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Charles movió su pieza de ajedrez, mientras contemplaba con absoluta fascinación la expresión de concentración en el rostro de Erik.

Casi todas las noches, luego de cenar, se sentaban en el despacho del hombre a conversar, o a compartir una partida, mientras debatían sobre algún tema de común interés.

Charles ya había dejado de avergonzarse por prácticamente no volver a su casa, y vivir la mayor parte del tiempo en casa de los Lenhsherr.

En un principio se había negado a las constantes invitaciones de Erik, pero amaba pasar su tiempo allí, y lo cierto es que Wanda se había tomado muy felizmente el hecho de que ellos dos estuvieran juntos.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. Y aunque en el fondo de su mente la voz de su jefe le recordaba que tenía que cumplir con su deber, no podía importarle menos cada vez que los labios de Erik se posaban encima de los suyos.

- Es tu turno. - La suave voz de Erik se coló entre sus pensamientos, y Charles posó su vista en el tablero.

- Lo siento. Estaba distraído. - Repuso, moviendo uno de sus peones.

- Si esto te aburre, podríamos hacer algo más... - Erik comentó con picardía, y Charles no pudo evitar reírse con su descaro.

- Lo siento, querido. Pero ya no tengo veinte. Déjame sentarme aquí tranquilo, y beber un poco de té. -

Lo cierto es que si fuera por él, viviría encima de Erik todo el tiempo. Pero de vez en cuando le gustaba compartir una charla tranquila, mientras jugaban juntos.

Le daba una grata sensación de calidez e intimidad.

- Eres mucho más atractivo que cualquier jovenzuelo de veinte. - Erik lo halagó, mientras hacía su movimiento.

Charles sonrió sin poder evitarlo.
Si su memoria no le fallaba, nunca nadie lo había halagado tanto.

- Deja de adularme y enfócate. - Lo reprendió con ternura.

A veces se sentía como un adolescente cuando estaba con Erik.

- ¿Sabes qué? Estoy cansado. - El hombre fingió un exagerado bostezo que hasta fue obvio que era una mentira para Charles.

- Eres insufrible. - Charles soltó con resignación, poniéndose de pie.
La partida quedaría en suspenso hasta la próxima vez que se volvieran a sentar a jugar.

- Insufrible pero te gusto. - Erik replicó con picardía, rodeándolo entre sus brazos.

Charles deseaba contradecirlo, pero lo cierto es que sería una mentira.
Cada día que pasaba, el hombre le gustaba más y más.

- ¿Cómo haces para entrar en la habitación con un ego tan grande?
- Se burló, pero acariciando la mejilla de Erik con cariño.

Erik por su parte posó sus labios sobre los suyos, dándole un beso que lo despojó de todo pensamiento por unos segundos.

- Me gustas mucho. - Erik dijo con dulzura, mientras apoyaba sus frentes juntas.

El corazón de Charles latía con fuerza en su pecho.

Estaba a punto de responder, cuando dos golpes sonaron en la puerta del estudio.

Erik lo soltó para ir abrir, y dio paso a su hija, que tenía el rostro bañado en lágrimas.

Ambos se acercaron a ella, con creciente preocupación.

- ¿Qué sucede, hija? - Erik preguntó preocupado, arrodillándose a la altura de la niña.

Wanda tomó una inspiración, e ignorando el temblor de sus manos dijo:
- Soñé que tú te morías. - Un sollozo se escapó de sus labios, y Erik la rodeó en un reconfortante abrazo con una sonrisa de ternura adornando su rostro.

Mi chance eres túDonde viven las historias. Descúbrelo ahora