Capítulo XX: El Juicio

78 14 118
                                        

Tres días después de aquella conversación en el Jardín de la Vigilia, Wildamar despertó bajo un cielo gris y un viento frío que hacía ondear con violencia los estandartes de la Rosa del Rayo.

La fortaleza parecía contener la respiración ante el juicio que comenzaría aquella mañana, pero antes de que las campanas llamaran a los altos oficiales hacia la Sala del Juramento, otra decisión ya había puesto en movimiento acontecimientos que nadie comprendía todavía en toda su magnitud.

Edrel y Lidaria habían partido al amanecer hacia el Yelmo de Oldir.

Sir Rolmar los había recibido antes de la salida del sol en uno de sus despachos menores, donde un mapa del sur de Gortarnar permanecía extendido junto a varios informes relacionados con Ghalmora Vhal-Karun. El coronel no había ordenado una movilización general ni pretendía utilizar las legiones de Lance como amenaza contra Feliana; después de todo cuanto habían discutido, semejante decisión habría convertido precisamente en realidad aquello que intentaban impedir. Sin embargo, los relatos sobre el desierto, los restos nunca recuperados de las Legiones XXXI, XXXII y XXXIII y la presencia de una corrupción que nadie había identificado obligaban a tomar precauciones.

—Necesito que entreguéis esto personalmente al sargento Jarllic —había explicado Rolmar mientras colocaba un pergamino sellado con la rosa de su autoridad dentro de un estuche de cuero—. La Legión XX ha recibido órdenes de marchar hacia el Yelmo para relevar a la Decimotercera. Cuando el relevo llegue y la fortaleza quede asegurada, Jarllic deberá preparar a sus hombres para abandonar la posición.

Edrel había tomado el estuche y examinado el sello.

—¿Hacia Wildamar?

Rolmar había dirigido la mirada hacia el mapa del sur.

—En principio —comentó —. Después dependerá de lo que encontremos en nuestros archivos y de lo que ocurra hoy.

Lidaria comprendió antes que Edrel y observó el nombre de Ghalmora Vhal-Karun.

—Los está preparando para el desierto.

—Estoy preparando a la Orden para no ser sorprendida —corrigió Rolmar—. Hace veinte años dejamos allí más de cuarenta mil hermanos y todavía ignoramos qué ocurrió con la mayor parte de sus cuerpos. Si Saya tiene razón y aquella tierra continúa ocultando algo, prefiero disponer de hombres capaces de marchar antes de que el desierto decida responder nuestras preguntas.

Lance, que permanecía junto a una de las ventanas, había asentido sin entusiasmo. No le agradaba dispersar nuevamente a sus amigos ni alterar la disposición de sus fuerzas en un momento semejante, pero entendía perfectamente la lógica de su maestro.

—Jarllic no abandonará el Yelmo hasta que la XX haya tomado formalmente la guarnición —añadió Lance—. No pienso dejar aquel paso indefenso otra vez.

—Eso mismo dice la orden —respondió Rolmar.

Saya había entregado entonces a Lidaria dos piedras blancas, ambas atravesadas por delicadas runas negras y violáceas. Una era pequeña, apenas del tamaño de una nuez, mientras que la otra resultaba mucho más pesada y estaba cubierta por una red de símbolos que se extendían en espiral alrededor de su superficie.

—La pequeña está enlazada conmigo —explicó la nigromante—. Cuando necesitéis volver, un mago con suficiente conocimiento podrá despertarla y os llevará lo más cerca posible de donde yo me encuentre.

Edrel había levantado la piedra mayor.

—¿Y ésta?

Saya lo miró con una sonrisa satisfecha.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora