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Renata.
—...y cuando Jorge nos gritó que parecíamos jugadores de fútbol cinco en una carnicería, supe que estábamos jugando del asco —Kevin se ríe un poco, pero enseguida se lleva la mano al pecho. La tos lo interrumpe otra vez.
—Ya basta, deja de hablar tanto, Kevin —le digo mientras busco en mi maleta un pañuelo húmedo. Me acerco y le limpio un poco el sudor frío de la frente—. Te arde la garganta, ¿cierto?
Asiente, como niño regañado.
—No me odies, pero también tengo un poco de fiebre.
—¡Kevin! —exclamo bajito, negando con la cabeza—. Y apenas terminó el partido viniste aquí en vez de ir con los médicos del club.
—No quería que me dijeran "te lo dije", ya sabes... —me mira con esos ojos tan malditamente sinceros—. Además... quería verte.
No digo nada.
Porque no sé qué decir.
Solo me quedo ahí, viéndolo. Viendo cómo se acomoda en mi cama con la taza de té entre las manos y la cara más agotada que le he visto en mucho tiempo.
—No quiero confundirte —me dice de pronto—. Pero tampoco quiero seguir haciéndome el fuerte cuando tú eres lo único que me calma.
Mi corazón da un vuelco. Me obligo a recordar lo que pasó. Lo que no funcionó. Lo que no dijimos.
—Kevin, no estoy aquí para ti. Vine por mi trabajo. Vine para cuidar al equipo. No para...
—¿No para volver a sentir algo? —interrumpe él.
—No lo pongas en palabras —le digo bajito.
—¿Por qué? ¿Porque si lo decimos ya no hay marcha atrás?
No respondo. Me quedo de pie, con los brazos cruzados, tratando de parecer firme. Pero por dentro, estoy hecha pedazos.
—Solo quiero que sepas que me arrepiento de cada silencio que te dolió —dice él, ahora con voz más débil—. Y de no haberte cuidado como tú lo hacías conmigo.
Se hace un momento de silencio. Solo se escucha su respiración, pesada. Y el leve sonido de la lluvia contra la ventana.
—Deberías dormir —le digo finalmente—. La fiebre subirá si no descansas.
—¿Puedo quedarme aquí? —pregunta, como si tuviera quince años otra vez.
—Solo hasta que baje la fiebre —contesto, sin poder evitar una pequeña sonrisa.
Me giro para preparar una segunda taza de té, aunque ya sepa que él no la necesita. Lo hago para no mirarlo, para distraerme. Para fingir que todavía tengo control.
Pero cuando me doy la vuelta, Kevin ya se ha quedado dormido. En mi cama. Con el té a medio tomar y una expresión de paz que no le había visto en semanas.
Lo cubro con una cobija.
Y entonces, susurro algo que no va a oír.
—Ojalá no fuera tan fácil seguir queriéndote.
•••
Desperté con una sensación extraña en el pecho. El cuarto estaba en silencio. Kevin ya no estaba.
La taza vacía seguía sobre el buró, y la cobija arrugada delataba que él había salido sin hacer ruido. Un suspiro escapó de mis labios mientras me incorporaba. Su celular vibró.
Y de ahí, todo comenzó a desmoronarse.
Una notificación tras otra. WhatsApp. Twitter. Instagram. Todo reventando al mismo tiempo.
"¿Es verdad que Kevin Álvarez duerme con su fisioterapeuta?"
"¡Mira estas fotos! ¿Profesionalismo? Cero."
"Lo de la lluvia era real. ¡Confirmado! Escándalo en Pachuca."
Abri el primer mensaje. Una imagen borrosa pero claramente comprometedora: Kevin saliendo de su habitación en la madrugada. Despeinado. Con la misma sudadera que llevaba anoche.
"Renata... dime que esto es un montaje." —mensaje de Jorge, mi jefe directo.
"Nos vemos a las 9:00 en el salón de juntas. No digas nada a nadie. Ni una palabra." —mensaje de la directiva médica del club.
Y finalmente, uno de Kevin.
"No abras Twitter. Yo lo arreglo."
Demasiado tarde.
El salón de juntas parecía un tribunal. Todos vestidos con seriedad, como si fueran jueces y no médicos o administrativos del club.
—Sabías perfectamente las condiciones del contrato, Renata —dijo uno de los directivos del equipo, sin mirarla directamente—. Relaciones con los jugadores están estrictamente prohibidas.
—No estoy en una relación con él —respondi con firmeza.
—Entonces ¿por qué Kevin Álvarez durmió en tu habitación anoche? ¿Por qué te cubría con su chamarra en una foto claramente íntima bajo la lluvia? ¿Por qué hay imágenes tuyas dándole té y acomodándolo en tu cama?
Apreté los labios.
—Porque estaba enfermo. Porque nadie más respondió. Y porque... —tragó saliva— ...porque me importó.
Uno de ellos suspiró, molesto.
—Esto no es personal, Renata. Es imagen. Es disciplina. Es contrato.
Kevin entró minutos después. No lo esperaban. No lo querían ahí. Pero llegó igual, sin miedo.
—Si van a sancionar a alguien, que sea a mí —dijo—. Yo fui quien rompió el protocolo. Fui yo quien fue a su habitación. Yo la busqué. Y sí, no voy a seguir mintiendo: la amo.
Lo mire. Por un segundo, todos los ruidos del mundo se callaron. Solo existían ellos.
—Kevin... —susurró ella, rota entre el orgullo y el dolor.
—Pueden sacarme del equipo si quieren. Pero ya lo hicieron una vez, obligándome a alejarme de ella. Y aún así, aquí estoy otra vez. Volviendo como idiota porque no puedo fingir que no siento nada.
Los directivos cruzaron miradas. Se mascaba la tensión en el aire.
—Esto es una bomba mediática —dijo uno de ellos—. Y el club no puede permitirse más escándalos. Decidan: uno de los dos se va.
Kevin apretó los puños. Yo cerré los ojos. El mismo dilema de siempre. El amor, o la carrera.
Pero esta vez, las reglas las iban a cambiar ellos.
—Entonces elijan ustedes —dijo Kevin, desafiante—. Pero háganlo sabiendo que, sea como sea, no voy a esconder lo que siento nunca más.