Durante algunos instantes nadie añadió nada después de la decisión de informar también a Feliana. El despacho de Sir Rolmar conservó la calma en comparación con el bullicio que continuaba dominando los patios de Wildamar, y sólo las campanas del cambio de guardia atravesaban ocasionalmente los gruesos muros de piedra. El coronel permaneció contemplando el mapa de Avador como si esperara encontrar allí una respuesta sencilla para todos los problemas que acababan de caer sobre la Orden, pero finalmente exhaló, se apartó del pergamino y abrió uno de los cajones de su escritorio.
Edrel alzó una ceja cuando Rolmar sacó una pequeña bolsa de cuero y comenzó a repartir dulces envueltos en papel encerado entre todos los presentes. El gesto resultaba tan inesperado después de verlo enfrentarse a Feliana que el semielfo tardó algunos segundos en aceptar el que le ofrecían.
—¿Dulces?
Rolmar tomó uno para sí antes de cerrar la bolsa.
—Ayudan a pensar.
Lance dejó escapar una sonrisa que parecía demasiado familiar con aquella costumbre.
—¡Lo lleva haciendo desde que éramos niños!
Alindra tomó el suyo y lo examinó.
—Y todavía compra los mismos.
—Porque siguen siendo buenos —protestó Rolmar—. No veo por qué debería abandonar una tradición sensata únicamente porque vosotros decidisteis crecer.
Saya sostuvo el pequeño dulce entre los dedos y observó al veterano con cierta curiosidad. Había conocido a hombres que utilizaban la severidad para ocultar su inseguridad y a otros que convertían cualquier muestra de afecto en una debilidad que debía permanecer escondida, pero Rolmar parecía incapaz de considerar contradictorio que un coronel capaz de ordenar la muerte de miles de enemigos también llevara caramelos para sus pupilos. Aquella mezcla explicaba algunas cosas sobre Lance mucho mejor que varias de las historias que había escuchado durante el viaje.
—¿Está realmente bien, maestro? —preguntó Alindra, recorriéndolo con la mirada como si todavía esperara encontrar alguna herida después de la discusión con Feliana.
Rolmar arqueó una ceja.
—La arzobispa y yo discutimos, hija. No intentó asesinarme.
—Todavía —murmuró Edrel.
Lance lo miró.
—No ayudes.
Rolmar soltó una carcajada y luego se acomodó nuevamente detrás del escritorio. La expresión paternal permaneció unos instantes más, pero acabó perdiendo terreno cuando la mirada del anciano se posó sobre el emblema de la Rosa del Rayo tallado en la pared y después sobre el mapa donde se encontraban representadas las principales regiones de Gortarnar.
—Hay algo que debéis entender antes de que Feliana y yo volvamos a sentarnos frente a frente —dijo—. Esta disputa no comenzó ayer, ni nació únicamente por los portales infernales. La Rosa lleva veinte años viviendo con una herida que jamás terminó de cerrar.
Edrel dejó el dulce sobre la lengua antes de apoyarse contra una estantería.
—¿Tiene que ver con que nadie haya ocupado el cargo de Maximus Imperium?
Rolmar volvió hacia él.
—Mucho más de lo que imaginas.
Lance conocía aquella historia y Alindra también, pero ninguno intentó interrumpir. Lidaria y Saya se acercaron un poco más al escritorio mientras Rolmar extendía un segundo mapa, esta vez mucho más antiguo, cuyas esquinas se encontraban gastadas por los años. Representaba las regiones meridionales de Gortarnar y, en su extremo suroriental, una amplia extensión de arena estaba marcada con tinta oscura.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
