𝟐𝟏

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Lilia caminaba por los pasillos del castillo, asegurándose de que todo estaba bajo control. No quería más sorpresas, lo último que necesitaba era que las cosas empeoraran todavía más. Por ahora, solo necesitaba que todo fluyera tranquilamente, y que Malleus se calmara.

Miró a través de uno de los altos ventanales, el cielo se extendía a la distancia como un océano de ceniza, apagado y triste. El castillo siempre había sido silencioso, pero esta vez sentía que iba a enloquecer, atrapado en una melancolía invernal y estática.

Por más que había intentado hacer del castillo un hogar acogedor, en ese día no era más que una fría e inmensa jaula.

¿Cuánto tiempo llevaba sin salir? Unas cuantas décadas. Solía encantarle viajar, pero se había quedado encerrado en el castillo, desconectado del exterior.

No era como si hubiese tenido opción.

Cuando la guerra estalló, y todos en la familia real fueron asesinados uno por uno, tuvo que hacerse cargo, por la lealtad y la gratitud que les tenía. Cuando todo ocurrió, Malleus apenas había nacido y no era más grande que una iguana, lo matarían si lo encontraban.

Tuvo que esconderlo.

La última bendición de la familia real antes de morir fue el cerco de espinas que rodeaba el castillo, protegiéndolo y manteniéndolo enterrado en el profundo corazón del bosque. Fue lo último que la magia de la princesa hizo antes de desvanecerse.

Así, pasó año tras año recluido en el castillo, odiando cada día más a los humanos que lo habían condenado a vivir como un monstruo, alejado y encerrado entre muros de espinas.

Solitario, teniendo que cuidar de Malleus.

Arrancado de las personas que amaba.

Humillado y desterrado de su hogar.

Pero, algún día, cuando Malleus por fin fuera grande y fuerte, los quemaría a todos. Ese día, los humanos correrían y rogarían por sus vidas, sus casas arderían y sus ciudades caerían. Ese día, por fin, podría tomar venganza por todo lo que le habían hecho.

Y quizás —y solo quizás—, se sentiría completo otra vez.

Se aferró a esa idea para no enloquecer, repitiéndose una y otra vez, que algún día no tan lejano, habría justicia.

Solo tenía que esperar... Era solo cuestión de tiempo.

Pero, a medida que el tiempo pasó, poco a poco, empezó a olvidarse de su tan anhelada venganza. Empezó a parecerle más importante ver cómo Malleus crecía, como sus cuernos poco a poco tomaban forma, y por supuesto, asegurarse de que no prendiera en llamas el castillo.

La venganza ya no era lo que deseaba, y aunque la tuviera, después de años entendió que no le haría sentir mejor.

Ahora, solo deseaba una vida tranquila, un lugar pacífico donde poder estar.

Al diablo los humanos, que hicieran lo que les diera la gana, que tomaran las tierras, que ensuciaran el bosque, que manchasen el río, que se matasen entre ellos si querían. Con tal de que pudiera estar con Malleus y verlo crecer, a salvo en su pequeño escondite, no le importaba más.

Por eso, se alarmó cuando se dio cuenta de que los humanos habían establecido un pequeño pueblito cerca de su hogar, justo a las afueras de lo que quedaba del bosque, después de que lo hubieran talado y quemado casi todo para construir sus ciudades.

𝘽𝙡𝙤𝙤𝙙𝙮 𝙏𝙚𝙖𝙧𝙨Donde viven las historias. Descúbrelo ahora