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Jungkook era un pequeño de diez años. Un alfa.

A esa edad ya tenía algo que los demás niños no: presencia.

Los otros chicos lo seguían a todas partes. Hacían lo que él decía sin cuestionarlo. No porque los obligara... sino porque simplemente era así. Jungkook mandaba, y los demás obedecían.

Nadie se le acercaba a menos que él lo permitiera.

No jugaba con nadie.

Siempre estaba debajo de un árbol grande al borde del patio del orfanato, sentado con la espalda contra el tronco, observando todo en silencio, como si estuviera vigilando la casa.

Como si ese lugar le perteneciera.

Hasta ese día...

—¡Madre! ¡Madre! —gritó uno de los niños entrando corriendo al edificio—. ¡Han dejado a un niño en la puerta con una nota!

La madre superiora frunció el ceño con preocupación.

—No podemos recibir a nadie más —respondió con cansancio—. Estamos llenos... y no tenemos cómo alimentar a tantos niños.

El pequeño insistió.

—Madre... apenas tiene cuatro años.

El rostro de la mujer cambió de inmediato.

—Oh, por Dios... tráelo.

El niño corrió hacia la entrada y regresó cargando a un pequeño envuelto en mantas.

—Mírelo, madre... es él... y esta es la nota.

La mujer tomó el papel con cuidado y comenzó a leer en voz baja.

Hola.

Mi nombre es Jimin.

Soy alérgico a las moras... y no me gustan los insectos.

Por favor, cuiden de mi hijo.

Su padre lo quiere matar por ser omega.

Cuídenlo, por favor.

Debajo de las mantas dejo dinero.

La madre superiora suspiró profundamente. Miró al pequeño.

Tenía mejillas redondas, cabello suave y un gorrito de pato que parecía demasiado grande para su cabecita.

—Bueno, pequeño Jimin... —dijo con voz suave—. Este será tu nuevo hogar... al menos hasta que encontremos otro lugar para ti.

El niño se escondió detrás del hábito de la mujer.

Era extremadamente tímido.

—Jimin... ¿qué dices si vas a jugar? Mira, hay muchos niños en el parque.

El pequeño negó con la cabeza con fuerza.

—¡Nop! ¡No quielo!

La madre sonrió con paciencia.

—Ve, pequeño. Tendrás amigos. Solo diviértete... anda.

El niño dudó unos segundos... pero luego levantó la mirada.

—¿Shii... migos?

Y de repente salió corriendo al patio con su gorrito de pato, riendo suavemente. Feliz.

Pero la felicidad duró muy poco.

Un niño mayor le puso una zancadilla.

El pequeño Jimin cayó de bruces contra el suelo. Y empezó a llorar.

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