20.

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Las entradas eran caras, demasiado caras. Eran un lujo inalcanzable, un sueño que se desvanecía con anticipación. La emoción por presenciar un clásico Argentina-Brasil se esfumó en un suspiro, pero en el fondo, había una razón más poderosa que el partido mismo.

Barbara lo quería ver a él.

Lionel Scaloni representaba todo lo que buscaba en un hombre, el ideal perfecto. Con una sola noche bastaría para ser feliz. Y la noticia de su soltería fue una GRAN noticia. Pero la realidad golpeaba fuerte: era una simple aficionada, él no la conocía y, para colmo, nunca lo iba hacer. Aun así, soñar con verlo de cerca era suficiente.

Fue entonces cuando Bárbara encontró la solución. Quizás Messi no estaría, pero los campeones del mundo sí, y con su trabajo, podría conseguir una acreditación para el partido contra la Sub-20. Solo necesitaba anotarse en AFA, cruzar los dedos y esperar a que le dieran el pase para poder fotografiar el evento.

Todo ocurrió demasiado rápido. No supo cómo ni cuándo, pero un correo llegó con la confirmación: la habían aceptado tenía una credencial para asistir al partido benéfico que jugaría la selección, y podría tomar fotos desde la cancha.

El corazón se le aceleró, la emoción la embargó por completo y saltó como si hubiera ganado el quini. Quizá, en cierto modo, lo había hecho. Quizá era justo lo que necesitaba en medio de estos tiempos de cólera. Por un momento, las preocupaciones desaparecieron. Nada de alquileres impagables, nada de deudas en las tarjetas. Solo importaba conseguir una buena foto de Scaloni para atesorar, o una de De Paul para sus amigas tinistas. Incluso engañar a la afa haciéndose pasar por alguien profesional para los datos de la acreditación le pareció un logro menor, una travesura justificada. Pero lo importante es que iba a estar ahí. Cerca. Tan cerca que podría ver a Scaloni con sus propios ojos.

(***)

El sábado había llegado. Barbi, con los nervios a flor de piel, se calzó una camiseta retro del Mundial 2006, mientras su amiga hacía lo propio con una del 2010. Se miraron, sonrieron y salieron apuradas, esquivando a la gente por las veredas angostas. El día estaba medio medio, parecía que iba a llover pero nada iba a arruinar lo que se venía. Lo único que Barbara necesitaba era una cámara para hacer todo lo que tenía que hacer.

Camino al Ducó, el ambiente ya era una fiesta. A su alrededor, el clima era una mezcla de emoción pura. Hinchas con banderas, niños vestidos con la albiceleste acompañados con la emoción de sus padres y el clásico olor a choripan mezclado con el paty invadiendo el aire. Todo eso era Argentina, todo eso era la Scaloneta.

Ver a tantos nenes cumpliendo el sueño de estar ahí le generaba una emoción especial. Para ellos, los jugadores no eran solo futbolistas, eran héroes, tipos que con un abrazo, una firma o una camiseta les hacían vivir un momento que jamás olvidarían.

Barbi sonrió para sí misma. Todos los niños deberían tener la oportunidad de ver, al menos una vez, a la Selección. Porque más allá del fútbol, más allá del precio de una entrada, esto era un pedazo de felicidad que quedaba para siempre.

—No puedo creer que estamos acá boluda— dijo su amiga entre risas, y Barbi asintió con emoción. Mientras avanzaban entre la multitud, la ansiedad le pegaba en el pecho. Estaban por meterse en un lugar donde no cualquiera podía estar.

Llegaron a la mesa de acreditaciones, entregaron los documentos y esperaron con los dedos cruzados. Cuando les colgaron las credenciales en el cuello, el corazón de la castaña latía a mil. Ahora sí, estaba adentro. Solo quedaba esperar.

(***)

La tarde había sido un sueño. Desde una platea privilegiada, ambas observaban todo con una claridad impresionante, casi como si lo vieran en 4K. Por un momento, se había ilusionado con la posibilidad de que le permitieran pisar el campo, aunque fuera solo unos minutos, pero aquello nunca ocurrió. Sin embargo, nada de eso iba a empañar el momento.

Lionel Scaloni [One Shots]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora