La madrugada en Quito estaba silenciosa cuando Lucero finalmente cerró la puerta de su habitación de hotel.
Había sido un vuelo cansado. Se quitó los zapatos, dejó la maleta a medio abrir y se puso un camisón ligero. Su cabello estaba suelto, todavía un poco desordenado por el viaje. Se miró al espejo un segundo, suspiró y se dejó caer en la cama.
No pensaba en nada, o al menos eso intentaba. Hasta que tocaron la puerta.
Frunció el ceño.
L: A esta hora?
Miró el reloj. Apenas había pasado media hora desde que había llegado.
Caminó descalza hasta la puerta y la abrió apenas, y ahí estaba él. Manuel.
Con la misma cara cansada del viaje y esos ojos que parecían haber tomado una decisión que ni él mismo entendía.
Lucero parpadeó, sorprendida
-Manuel?
Él se quedó mirándola unos segundos. Como si necesitara asegurarse de que era real, y entonces lo notó. El camisón, su cabello suelto, su cara lavada, Dios. La había extrañado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Se aclaró la garganta.
M: Llegué, y.. (hizo un gesto torpe con la mano) pensé que tal vez deberíamos hablar de la organización, ya sabes
Lucero levantó una ceja.
L: A las tres de la mañana?
Manuel soltó una pequeña risa incómoda.
M: Bueno, somos muy profesionales
Ella lo miró unos segundos más. Sabía perfectamente que aquello era una excusa.
Pero aun así abrió la puerta.
L: Pasa
Manuel entró despacio, como si el cuarto fuera territorio peligroso. La puerta se cerró detrás de él. El silencio se volvió pesado.
Lucero se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared.
L: Entonces, la organización?
Manuel intentó concentrarse, de verdad lo intentó.
M: Sí, bueno, estaba pensando que para el primer show podríamos cambiar el orden de dos canciones y…
Pero sus ojos la traicionaban. No dejaban de recorrerla, el camisón se movía suavemente con cada respiración de ella.
Lucero lo notó, claro que lo notó.
L: Manuel
Él levantó la mirada.
M: Sí?
L:No estás hablando de canciones
Manuel suspiró, pasando una mano por su cabello.
M: Lo intento
L: Se nota
Un silencio corto cayó entre ellos. Finalmente él murmuró:
M: Te ves… bien
Lucero soltó una pequeña risa incrédula.
L: Bien?
M: Sí
L: Qué generoso
Él la miró directo a los ojos.
M: Te ves hermosa
Y esa vez no hubo ironía. Lucero sintió que algo se movía dentro de su pecho, algo peligroso, porque ese era exactamente el problema entre ellos. Siempre había algo.
L: Manuel (dijo más bajo) se supone que estamos mal
M: Lo sé
L: Se supone que estás, respetando tu relación
