30. Cuando las raíces emergen

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En ese instante, Max corría a todo velocidad frustrado e invadido por una fuerte angustia

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En ese instante, Max corría a todo velocidad frustrado e invadido por una fuerte angustia.

—¡Déjame, por favor! —gritó Max huyendo de un sujeto malvado. Mientras corría, tropezó, frustrándolo todavía más y provocando que este comenzara a llorar. Todo sucedió porque trató de llevarse bien con Igor, pero luego de un rato de chistes malos, este quiso golpearlo.

No paró en ningún momento, aunque se tropezara siguió su camino. Fue allí cuando recordó el regaño de ayer de Houston. —¡Lo siento, Houston, no debí haber hablado con extraños tal y como me dijisteeeeeeeee! —volvió a gritar. Moqueaba y moqueaba, incluso aumentó su velocidad con tal de tratar de liberarse de Igor. Sin embargo, había algo que Igor no conocía de Max y esta era la mayor virtud del joven.

Nunca nadie reconoció la mayor virtud de Max y eso que es algo que siempre estuvo con él. La virtud de Max consistía en que tiene muy, pero muy, pero muy, pero muy, pero muy, ¡pero muy buena suerte! Por más grave que fuera la situación siempre salía ileso, o al menos sin daños graves. Pero eso no podría ser una habilidad, ya que no importaba que tan buena suerte tuviera, ésta en cualquier momento podía agotarse y concluir en su trágica muerte.

—¿¡No que muy gracioso!? ¡Tus chistes son peor que malos! —criticó Igor corrieron hacia Max muy molesto, aunque no al punto de querer sacar su lado asesino.

Esa adrenalina que le provocaba el hecho de que un posible asesino tratara de matarlo lo hacía correr más rápido de lo habitual. Dio todo de sí para dar con el granero y llegar con sus amigos, obvio sin saber por dónde iba. Su plan era ir a cualquier dirección esperando tener suerte y llegar a su destino.

Por otro lado, Houston mantenía la concentración en la interesante plática entre Steve y sus compañeros más cercanos, o bien conocidos como Monstruo (el narcisista), Carnicero (el grosero) y Russ (la tímida). Conversaban acerca de una experiencia que vivieron con Igor.

—Prime-primero I-I-Igor mató a Mons-Monstru-truo, lu-luego a Carnice-cero y, por últi-timo a mí—comentó Russ tartamudeando por la vergüenza que le causaba ser el centro de atención.

—Sí, así fue como pasaron las pinches cosas. Después el puto pendejo de Aedus nos revivió sin razón alguna, ¡ja, ja! ¿¡Pueden creerlo!? Si yo fuera ese wey, la neta, no nos hubiera revivido—opinó Carnicero.

—Supongo que fue gracias a mí que nos revivió, así que deberían agradecerme—habló el narcisista—. Cuando despertamos, nos dijo que nos daría la oportunidad de vivir, ya que no éramos ningún reto. Luego re aparecimos en el granero y no sabíamos que hacer sin ti, ¡así que tuve que tomar el control de este insignificante grupo que no sería nada sin mí! Continuamos con nuestro proyecto musical sin ti.

—¡Sí, es cierto, de hecho, mañana tocamos, perras! —gritó Carnicero emocionado por el concierto pequeño de mañana.

—¡Oye, Russ! Más te vale no lloras en el escenario esta vez, ¡no quiero que me vean con un bicho raro como tú! Estarás guapa, pero no vale la pena si eres una rarita—criticó Monstruo, luego se dio cuenta de la monstruosidad que dijo y se arrepintió—. Perdonen por lo que dije, como diría Steve, a veces suelo ser un verdadero Monstruo. ¡Ja, ja! Si quieres pueden venir mañana al concierto.

LA BANDAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora