30.- Liars II

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Renata

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Renata

Me quede en silencio mientras los directivos esperaban una respuesta. Kevin había hablado. Había dicho lo que nadie se atrevía a decir en ese cuarto: la verdad. Pero esta vez, yo no podía dejar que él volviera a cargar con todo solo por protegerme.

—No necesitan decidir quién se va. Yo ya lo decidí.

Kevin me miró, confundido.

—Renata...

—Voy a renunciar —dije con voz firme—. No porque esté avergonzada. No porque haya hecho algo incorrecto. Pero este ambiente... este silencio forzado, esta presión... no es el lugar en el que quiero trabajar más.

Los directivos intercambiaron miradas, sorprendidos.

—¿Estás segura? —preguntó Jorge, su jefe, en voz baja.

—Me voy con la frente en alto. Me voy sabiendo que hice mi trabajo mejor que nadie. Que los muchachos confiaban en mí, que di más de lo que debía dar. Pero también me voy porque no pienso renunciar a ser humana para poder seguir siendo profesional.

Kevin intentó hablar, pero no lo deje.

—No me detengas. Esta vez no.

•••

Horas después, ya sola en mi habitación, con mi maleta a medio cerrar y el celular reventando de mensajes, me se senté a respirar. Todo me dolía. Pero era un dolor que venía acompañado de paz.

Justo cuando pensaba que nada podía sorprenderme más, sonó el timbre de mi teléfono.

Número desconocido.

—¿Hola?

—¿Renata Martínez? —una voz firme, educada—. Habla el Dr. Emiliano Duarte. Soy jefe del cuerpo médico del Club América. Me llegó tu contacto por medio de una colega en común. Supimos que dejaste Pachuca... y te queremos en nuestro equipo.

¿Era una broma?

—¿Perdón?

—Estamos buscando alguien con tu perfil para la próxima temporada. Queremos hacer cambios importantes en el área de fisioterapia y tú estás entre nuestras primeras opciones. Si estás disponible, podríamos concretar una reunión la próxima semana. Nos encantaría tenerte.

Me quede en silencio, con la respiración suspendida. De fondo, escuchaba las noticias deportivas repitiendo el escándalo con Kevin, pero en ese momento... eso ya no era lo importante.

—Estoy disponible —dije por fin—. Y más que lista.

•••

Horas más tarde, Kevin tocó la puerta.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿A dónde?

—A un lugar donde no tenga que esconder quién soy para hacer lo que amo. A un lugar donde pueda ser yo sin tener que pedir permiso.

Kevin se acercó, tomó mi mano con cuidado, como si no quisiera romper ese momento.

—¿Esto es un adiós?

—No lo sé. Pero esta vez, lo que venga... será por elección, no por miedo.

Él asintió. Y no dijo nada más. Porque a veces, amar también significa saber cuándo soltar.

La lluvia volvía a caer. Como si el cielo estuviera cansado de llorar por ellos. Yo sostenía la manija de la puerta con fuerza. La maleta ya estaba lista. El taxi me esperaba abajo. Todo estaba dicho... excepto lo que más dolía.

—No tienes que irte —susurró Kevin, parado frente a mi, a tan solo un par de pasos—. Podemos arreglarlo. Podemos hablar con alguien, buscar otra opción...

—¿Cuál? —lo interrumpi, con la voz quebrada—. ¿Seguir escondiéndome? ¿Seguir fingiendo que no siento todo lo que siento por ti?

Kevin bajó la mirada.

—Te fallé —admitió por fin—. Te dejé sola cuando más me necesitabas. Te hice pensar que eras un error cuando en realidad, fuiste lo único verdadero.

Apreté los labios. Lo odiaba. Pero lo amaba. Y por eso dolía tanto. Él se acercó, con cuidado. Como si tocara un recuerdo. Como si tuviera miedo de romper lo poco que quedaba entre los dos.

—No te merezco —susurró—. Pero si pudiera retroceder el tiempo, elegiría quedarme contigo. Aunque eso significara perderlo todo.

Sentí cómo las lágrimas comenzaban a escapar. Cerré los ojos. Y cuando los abrí, Kevin estaba justo frente a mi.

—Entonces ¿por qué me empujaste a irme?

—Porque tuve miedo —respondió—. Porque creí que estaba protegiéndote... y terminé destruyéndote.

Un segundo. Un suspiro. Un último latido compartido.

Y Kevin me besó.

Me besó como si el mundo fuera a acabarse. Como si pudiera pedir perdón con los labios. Como si al juntar nuestras bocas pudiera volver a armar todo lo que había roto.

Nos separamos lentamente, los ojos empañados. Respirando el mismo aire. Viviendo la misma herida.

—Voy a esperarte —dijo él, apenas audible.

—No lo hagas —conteste, con una sonrisa triste—. Porque si vuelvo... quiero que sea porque tú también elegiste luchar. No solo por mí. Por ti. Por nosotros.

Y sin mirar atrás, sali de la habitación.

Liars - Kevin Alvarez Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora