una carcajada fría, un sonido carente de cualquier rastro de humanidad.
—Es demasiado tarde, Xóchitl. Ustedes ya no son más que mis esclavos. Soy su dueño y señor. Todo aquel que me desafíe sufrirá las consecuencias. Y créanme... su castigo será mil veces peor que el anterior.
Nando cayó de rodillas frente a Leo, sus manos temblaban al aferrarse a la tierra como si pudiera encontrar en ella la fuerza que le faltaba.
—No puedes hacer esto... —su voz se quebró con impotencia—. Al menos déjame volver con Mariam y encontrar a alguien que la cuide. Te ofrezco mi alma sin protestar, pero deja que busque quién pueda protegerla, quién pueda estar con ella y la abuela. Así podré irme en paz, sin la angustia de saber que quedarán solas... y podré explicarle a la abuela por qué nunca regresaremos.
Leo lo observó con indiferencia, su expresión marcada por una arrogancia fría.
—No estás en posición de hacer tratos conmigo, hermano —soltó, cada palabra empapada de desprecio—. Tu pequeña novia tiene un pacto que cumplir conmigo. Ella es mía. Iré por ella para sellar lo que nuestras abuelas establecieron. Después de todo, necesitaré un heredero, y ella me lo dará. Y cuando ya no me sirva... bueno, su destino no será tan bonito.