49.- Liars II

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Kevin

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Kevin.

Han pasado dos días desde que Renata salió de la sala sin decir nada más. Dos días sin verla más que de lejos, con el mismo profesionalismo de siempre, pero sin su risa, sin su calor, sin su forma de mirarme como si yo siguiera siendo su lugar seguro.

Y eso... eso me está matando más que la rodilla jodida.

Me estoy recuperando del golpe físico. Pero el emocional, lo provocó mi inseguridad. Mis malditos celos. Mi necesidad absurda de compararme con un tipo que ya ni está en su vida.

Así que hoy decidí hacer algo. No esperar que el dolor se enfríe. No esperar a que se le pase.

Ir por ella. Como se debe.

Toqué la puerta de su consultorio con una mano ocupada: llevaba una bolsa blanca con su bebida favorita, un pequeño arreglo de flores que sé que le gusta, y un sobre.

Abrió con cara cansada. Estaba sola.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó, con la voz más suave de lo que esperaba.

—Vine a disculparme —le extendí las cosas—. Y también vine a hablar, si me dejas.

Ella dudó. Pero se hizo a un lado.

Entré, cojeando un poco con la férula. Me senté en la camilla. Ella permaneció de pie, con los brazos cruzados.

—Lo de Xavier me tocó más de lo que imaginaba —empecé—. Pero no por él. Por mí. Porque estoy acostumbrado a ser fuerte, a sentirme invencible... y ahora apenas puedo pararme sin ayuda.

Ella bajó la mirada.

—Y tú eres lo único estable que tengo ahora. Y aún así te empujé. Y te hice sentir como si fueras culpable de algo que jamás hiciste.

—Eso fue lo que más me dolió —susurró—. No el rumor. No Xavier. Sino que pensaras por un segundo que yo podría traicionarte.

—Lo sé —me levanté, con esfuerzo, y caminé hasta ella.

Le tomé las manos.

—Renata... yo estoy roto físicamente. Pero tú eres la única que puede evitar que me rompa por dentro también. No soy bueno expresando mis miedos.
A veces los disfrazo de enojo, de sarcasmo... de estupidez.

Ella me miró. Y vi en sus ojos algo que extrañaba:
ternura.

—¿Y el sobre? —preguntó, señalando el sobre blanco que aún tenía en la mesa.

Lo abrí frente a ella.

—Es la hoja de ruta completa de mi rehabilitación. Pero le agregué algo atrás —se lo entregué.

Renata lo volteó.

Era un mensaje escrito a mano.

"Meta final: volver a la cancha.
Meta más importante: no volver a perderte."

Ella apretó los labios.
Sus ojos brillaban.

—¿Me perdonas? —pregunté bajito.

Y sin decir nada, se acercó. Me abrazó. Y no me soltó.

—No me hagas promesas, Kevin. Solo cumple esta: no me empujes más.

—Te lo juro —susurré en su cuello—. Si tú no estás, nada sana.

•••

La presión afuera era insoportable.
Cámaras, micrófonos, rumores que no paraban de crecer. Pero cuando llegaba a casa, todo se quedaba afuera.

Renata me esperaba con una sonrisa que calmaba cada tormenta interna. Sin palabras, sin preguntas incómodas, solo ella.

Nos sentamos en el sillón, cerca uno del otro, sin prisa. Sus dedos entrelazados con los míos, sus ojos buscando los míos. En ese momento, nada más importaba.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro y yo sentí que todo el miedo, la frustración y la duda se disipaban.

—Aquí estoy —susurré—, para lo que venga.

—Y yo contigo —respondió—, siempre.

Y así, en ese silencio lleno de paz, entendí que juntos podíamos con todo. Que, pase lo que pase, nuestro refugio siempre será el otro.

Liars - Kevin Alvarez Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora