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El desayuno del hospital llegó una hora después y sabía exactamente a lo que parecía: tristeza caliente servida en una bandeja de plástico.

Andrés logró convencer a una enfermera de cambiar el café por uno de máquina y pasó los siguientes diez minutos actuando como si hubiera realizado una hazaña histórica. Mi mamá fingió reírse más de lo normal y yo hice el esfuerzo de verme suficientemente bien para que dejara de observarme cada treinta segundos, pero el cansancio seguía pegado a mi cuerpo como una segunda piel.

Afuera todavía llovía.

Las gotas golpeaban la ventana con una constancia casi hipnótica y por momentos me descubrí perdiéndome en eso solo para no pensar demasiado. Porque cada vez que mi cabeza se quedaba quieta unos segundos, terminaba regresando al mismo lugar.

Tú.

Siempre tú.

Después de un rato mi mamá salió para hablar con el médico y Andrés volvió a quedarse acostado mirando el techo, moviendo distraídamente una pierna bajo las sábanas.

—Pareces estar pensando demasiado fuerte —murmuró sin mirarme.

—¿Eso existe?

—Sí. Mi terapeuta dice que la gente deprimida tiene cara de estar resolviendo ecuaciones invisibles todo el tiempo.

Solté una risa pequeña por la nariz.

—Suena caro ese terapeuta.

—Lo es. Por eso sigo deprimido.

Negué apenas con la cabeza y volví a mirar el teléfono entre mis manos.

No había vuelto a escribirte desde ayer por la mañana.

No porque no quisiera. Porque no sabía qué decirte ya.

Las conversaciones con alguien que se fue son extrañas. Al principio escribes esperando una respuesta. Después escribes por costumbre. Y al final solo escribes porque el silencio empieza a sentirse demasiado grande si no lo haces.

Abrí nuestra conversación una vez más.

El cursor parpadeó frente a la pantalla vacía.

Hola.

¿Cómo estás?

¿Por qué te fuiste?

Pensé en escribir cualquiera de esas cosas, pero ninguna parecía correcta. Había demasiadas preguntas dentro de mí y ninguna tenía forma concreta todavía. Solo eran pedazos de algo más grande. Una sensación constante de haber perdido el equilibrio emocional en algún punto y no haber vuelto a encontrarlo desde entonces.

Apoyé la cabeza contra la pared detrás de la cama y cerré los ojos un instante.

Intenté recordar la última vez que te vi realmente.

No una foto. No un recuerdo repetido tantas veces que ya parecía falso. La última vez de verdad. Fruncí levemente el ceño.

Mi cabeza respondió con imágenes desordenadas. Tu cabello húmedo por la lluvia. Tus manos frías. Una discusión. O tal vez no era una discusión. Tal vez solo estábamos cansados. Mientras más intentaba acercarme al recuerdo, más borroso se volvía todo.

Abrí los ojos de golpe.

El corazón me estaba latiendo demasiado rápido.

—¿Estás bien? —preguntó Andrés desde la otra cama.

Asentí enseguida.

Demasiado rápido.

—Sí. Solo me mareé un poco.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora