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Renata
La noche caía lenta, envolviendo todo en ese tono azul profundo que me recuerda a calma. Kevin me había dicho que me llevaría a un lugar "que hablaba de nosotros". No entendí hasta que llegamos.
Era un mirador en las afueras de la ciudad. Con luces tenues colgadas entre los árboles, una mesa para dos con vista a toda la ciudad encendida, y el sonido del viento acariciando todo.
Cuando llegamos al mirador, entendí todo. No era lujo. No era un lugar famoso. Era un lugar con historia.
Nuestra historia.
Ese rincón elevado donde meses atrás, sin decirlo, Kevin y yo nos empezábamos a amar con los ojos, con los silencios, con los "no podemos" que pesaban tanto.
Esta vez, en cambio, el cielo estaba claro, la brisa era suave... y Kevin me miraba con los ojos limpios. Sin miedo. Sin máscaras.
Durante la cena no habló demasiado. Me reía, le decía cosas, él respondía con gestos pequeños, miradas largas. Pero sabía que algo venía.
Y entonces se levantó.
Fue al coche. Volvió con una caja. Mi corazón dio un salto tonto, pero la abrió y no era un anillo.
Era un papel. Doblado en cuatro.
Pero antes de abrirlo, me miró como si estuviera a punto de entregarme algo mucho más grande que una carta.
—Renata —dijo, con la voz firme pero vulnerable—, antes de leerte esto, necesito decirte algo que tal vez debí decir hace mucho.
Me quedé en silencio.
—Tú llegaste a mi vida en un momento en el que no me conocía, en el que todo lo que hacía era sobrevivir a las expectativas, a los contratos, a mi entorno. Y aún así, tú... tú me viste. No como el jugador, sino como el hombre. Y no sé cómo lo hiciste, pero me hiciste querer ser mejor, no para la gente... para mí. Para merecerte.
Se me nublaron los ojos. Pero no dije nada. Él siguió, más suave:
—Sé que ya hemos pasado por todo. Que lo nuestro ha sido prueba tras prueba. Pero cada vez que superamos una, me di cuenta que te amo más. Y que quiero caminar contigo sin excusas. Sin etiquetas a medias. Sin casi nada. Te mereces algo claro. Completo.
Desdobló el papel, sus manos un poco temblorosas.
—"¿Quieres ser mi novia?" Sé que ya lo eres —dijo con una risa apenas audible—, pero también sé que nunca te lo pedí como se pide algo sagrado. Y tú para mí... lo eres.
Yo lo miraba. Parpadeando. Sosteniendo las lágrimas con las manos.
—Entonces, Renata... —dijo, dando un paso hacia mí—¿Quieres ser oficialmente mi novia? ¿Mi pareja, mi compañera, mi hogar?
Sentí que el pecho se me abría como si me hubiera guardado este momento desde siempre.
Me levanté. Lo miré a los ojos. Le tomé las manos.
—Sí, Kevin. Quiero. Con todo lo que eso implica. Con tus días buenos, tus días malos, y los nuestros... quiero estar ahí.
Y él me besó. No por impulso. Sino con todo el peso de lo que acababa de decir. Con devoción. Como si estuviera cerrando un pacto con el alma.
Y yo entendí, sin duda, que ese "¿quieres ser mi novia?" era más que una pregunta...
Era el comienzo real de nuestro para siempre.
•••
—Muy bien, Mateo. ¡Esa pierna va muchísimo mejor! —le dije al pequeño de cinco años que, con esfuerzo y orgullo, movía la pierna izquierda sobre la colchoneta.
Mateo me sonrió con todos los dientes chuecos de leche y me dijo en voz bajita:
—Cuando ya camine sin ayuda, quiero jugar fútbol como Kevin Álvarez.
Sonreí.
—Entonces vas a tener que practicar muchísimo. Porque Kevin entrena todos los días.
—¿Tú lo conoces?
—Un poquito —respondí, guiñándole un ojo.
El sonido del timbre de la entrada me distrajo un momento, pero no presté mucha atención. Estábamos por terminar la sesión, y Mateo merecía toda mi concentración.
Diez minutos después, la mamá de Mateo lo ayudaba a ponerse su chamarrita mientras él me decía adiós con la mano.
—¡Voy a practicar más que Kevin! —gritó, saliendo por la puerta.
Y entonces lo vi. Ahí, sobre la silla del recibidor, esperándome como si fuera lo más normal del mundo...
Un ramo de flores. Gigante. Con gerberas y tulipanes , que sabía que él recordaba que eran mis favoritas.
Miré al chico de recepción, confundida.
—¿Y esto?
—Lo trajo él —me dijo señalando discretamente hacia mi oficina—. Dijo que no quería interrumpir y que te espera ahí.
Entré. Y ahí estaba.
Kevin. Sentado en mi silla, girando un poquito, con una sonrisa traviesa y un café en la mano.
—¿Qué haces aquí?
—Te traje flores.
—¿Por?
—Porque sí. Porque me dieron ganas de verte mientras entrenaba.
Me acerqué y lo abracé por detrás, dejando mi cara sobre su cuello.
—No sabes lo que esto significa para mí.
—Sí lo sé —respondió, bajando la voz— Me giró suavemente hasta tenerme frente a él. —¿Y sabes qué más?
—¿Qué?
—Verte trabajar con los niños es lo más sexy que hay. —Me guiñó un ojo.
—Kevin...
—¿Sí?
—Si sigues así... te vas a quedar a dormir en mi oficina.
—¿Eso es una amenaza o una promesa?
Ambos reímos.
Y me dejé caer en sus brazos, justo ahí, en mi espacio de trabajo, en medio de la vida que amo y con el hombre que se toma el tiempo de recordarme que soy su flor favorita.