Capitulo 15

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Iris

La oscuridad me rodea como una sombra persistente, sofocante, envolviéndome en una prisión invisible. Mi mente está en alerta, atrapada en un torbellino de pensamientos que no me dejan en paz. Cada segundo que pasa, el peso de la realidad se hace más insoportable. Todo esto es culpa de Adrián. Su llegada a mi vida fue como un huracán, arrasándolo todo a su paso y dejándome atrapada en su caos.

A mi lado, él duerme tranquilamente, su respiración profunda y pausada. Ajeno a la tormenta que se desata dentro de mí. Su mano, grande y cálida, descansa sobre mi vientre, sujetándome como si yo fuera algo suyo. Como si tuviera derecho a hacerlo.

La frustración se mezcla con la ansiedad y el resentimiento, formando un nudo en mi pecho. ¿Cómo puede dormir tan tranquilo mientras yo estoy atrapada en este infierno? ¿Cómo puede respirar en paz cuando ha robado la mía?

No quiero su contacto. No quiero sentir su calor. Quiero estar sola. Necesito estar sola.

Respiro hondo, tratando de calmarme. Pero el peso de su brazo sobre mí me recuerda que no tengo control, que no tengo escapatoria. Y eso me asfixia.

No puedo seguir así.

La idea me golpea de golpe, como una chispa en la oscuridad. Tengo que irme.

Con el mayor cuidado posible, deslizo su mano fuera de mi vientre y me incorporo lentamente. La cama cruje apenas bajo mi peso, y me quedo inmóvil unos segundos, con el corazón latiéndome en la garganta. Pero Adrián no se mueve.

Sigo adelante. Me levanto, avanzando en la penumbra hasta el armario. Busco algo que ponerme, y mis dedos rozan la tela de un vestido. El vestido que Adrián me dio. Una ironía amarga se instala en mi pecho cuando me lo pongo. No quiero nada suyo, y sin embargo, aquí estoy, usando su regalo para escapar de él.

Tomo mis tacones en una mano y camino hasta la puerta. Mi piel hormiguea con cada paso, el miedo y la adrenalina mezclándose en mi sangre.

Pero cuando intento abrirla, el sonido metálico de la cerradura me golpea como un mazazo.

Cerrada.

Mi corazón se detiene.

No.

Tiro del picaporte de nuevo, esta vez con más fuerza. Pero no se mueve.

No. No. No.

La respiración se me acelera. ¿Me ha encerrado? ¿Desde cuándo? ¿Desde el principio?

Mi mente se llena de posibilidades y ninguna me tranquiliza. Me giro lentamente, con la vista recorriendo la habitación en busca de las llaves. Tiene que haber una forma de salir. Tiene que haberla.

Y entonces, lo veo.

O mejor dicho, lo siento antes de verlo.

Un cambio en la atmósfera. Un peso invisible oprimiéndome.

El pánico se congela en mi pecho cuando me doy la vuelta.

Adrián está de pie justo frente a mí.

No sé cómo no lo escuché moverse. No sé cómo no sentí su presencia antes. Su cuerpo, una silueta imponente en la penumbra.

No lleva camisa. Solo un pantalón de chándal negro, colgando bajo en sus caderas, dejando a la vista la perfección de su torso esculpido. Sus músculos se tensan con cada respiración, su piel brilla con la escasa luz. Es una visión imposible de ignorar. Un dios de carne y hueso. Un dios del peligro.

Su mirada es oscura, impenetrable. Hay rabia en ella, contenida tras una fachada de control absoluto. Su expresión es severa, dura.

Y cuando habla, su voz es baja, un susurro cargado de advertencia.

El Peso del Pasado Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora