Epílogo: Parte 2

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Con tantas manos ayudando, pronto la comida estuvo lista. Los aldeanos empezaron a acomodarse en la inmensa mesa de roble poco a poco, algunos aún con los músculos tensos, sin saber si estaban invadiendo algo sagrado. Otros, con más hambre que miedo, dejaron caer sus cuerpos sobre las sillas sin dudarlo.

Silver vio como todos se acomodaban, pero había algo de lo que no podía olvidarse. Caminó hacia la puerta principal del castillo, y la abrió. Apenas lo hizo, el viento frío le golpeó el rostro.

No seas terco y entra —Le dijo a un hombre mayor que estaba sentado solo al lado de la entrada, acompañando a las gárgolas del castillo—. Todos están disfrutando la comida, y es cálido dentro. Entrar al castillo no te va matar, al menos no más de lo que lo hará la ventisca.

Te dije que me dejases en paz. No necesito su asquerosa comida... —Soltó ásperamente, abrazándose a sí mismo mientras temblaba del frío—. Ni quiero ensuciarme de su magia oscura...

Los demás están pasándola bien.

Traidores... Pecadores... —Murmuró con rabia—. Deberían ser todos quemados... Arrodillándose frente al monstruo de la noche como un rebaño sin cerebro, tomando la mano del diablo...

No vas a lograr nada congelándote fuera.

No me importa. Prefiero morir aquí a rendir tributo al demonio...

Silver suspiró, sabiendo que la discusión era inútil.

Dejaré la puerta abierta por si cambias de opinión.

Sobre la mesa, había ollas humeaban y el olor a especias y carne llenaba el aire.

Despacio y con cuidado, Riddle ayudó a Deuce a sentarse en el comedor, y luego ocupó el asiento a su lado. No lo decía, pero verlo ahí, con vida, era todo lo que necesitaba.

Por primera vez en décadas, la mesa estaba llena, e incluso habían tenido que buscar varias sillas extras.

Los aldeanos hablaban en susurros al principio, compartiendo sal, repartiéndose cucharones de comida.

Lilia se sentó, junto a dos niños que lo miraban con curiosidad. Cuando los vio, no pudo evitar recordar a Silver y a Malleus cuando eran así de pequeños, y su corazón dio un brinco de ternura. Los vio sosteniendo los cubiertos con torpeza, se notaba que nunca los habían usado antes. Los miraban con confusión, y se les caían de las manos.

Pueden tomar el pan con las manos, y mojarlo en el caldo —Les propuso, dejando los cubiertos a un lado. Tomó un trozo de pan para él mismo y lo rompió con los dedos. Lo sumergió en el caldo humeante, enseñándoles cómo hacerlo—. Es mucho más sabroso así.

Los niños lo imitaron, y se rieron.

Poco a poco, el ambiente iba levantándose.

Sebek tomó un bocado de la comida. Masticó despacio, con el ceño fruncido. Aunque le costase admitirlo, estaba sabrosa, demasiado sabrosa para no ser los manjares a los que su paladar estaba acostumbrado.

¿Y? ¿Te cansaste de gritar? —Jamil le preguntó mientras comía—. ¿Qué tal está la comida? ¿Te gusta?

¡Ja! ¡Humano necio! ¡Comparado a lo que acostumbro a comer, sabe a-!

Lilia pisó su pie bajo la mesa, transmitiéndole un mensaje muy claro sin necesidad de palabras.

¡A-A gloria! —Se corrigió rápidamente—. ¡Está delicioso!

Gracias por cocinar —Lilia les dijo sonriente—. Todo está muy bueno.

Vio a su hijo llegar, y sin necesidad de palabras, le hizo una pregunta.

𝘽𝙡𝙤𝙤𝙙𝙮 𝙏𝙚𝙖𝙧𝙨Donde viven las historias. Descúbrelo ahora