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Mientras Kevin guardaba reposo y se concentraba en su recuperación, un murmullo comenzó a recorrer los pasillos del club. Al principio eran solo comentarios sueltos, palabras lanzadas en voz baja entre quienes creían que nadie estaba escuchando, pero poco a poco comenzaron a tomar forma.
—¿Supieron lo que dicen sobre Kevin y Renata? —susurró un asistente en el gimnasio—. Parece que no todo está tan bien entre ellos.
—¿Otra vez? ¿No era que Renata lo había dejado? —respondió otro—. Dicen que están viendo a otras personas y que no se hablan desde hace semanas.
Renata escuchó los comentarios mientras organizaba las camillas en la sala de rehabilitación. Intentó concentrarse en su trabajo, fingir que aquellas palabras no tenían importancia, pero la duda comenzó a abrirse paso lentamente en su mente. Porque aunque quería confiar en Kevin, aunque después de todo lo que habían hablado había decidido darle una oportunidad a lo que estaban intentando reconstruir, esas inseguridades seguían ahí. Esperando el momento exacto para aparecer.
Un día, al salir del entrenamiento, su celular vibró con un mensaje anónimo.
"Cuidado con Kevin, no es tan sincero como parece. Lo vi con alguien más anoche."
El corazón de Renata se aceleró.
Durante unos segundos solo pudo quedarse mirando la pantalla, sintiendo cómo una mezcla de miedo y decepción comenzaba a apoderarse de ella. ¿Sería verdad? ¿O solo era alguien intentando destruir lo poco que estaban logrando recuperar?
Por su parte, Kevin también comenzó a sentir la presión. Las miradas cargadas de juicio, los comentarios a medias y esos silencios extraños que aparecían cuando él entraba a una habitación. Sabía que un rumor podía ser suficiente para destruir todo aquello por lo que habían luchado. Pero también sabía que no podía esconderse.
Tenía que enfrentarlo. Y demostrar, una vez más, que el amor verdadero no se construía con promesas vacías, sino con paciencia y verdad.
•••
Renata no pudo seguir ignorándolo. Ya no era solo la sospecha ni el dolor silencioso que llevaba guardando. Era la necesidad de obtener respuestas, de dejar de imaginar escenarios y enfrentarse a aquello que no la dejaba tranquila.
Lo encontró en la sala de rehabilitación, sentado con la mirada perdida en algún punto del vacío.
—Kevin —su voz temblaba, aunque intentaba mantenerse firme—. Necesitamos hablar.
Él levantó la mirada hacia ella, como si hubiera estado esperando ese momento.
—¿Sobre qué?
Renata tomó aire, buscando la forma correcta de decirlo.
—Los rumores. Lo que dicen... que no eres sincero, que te estás viendo con alguien más, que no te importa lo que dijimos.
Kevin se levantó lentamente y se acercó a ella.
—Renata, nunca he querido lastimarte. Nunca he estado con nadie más. No mientras no resolvamos esto.
Ella sostuvo su mirada, aunque el dolor seguía presente.
—Entonces, ¿por qué no me dijiste nada? ¿Por qué dejaste que esos rumores crecieran?
Kevin bajó un poco la mirada antes de responder.
—Porque tenía miedo. Miedo de que me juzgaras antes de escucharme.
Renata sintió cómo el dolor comenzaba a mezclarse con una pequeña esperanza. Una parte de ella quería creerle, quería confiar otra vez, aunque todavía tuviera miedo de hacerlo.
—Necesito que confíes en mí. Que me digas la verdad, sin miedo ni secretos.
Kevin tomó sus manos entre las suyas.
—Te lo prometo. Nada más importa si no es contigo y solo contigo.
Renata lo miró a los ojos, buscando en ellos esa sinceridad que tanto había extrañado.
—Entonces, empecemos de nuevo. Pero esta vez, con la verdad como base.
Él asintió y la abrazó. Un abrazo cálido, de esos que parecían capaces de borrar por un instante todas las dudas que habían cargado durante tanto tiempo.
•••
*Días después*
El reloj marcaba las once de la noche cuando Renata bajó por la entrada trasera del club con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que alguien más podría escucharlo. Kevin la esperaba en su coche, estacionado discretamente detrás de las canchas de entrenamiento. La luz tenue del tablero apenas iluminaba su perfil mientras él la veía acercarse.
Ella abrió la puerta y subió sin decir una palabra. Por unos segundos solo se miraron.
—¿Estás segura? —preguntó él en voz baja.
—No —respondió ella—. Pero quiero estarlo.
Y entonces, como si el silencio entre ellos fuera suficiente permiso, se acercaron. El beso fue lento, contenido, cargado de una ansiedad que solo aparece cuando algo se ha esperado durante demasiado tiempo. No era un beso nuevo. Era uno que ambos se habían quedado debiendo desde hacía meses.
—No deberíamos estar haciendo esto —murmuró Renata, apoyando su frente contra la de él.
—Lo sé —respondió Kevin, sin soltar su mano—. Pero tampoco podía seguir sin tenerte cerca.
Desde ese día comenzaron a verse así. A escondidas. A veces en su coche. A veces en el cuarto de fisioterapia cuando todos ya se habían ido. Unos minutos. Una conversación. Un roce de manos. Un beso. Un suspiro compartido.
No hablaban de lo que eran. Tampoco de lo que serían. Solo de aquello que ninguno de los dos podía dejar de sentir. Y aunque todo en ellos les decía que lo correcto era mantenerse alejados, la verdad era que hacía tiempo habían dejado de querer hacer lo correcto. Pero el mundo no permanece ciego por mucho tiempo.
Y cuando alguien los viera...Ya no habría vuelta atrás.