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Lionel estaba enamorado. Pero no era un enamoramiento cualquiera. No. Era ese tipo de amor que lo dejaba como un adolescente, torpe, ilusionado, con las manos transpiradas y el corazón haciendo ruido en el pecho. Hacía años que la deseaba en silencio, desde un rincón donde el deseo y la prudencia convivían a los codazos. Pero el divorcio con su ex mujer lo había dejado herido, cerrado, incapaz de imaginarse de nuevo abriendo el corazón.

Y sin embargo, ahí estaba ella. Siempre estaba. En la televisión, en los entrenamientos, en las conferencias. Mora, la periodista que cubría la Selección. La única a la que nunca le negó una entrevista. Oficialmente, su vínculo era profesional, apenas cordial: técnico y periodista, nada más. Pero para Lionel, ella era distinta.

Cuando la veía entrar a una sala de prensa, con su cuaderno en la mano y esa mirada atenta, algo se le apretaba en el pecho. Después de años había vuelto a sentir mariposas en la panza. Y cuando se acercaba con el micrófono, con esa voz clara que ya conocía de memoria, él moría un poco por dentro. No podía evitarlo.

Lionel se había convertido en ese amigo insoportable dentro del cuerpo técnico. El que no paraba de hablar de la misma mina. El que revisaba Instagram stalkeando y mirando historias en secreto —porque era de las pocas cosas que sabía hacer en redes sociales—

Ya ni disimulaba. En cada charla con Pablo o con Walter terminaba sacando el tema, como quien no quiere la cosa pero queriendo con desesperación.
—Che, ¿vieron lo que dijo Mora hoy en f12? —tiraba así, al pasar, con el celular medio escondido, como si no le importara tanto.
Y Pablo ya ni lo miraba.
—Estás enfermo, culiado— le decía entre risas...

Él insistía con que era su amor platónico, como para suavizar lo que sentía. Pero tanto Pablo como Walter se lo repetían cada vez que podían
—Platónica las pelotas. Vos estás re al horno y tenés chances. El problema es que sos un cagón.

Y ahí Lionel se callaba. Se encogía de hombros, se hacía el boludo. Pero sabía que tenían algo de razón. Porque sí, quizás, solo quizás, algo podría pasar... si se animaba.

Hacía seis años que estaba enamorado de ella, guardándose todo, mordiéndose las ganas, disimulando como podía cada vez que la veía aparecer con el micrófono en mano. Pero no fue hasta el 2023, recién pasadito el Mundial, que se animó a dar el primer paso. Enero, para ser exactos.

Todavía recuerda esa noche en Qatar. Faltaban apenas unos días para la final y, nadie quería decirlo en voz alta.

Después de la cena, el cuerpo técnico se había quedado afuera, tomando algo, charlando en ronda como tantas otras veces. Las bromas iban y venían, y alguien —capaz fue Ayala, o el mismo Walter— empezó con las apuestas.

—Bueno, si pasa lo que tiene que pasar, yo dejo el mate un mes —tiró Luifa, entre risas.
—Yo me tatúo—dijo otro, levantando la apuesta.
—¿Y vos, Lio? —le preguntó Pablo, mirándolo con media sonrisa —¿Qué vas a hacer si ganamos?

Lionel se hizo el desentendido, le pegó un sorbo largo a su vaso y encogió los hombros.
—Yo nada, ¿qué voy a hacer? No jodan.

Pero Pablo no se lo iba a dejar pasar tan fácil. —Dale, boludo. Hacé algo que te cambie la vida. No sé... hablale a Mora, ponele.

Hubo un coro de carcajadas y miradas cómplices. Lionel levantó una ceja, con cara de póker. —¿Estás loco? Ni en pedo.

—¿Por qué no? —insistió Walter—. Si hace años que la tenés en la cabeza.

—Porque no da, es periodista, trabaja con nosotros... no, no. Nada que ver.

Lionel Scaloni [One Shots]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora