En la isla Jeju existe una leyenda sobre una criatura marina que devora a las personas, comiendo sus partes vitales y dejándolas a la deriva del mar. Pero también se dice que si le das lo más valioso que tienes a esa criatura, esta puede concederte...
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Jimin sintió un nudo en la garganta, una sensación de pesadez difícil de explicar, llevó instintivamente una mano al cuello, notándolo seco, áspero. Buscó su botella de agua y bebió un sorbo, pero el sabor no le resultó agradable. Frunció el ceño, mirando a su alrededor hasta que su vista se posó en el salero. Sin pensarlo demasiado, vertió un poco de sal en un vaso y luego lo llenó de agua, esperando que eso aliviara la extraña incomodidad en su garganta.
Llevó el vaso a sus labios y bebió un sorbo con cautela. Al principio, el sabor salado le resultó extraño, pero, a medida que el líquido recorría su garganta, sintió un leve alivio. Cerró los ojos por un momento, concentrándose en la sensación. Era como si el peso que lo oprimía comenzara a desvanecerse poco a poco.
Suspiró, dejando el vaso sobre la mesa mientras pasaba la lengua por sus labios, aún impregnados de aquel regusto salino. No sabía por qué, pero aquello había funcionado. Su respiración se hizo más profunda y relajada, como si algo dentro de él finalmente se hubiera liberado.
Jimin se quedó un momento en silencio, observando el vaso casi vacío frente a él. Pasó sus dedos por el borde de cristal, como si intentara encontrar una explicación lógica para lo que acababa de sentir. No era solo el alivio físico en su garganta; era algo más profundo, una tensión que se había disuelto junto con el agua salada.
Se apoyó en el respaldo de la silla y exhaló largamente, sintiendo cómo sus hombros, antes rígidos, también comenzaban a relajarse. Algo dentro de él había cambiado, aunque no sabía exactamente qué.
Miró la ventana, afuera, la noche se extendía en un manto oscuro y silencioso, como si esperara a que él diera el siguiente paso. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez estaba listo para hacerlo.
Jimin dejó escapar otro suspiro, esta vez más pausado, casi contemplativo. Sus dedos tamborilearon suavemente sobre la mesa mientras su mente divagaba. ¿Por qué se sentía así? Esa opresión en el pecho, la sensación de que algo dentro de él había estado a punto de romperse… y, sin embargo, con un simple vaso de agua con sal, la angustia se había disipado, aunque fuera un poco.
Se levantó lentamente, como si temiera que el alivio fuera solo momentáneo y que, al moverse, la pesadez volviera a atraparlo. Caminó hacia la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío. Desde allí, las luces de la ciudad parecían parpadear en la distancia, ajenas a su pequeño mundo interior.