21.

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La novia de Lionel —o sea, vos— vivías a pocas cuadras de donde se estaba armando todo el circo para la carrera, esa misma carrera para la que Lionel te había hinchado los huevos durante semanas, para que fueras a verlo.
Él estaba más manija que nunca, y vos... bueno, vos estabas ahí, bancando como siempre.

Durante todos estos años juntos, no hubo charla en la que no intentara convencerte de agarrar la bici "en serio", de que "te iba a encantar", de que "es solo cuestión de empezar". Pero nunca lo logró. La verdad es que no era lo tuyo. Lo tuyo era él. Mirarlo, acompañarlo, aplaudirlo, y prepararle el fiestin cuando volvía muerto después de entrenar.

El clima no ayudaba en lo absoluto. Desde el jardín, con esas vistas que parecían sacadas de una postal —las sierras recortadas contra un cielo gris y cargado— mirabas en silencio cómo las gotas golpeaban el pasto, una tras otra, mientras tus manos se aferraban al primer café del día. Ese olor a tierra mojada y café recién hecho te envolvía, dándole a la mañana un aire de calma engañosa.

Lionel se había ido temprano, tan temprano que apenas si lo registraste, solo sentiste ese beso suave en el cachete, casi dormida, y cómo con cuidado te acomodó la frazada para que no sintieras frío. Ese gesto suyo, tan de todos los días y tan él, te hizo sonreír medio dormida antes de volver a cerrar los ojos.

Sabías que tenía la cabeza puesta en la carrera. Vos, mientras tanto, tenías otros planes: adelantar trabajo para quitarte cosas de encima, y quedarte en casa esperando su vuelta. Por suerte, no iba solo; su hermana, el novio y el ct lo acompañaban en la previa y en la carrera, lo que te daba un poco de tranquilidad pese a que el clima estaba cada vez más pesado.

Mi amor, ya estoy acá. Ya llegaron los pibes del hotel.

Cuando termine voy para casa así me cambio ahí.

después vamos a cenar y me quedo en el hotel con ellos.

Leíste el mensaje medio entre líneas, sin terminar de entender del todo la logística de tu marido. Igual, no te sorprendía: la organización nunca fue su fuerte... ni el de ningún hombre, pensabas mientras sonreías sola.

Dale, Lio, éxitos. Te amo 💘.

Gracias bombona, te amo 💖.

El sonido de la lluvia se mezclaba con el clic de las teclas mientras intentabas concentrarte, pero cada tanto levantabas la vista hacia la ventana, preguntándote en qué parte del recorrido estaría. Una parte de vos quería estar ahí, mojándote y alentando como siempre, pero otra —la más cómoda, la más tuya— agradecía estar seca y calentita.

Pasadas las 13, ya habías terminado de almorzar y te habías quedado un rato colgada con el celular, chusmeando las redes. Veías fotos y videos que iban subiendo de la carrera, todos de él, obviamente. No podías evitar reírte viéndolo tan feliz, pero al mismo tiempo te hervía un poquito la sangre: los periodistas no lo dejaban ni respirar.

Cuando te levantaste para limpiar el plato con los restos de comida, escuchaste de repente cómo se abría la puerta principal y un "¡llegué!" que resonó desde el pasillo. Sonreíste al instante, y agarraste rápido la toalla que habías dejado a mano para que pudiera secarse, sabiendo cómo iba a llegar.

Pero en cuanto lo viste aparecer... no sabías si desmayarte o putearlo.

Lionel estaba completamente embarrado. De pies a cabeza. No había una sola parte de su cuerpo que no estuviera cubierta de barro, la ropa, la cara, hasta el casco chorreaba. Te quedaste congelada unos segundos, tratando de procesar lo que veías.

Instintivamente bajaste la vista y ahí lo viste: el piso. Las huellas perfectamente marcadas de sus zapatillas llenas de barro, mezcladas con gotas de lluvia, formando un verdadero desastre desde la puerta hasta donde él estaba plantado, sonriendo con cara de "mirá lo que es esto" como si fuera lo más normal del mundo.

Lionel Scaloni [One Shots]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora