26 (parte II)

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El Mundial empezó y, con él, también empezó una rutina que ninguno de los dos había imaginado.

Los primeros días fueron extraños. La diferencia horaria hacía que, cuando Lionel terminaba los entrenamientos, en Argentina ya fuera de noche. Vos seguías despertándote temprano para llevar a Blanca al colegio, trabajabas, intentabas mantener la casa funcionando como siempre y, entre una cosa y otra, terminabas mirando el celular mucho más de lo que te gustaba admitir.

Las conversaciones entre ustedes habían quedado reducidas a lo indispensable, no porque faltaran cosas para decirse. Sino porque sobraban, la mayoría de los mensajes empezaban y terminaban igual.

"¿Podés hacer videollamada?"

"Sí, dame cinco minutos."

Entonces aparecía Blanca corriendo desde cualquier rincón de la casa apenas escuchaba el teléfono sonar. —¡Papá!

Y durante diez, quince o veinte minutos el mundo parecía volver a acomodarse un poco. Ella le mostraba dibujos nuevos, le enseñaba alguna canción que había aprendido en el colegio, le contaba historias larguísimas que Lionel escuchaba con la misma paciencia de siempre, sonriendo incluso cuando apenas entendía la mitad de lo que decía y vos casi nunca intervenías.

Te limitabas a sostener el teléfono cuando ella se cansaba de hacerlo o a responder alguna pregunta puntual sobre cómo había estado en la escuela. Él también hacía lo mismo. Si necesitaba preguntarte algo, lo hacía únicamente porque tenía que ver con Blanca.

Al principio intentaste convencerte de que era lógico, que necesitaba concentrarse, que estaba haciendo exactamente lo que te había dicho que iba a hacer.

Pero los días empezaron a pasar y el silencio entre ustedes se volvió mucho más pesado que la propia discusión. La primera vez que decidiste escribirle fue la noche anterior al debut. Estuviste varios minutos mirando la conversación antes de animarte a escribir, borrabas y borrabas los mensajes, escribías mensajes completos antes de quedarte con uno mucho más simple.

"Muchos éxitos mañana. Confío en vos, como siempre."

Lo mandaste y dejaste el teléfono sobre la mesa sin esperar una respuesta. Sin embargo, unos minutos después, la pantalla volvió a iluminarse.

"Gracias."

Nada más, ni un corazón, ni una pregunta, ni un "¿cómo están?". Solo esa palabra.

Pasaron los partidos y con eso los mensajes, llego el segundo...

"Mucha suerte hoy. Dale que ustedes pueden." La respuesta llegó unas horas más tarde.

"Gracias."

Y después del tercero. "Éxitos hoy. Blanca dice que hagan muchos goles."

"Decile que gracias.:)"

Empezaste a notar un patrón. Nunca ignoraba tus mensajes, pero tampoco los continuaba.

Era como si hubiera levantado una pared invisible entre los dos y respondiera únicamente por educación. Como si cualquier conversación que se alejara de Pepi representara un riesgo que todavía no estaba dispuesto a correr, y ahí entraba tu contradicción, ¿cómo podía ser posible que se enoje tanto por todo lo que pasó cuando en realidad, tendría que ser al revés?

A veces te sorprendías escribiendo un mensaje mucho más largo. Le contabas algo que Pepi había hecho en el colegio, una anécdota graciosa, alguna noticia de la familia. Después lo leías una vez más y terminabas borrándolo antes de enviarlo.

Lionel Scaloni [One Shots]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora