"¿De dónde nace un villano? Algunos aseguran que la maldad se reconoce desde el primer aliento, otros que es un legado oscuro que se hereda como una marca imposible de borrar. Tarde o temprano, esa sombra busca a su portador, lo consume o lo obliga...
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La esperanza es lo último que se pierde—eso dicen—pero ¿qué pasa cuando ya la has dejado atrás? Leo lo sabía. Lo sabían todos. Lo supieron en el instante en que entendieron que no llegarían a tiempo. Que la vida de cada uno pendía de un hilo demasiado delgado. > > Ahora solo podía pensar en clemencia. Clemencia para sus amigos. Para él. No quería acabar en una botella, condenado a un destino sellado como sus padres. El reflejo en el espejo de la feria aún lo atormentaba.
Si lo que vio era cierto, entonces Mariam debía saber la verdad: su abuelo había intentado reclutarlo, convertirlo en el próximo Charro Negro. Era una revelación que no podía ignorar, una pieza perdida en la historia de Mariam que finalmente encajaba. ¿Era inevitable? ¿Podía aún escapar de ese destino?
Se cumpliría al pie de la letra lo que vio en ese espejo. Mariam también cargaría con ese resentimiento, igual que él cuando vio su posible destino si hubiera aceptado el legado maldito. Siempre estuvo escrito que sus caminos terminarían juntos... pero ¿realmente tenía elección?
Podía optar por la inmortalidad con Xóchitl y sus amigos, o podría abandonar todo y reunirse con su hermano, lejos de los vivos. Con ella. Con la niña que liberó en aquella casona cuando era pequeño. Su hermano, por su parte, estaba dispuesto a renunciar a todo por Teodora. Leo lo veía en su mirada, en la forma en que el amor lo desbordaba. ¿Pero estaría realmente dispuesto a acabar con su propia vida solo para huir de Mariam en algún rincón del inframundo? ¿Era una vida digna el escapar eternamente de ella? ¿O acaso Mariam les mostraría clemencia por el amor que alguna vez juró tenerle? >
—¡Alto, detengan la carreta! —gritó Leo a Rupertino, quien dirigía al caballo.
—¡Leo, ¿qué sucede?! —Xóchitl lo miró fijamente, inquieta—. Debemos llegar a la Hacienda, entregar las joyas y enfrentarnos a Mariam. Ya sabemos que nos tendió una trampa, así que exigiremos que nos deje ir. Ella rompió el trato.
Leo apretó los puños. No era tan simple.
—No... —murmuró, apenas audible—. Ella no nos dejará ir. No después de lo que le hicimos. Está furiosa conmigo... por cómo la traté. Por haberme negado a casarme con ella. Todo esto es mi culpa. Fue mi decisión la que la convirtió en lo que es ahora. Tal vez nunca debí recuperar mis poderes... quizás debí quedarme en el mar.
—Leo, ¿qué es lo que estás diciendo? —Beatriz lo observó, desconcertada, como todos. Excepto Nando.
—Mariam no nos sigue solo por el alma de Nando ni por Rupertino. Nos está cazando porque la dejamos atrás, porque la condenamos al destino que intentábamos evitar. Sabíamos que el Charro Negro la acechaba, pero nunca supimos por qué. Solo escuché las palabras de mi abuela, su advertencia de que debíamos protegerla de algo maligno. Como su futuro esposo, mi deber era alejarla del mundo de las tinieblas. Pero no lo hice.
Leo bajó la mirada, los recuerdos pesaban sobre él como piedras imposibles de mover.
—Solo pensaba en lo que había perdido: nuestros padres. Me aferraba a sus memorias, quería recorrer el mundo, escapar de la prisión de un destino impuesto. No quería estar atado a alguien que no amaba. Estaba destrozado. Los perdí a ustedes... luego perdí a mi abuela. Y Mariam... Mariam también quedó sola. Pero en lugar de quedarme para protegerla, para evitar esto... solo pensé en huir, en empezar de cero, en conocer otras culturas. Si tan solo no me hubiera ido, no estaríamos aquí. Lo siento, chicos.