Houston es un imbécil miserable que tiene que liderar a cuatro criminales un tanto raros para enfrentar las fuerzas de un Dios y sus súbditos.
Bizarra, random y única.
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La banda se encontraba cruzando la inmensa ciudad para poder llegar a la granja, la cual se encontraba a las afueras de la ciudad en medio de un inmenso bosque. Todos eran guiados por Steve y Houston. Mientras ellos se mataban caminando para llegar, en otro lugar muy muy lejano, había dos personajes importantes manteniendo una fría conversación que revelaría mucho.
Ubicados en una de las islas de piedra flotantes, Aedus hacía presencia junto a uno de sus hijos. El dios responsable de las pruebas se situaba sobre el suelo de la isla sentado con los brazos y piernas cruzadas. Enfocó su mirar en unos de sus hijos.
—Podría preguntarle, señor, ¿cuál es la razón por la que me ordenó venir? —preguntó el hijo de Aedus. Él no era ni Anthony ni Pest, de hecho, su nombre no había sido mencionado hasta el momento. Portaba un característico suéter color verde con cuello peludo blanco. De igual forma, portaba aretes y un piercing en la nariz, ambos del mismo color negro.
—Algo me dice que ya lo sabes—respondió Aedus.
—Es probable que tenga una idea—supuso—. Aunque, me gustaría que me lo confirmara, señor.
—Han aparecido ellos... los jinetes. Están próximos a encontrarse con los cinco elegidos.
—Nunca he luchado contra esos "jinetes".
—Es correcto, ya que en ese entonces no te había incluido en mis fuerzas.
—Fue cuando ese tipo esquelético me envió contigo, pero eso fue en otro universo, creo. En fin, eso no importa y, con respecto a los jinetes, ya he podido mirarlos un poco con mis ojos—comentó con una mirada triste clavada al suelo, impidiéndose ver sus ojos—. Arthur, Joel, Isabela y Henry; cada uno de ellos me interesa, uno en específico más que el resto.
—Desde que los dejé vivir no les he quitado la mirada de encima. Igualmente, Anthony no tardará mucho en verlos, pero, ¿consideras que sea una buena idea permitir que seres como ellos tengan contacto con los cinco elegidos?
—Señor, ¿usted me ha llamado para tomar en cuenta mi opinión? No debería ser yo quien decide algo así. Además, ¿por qué preguntarle a alguien como yo? Solo soy un simple subordinado, un peón más.
—Está Aiden, Igor, Anthony y Pest, no obstante, tú eres más inteligente y razonable que todos ellos, Ashley—respondió Aedus, sonriéndole a su subordinado—. Sabes más que el resto, sabes que yo también soy otro simple peón.
—Escucharlo decir mi nombre me parece raro, usualmente nunca lo dice—dijo Ashley para luego levantarse—. Mi recomendación es que deje a los jinetes tener contacto con los participantes, no importará de todas formas, recuerde que la única manera en que usted pierda es porque por fin el tipo apareció. He estado con usted varios miles de años y ese sujeto nunca apareció.
—No lo sé, siento que sería algo contraproducente. Si llegaran a matarme, no quiero ni imaginarme la violencia y sangre que habrá con el resurgimiento de los sonrientes—comentó Aedus con seriedad.
—Tiene razón, señor—dijo Ashley, quien realizó un suave momento con uno de sus dedos abriendo un portal—. Pero, sería más interesante dejarlos vivos, ¿no cree? Esa es mi recomendación.
—¿Sí?
—Sí, porque si ganan la batalla contra Igor se enfrentarán contra Anthony, Pest y yo, por lo tanto, se harán menos y será menos probable que sea derrotado—dijo cerrando el portal—. Me retiro—fue lo último que dijo antes de que cerrara por completo.
Aedus, con la mirada plasmada en el suelo, se quedó reflexionando algunos cuantos segundos después de que Ashley se fuera. Había tranquilidad hasta que unas bizarras palabras lo sorprendieron.
—¿¡Me está siendo infiel con Ashley!? ¡No tiene ni un poquitito de piedad, mi señor! —gritó desde lejos, justo en otra de las islas. Su grito vino acompañado de un pequeño gallo.
Aedus nunca se había sentido tan feliz de que él apareciera. —Pest—le habló.
—¿Sí, amo? ¿Me pedirá disculpas?
—Tengo una propuesta en mente.
—¡Si no es un beso suyo entonces no quiero nada! Se lo advierto desde ahora.
—Lo es.
Pest quedó boquiabierto por lo que dijo Aedus, casi desmayándose de la emoción. —¡¡¡Dígame que quiere que haga!!! No me importa, haré lo que sea.
—Hay cierta persona que necesito que extermines.
—¿¡A quién!? ¡Dígame rápido!
—Su nombre es Arthur y tiene una fuerza descomunal, es de los pocos que me ha dado una paliza. Si lo matas, yo te daré un beso.
—¡Pero por su pollo que sí! Lo haré—gritó Pest en pose de guerrero. Luego de esa extraña pose, cayó al suelo dando más de veinte vueltas.
—Muy bien, porque si él llegase a hacer todos por los elegidos, entonces alteraría considerablemente el verdadero propósito de estas pruebas. Y, si eso pasa, nunca sabríamos sobre la existencia de aquel ser con la capacidad de vencer a Lux.
—¿¡Ah!? ¿¡Y quién es ese o qué!? Estoy celosita—dijo Pest realizando un puchero repugnante.
En ese mismo instante en el que Pest y Aedus charlaban, Houston y Steve ya habían cruzado la ciudad entera. Caminaron varios kilómetros, pero, lo que nadie de ellos sabía es que cuatro poderosas presencias, aparte de Igor, los seguían.