Capitulo 18

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Capitulo 18

Lena se sentía como una arrastrada. Le bastaban dos minutos de yacer debajo de Kara y escucharla roncar en su oído ruidosamente, para irse como una perdida. Estaba desnuda, salvo por su falda, que estaba enrollada en tomo de su cintura, y sus sandalias, que ninguna de ellas se había molestado siquiera en retirar, empapada en el sudor de ella, y pegajosa. Tenía un gusto agrio en la boca, el sabor del whisky. El ambiente hedía a whisky y a sexo. No tenía modo de saber cuánto tiempo había dormido, si eran quince minutos o varias horas., Sólo sabía que estaba muerta de cansancio, le dolían los músculos y se sentía sucia. Sentía vergüenza al pensar en lo que Kara le había hecho, y cómo ella se lo había permitido y había gozado.

Kara. Su ex alumna. Varios años menor que ella. convicta. Amante de Imra y sabía Dios qué otras mujeres además. La misma Kara había dicho que fantaseaba con hacerle el amor desde la época en que ella era su maestra de Lengua en la secundaria. Lena simplemente la había ayudado a volver realidad un sueño de adolescente en un interludio que era poco probable que se repitiese. Sin duda, esa única vez fuese todo lo que ella deseaba. Era todo lo que ella podía esperar. De cualquier modo, ¿qué pretendía… una relación? ¿Con Kara? La sola idea constituía una broma de mal gusto.

Ella había llorado en sus brazos. Al recordarla, Lena sintió un vuelco en el corazón. Por mucho que odiara admitirlo, sentía algo más que compasión y lujuria por Kara, Sentía cariño. Y mientras que ella la viera como un hombro sobre el cual llorar (una figura materna quizá) no podría quererla de igual manera.

La ponía “caliente”, había dicho Kara. Lena temía que a eso se limitara su interés en ella. Ahora que había conseguido lo que quería, pues… No la respetaría por la mañana. sa frase tan trillada, extraída de sus lecturas, brotó en la mente de Lena. La habían criado para ser una dama… otra frase trillada, un anacronismo inclusive, pero no podía evitarlo, era la verdad. En los pueblos del sur aún había damas, además de mujeres que no eran damas… y esas damas sabían que, si una joven era fácil, el hombre tomaría lo que pudiera obtener y luego pasaría a la próxima conquista como una abeja que revolotea de flor en flor. Y en su mente Kara era igual a ellos. Fácil era un término demasiado moderado para describir su actitud. Ni siquiera disoluta bastaba. Aunque amaba las palabras, ni siquiera a ella se le ocurría una lo bastante sagaz.

Lena casi temía tocarla, ya que podía despertar y si ella tendría que hacerle frente, en ese momento mismo, tal como ella estaba, tal como estaban las dos. No creía poder soportarlo. Pero era necesario moverla. Su peso se estaba tornando cada vez más insoportable y a ella le empezaba a doler la espalda de estar aplastada contra el duro suelo. Además quería partir. Merced a mucho retorcerse y mucho empujarle el hombro izquierdo, Lena pudo liberarse al fin. Kara seguía durmiendo, inerte, cuando ella se puso de pie. Con las rodillas temblorosas, se detuvo mirándola mientras hacía lo posible por alisar su falda arrugada. Los ronquidos de Kara habían aumentado de volumen. Lena comprendió que el sueño de Kara no brotaba de su satisfacción sexual; estaba atontada por el exceso de whisky.
Por un momento tuvo que resistir el impulso de darle un puntapié, así dormida.

Kara tenía los brazos estirados, los dedos doblados sobre la alfombra. Tenía las largas piernas muy juntas, probablemente debido a la constricción de los pantalones tejanos y los calzoncillos, que tenía bajados hasta medio muslo. Sus nalgas estaban desnudas, lindas nalgas, apretadas, redondas, que eran como había podido comprobar, tan duras al tacto como parecían. Eran lisas y varios tonos más claras que la bien marcada parte superior de sus muslos. La hendidura de sus muslos atrajo la mirada de Lena, que al recordar que había hundido los dedos ahí enrojeció y apartó la vista. La camiseta estaba apenas un poco retorcida en la estrecha cintura de Kara. Espiando por debajo de un ancho hombro, divisó una tira rosada delatora: su sujetador. Al inclinarse para extraerlo, Lena tuvo prácticamente que alzar un hombro de Kara. De no haberlo experimentado ella misma, jamás habría creído que Kara pesara tanto. Descubrió que le temblaban las manos al tratar dos veces dé abrochar los ganchos de su sujetador. Finalmente lo consiguió y, deslizándose las tiras por los hombros, puso en su lugar la prenda. La idea, que brotó en su mente de modo espontáneo fue que Kara no había mostrado decepción por el tamaño de sus senos. Por el contrario, los había acariciado y besado con un entusiasmo que era francamente mortificante. Al recordarlo Lena dio un respingo, sintiendo que el rubor le inundaba el cuello y la cara. ¿Cómo podría enfrentarla de nuevo, con el espectro de esa noche entre las dos?
La respuesta era que no podría. Al menos, no por un tiempo.

In The SummerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora