JDV IV

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El penúltimo programa de Juego de Voces se desarrollaba con la misma energía vibrante que los anteriores. Las luces del foro brillaban, las cámaras captaban cada gesto, cada risa, cada emoción. Entre juegos, retos musicales y confesiones espontáneas, la complicidad entre Lucero y Manuel flotaba en el aire. Los demás lo notaban, claro. Esa forma en que él la miraba cuando ella hablaba con esa sonrisa traviesa. Esa manera en que ella se acercaba más de lo necesario para corregirle el micrófono o reírse de una broma. Para los demás, parecía natural. Eran amigos de toda la vida, padres de unos hijos maravillosos… ¿por qué no habrían de llevarse tan bien?
Pero había algo más. Algo que vibraba entre ellos. Pero quizás lo demás hacían oídos sordos

—Corte! (gritó alguien del equipo técnico) Nos vamos a break, 30 minutos para comer!

Las leyendas y las estrellas se fueron agrupando, entre risas, anécdotas, platos compartidos y comentarios del programa.
Lucero estaba más luminosa que nunca. Manuel la miraba de reojo, como quien no quiere, pero quiere. Ella lo notaba… y le gustaba.
Después de un rato, cuando todos comenzaban a regresar al foro para continuar con las grabaciones, Lucero caminó despacio hacia él. Su vestido entallado se movía con delicadeza y su perfume suave lo envolvió cuando se acercó a su oído.

L: Ven conmigo un momento al camerino (le susurró con picardía) Quiero darte algo…

Él la miró fijamente, sin responder con palabras. Sólo le sonrió con ese gesto ladeado que ella conocía de memoria. Como si no hiciera falta decir nada. La siguió.
Caminaban por los pasillos en silencio, vigilando que nadie los notara. Todos estaban ocupados en sus cosas. Nadie prestaba atención. Cerraron la puerta del camerino tras de sí. El corazón de Lucero latía con fuerza, y el de Manuel no se quedaba atrás.
Apenas estuvieron dentro, él no esperó ni un segundo.

M: No aguanto más (murmuró él, antes de atrapar su boca con la suya)

L: yo tampoco..

Se besaron, un beso urgente, hambriento, inevitable. Como si todas esas semanas de miradas, de juegos, de silencios cargados de intención, hubieran estallado en ese instante. Ella se aferró a su nuca, pegando su cuerpo al de él. Sus respiraciones se entrecortaban, sus manos exploraban con ansiedad contenida.

M: Estás jugando con fuego, Lucero (susurró Manuel, con la voz ronca, mientras besaba su cuello)

L: Entonces no me apagues (respondió ella con una sonrisa traviesa)

Y volvieron a besarse. Esta vez más lento, más profundo. Como si el tiempo se hubiera detenido en ese camerino. Lucero se sentó en la pequeña mesa del tocador, guiándolo con ella. Manuel se posicionó entre sus piernas, se deshizo de lo necesario y entró en ella a la vez que la besaba con hambre, sus labios se encontraban como si siempre hubieran sabido encontrarse.

L: Manuel (susurró ella entre jadeos, con la voz rota de placer) No pares.. por favor, no pares…

M: no podría, aunque quisiera (le respondió con los labios pegados a su cuello, besándola, lamiendo su piel como si buscara memorizar cada rincón)

Lucero se aferraba a sus hombros con desesperación, sus caderas respondiendo a cada movimiento de él. Sus gemidos, suaves al principio, se volvieron imposibles de contener. El ritmo se volvió más urgente. Más crudo. Más real.
Y entonces, ella estalló. Se arqueó contra él con fuerza, con un gemido que ahogó en su boca mientras lo besaba con locura, dejando su cuerpo rendido en sus brazos.

L: Dios (fue lo único que logró decir, con los ojos cerrados y el alma temblando)

Manuel la sostuvo firme, besándola, adorándola, como si ese momento fuera lo único importante en el universo. La miro y sonrió, con esa mirada suya cargada de deseo, y deslizó las manos bajo sus muslos, alzándola en brazos. Lucero soltó un jadeo y se aferró a él, sin dejar de besarlo mientras la llevaba hasta el sofá del camerino, al llegar, se sentó con ella encima, haciéndola quedar a horcajadas sobre su regazo.

M: aquí sí que me vas a volver loco (susurró contra sus labios, mientras bajaba las manos hasta su trasero y lo apretaba con fuerza)

Lucero apoyó las manos en su pecho, moviendo las caderas lentamente sobre él, sintiendo el roce delicioso que la volvía a encender de inmediato.

L: Eso quiero (jadeó ella)

Manuel la sujetó con una mano por la nuca y la besó con furia, mientras con la otra se guiaba para entrar en ella de nuevo. El gemido que ambos soltaron fue brutal. Ella se arqueó, aferrada a sus hombros, mientras comenzaba a moverse con ritmo, sus manos en el pecho de él, sus caderas llevando el control, sus pechos rebotando suavemente con cada movimiento. Manuel no podía dejar de mirarla, completamente hechizado.

M: caray lucerina, me vas a matar

Ella sonrió con malicia y empezó a moverse más rápido, subiendo y bajando con fuerza, gimiendo sin vergüenza. Cada vez que él intentaba recuperar el control, ella lo empujaba de nuevo contra el respaldo. Él se dedicaba a besarla, la mordía, la sujetaba con fuerza de las caderas mientras se perdía dentro de ella. Sus cuerpos estaban empapados en sudor, en deseo, en esa necesidad vieja y tan viva.

M: Dios, no me canso de ti (gruñó él, pegando la boca a sus pechos, besándolos con desesperación)

L: Y no quiero que lo hagas (jadeó ella) No te detengas, Manuel, más…

Él la sujetó con firmeza y, sin previo aviso, se incorporó con ella en brazos, haciéndola soltar un gemido ahogado por la sorpresa. Lucero rodeó su cuello con fuerza mientras él caminaba decidido hacia la pared del camerino, sin dejar de besarla, con el deseo rugiéndole en la piel.
La apoyó contra la pared con un golpe suave, pero firme, sin darle respiro. La sostuvo por los muslos, y se deslizó en ella con un gemido ronco. El ángulo era más profundo, más intenso, más salvaje.

L: Ah, sí, así! (gritó ella, clavando las uñas en su espalda, perdiéndose en el ritmo salvaje de sus embestidas)

M: Eres tan mía (murmuró él al oído)  No quiero parar nunca

Ella lo besó con hambre, ahogando el gemido final mientras su cuerpo estallaba por dentro. Él la siguió enseguida, temblando contra ella, los cuerpos apretados al máximo, sin aire, sin control, completamente rendidos el uno al otro.

Ambos quedaron unos segundos jadeando, abrazados, aún pegados a la pared. Pero de pronto, el silencio del camerino fue invadido por un leve ruido lejano del foro. Risas, pasos… voces.
Lucero abrió los ojos de golpe.

L: carajo, manuel, cuánto tiempo llevamos aquí (susurró con urgencia, medio riendo mientras intentaba recuperar la respiración)

M: demasiado (rió él, aún sin soltarla) Pero valió cada segundo

L: Vístete ya (le dijo ella, bajando de sus brazos como pudo) Nos van a matar si se enteran!

Ambos se acomodaron a toda velocidad entre risas ahogadas, y miradas cómplices. Manuel la ayudó con el cierre del vestido, mientras Lucero le acomodaba la camisa y le limpiaba una marca de labial del cuello.

L: parecemos adolescentes escondiéndose (susurró ella divertida)

M: Tú haces que me sienta como uno (le respondió con una sonrisa ladina)

Se miraron una vez más, con una mezcla de satisfacción, deseo latente y complicidad. Luego abrieron la puerta del camerino con cuidado y salieron como si nada hubiera pasado, como dos profesionales… que acababan de pecar como nunca.



















Holuuu, qué tal? Aquí un poquito más de jdv, qué ya se nos acabooó😭. No se olviden de dejar su comentario y su estrellita🫵💓 xoxo

LyM |shortsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora