32.- Liars II

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Los reflectores lo seguían a cada paso

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Los reflectores lo seguían a cada paso.

Kevin entró al auditorio de prensa del Club América con el nuevo jersey perfectamente puesto, el peinado impecable y esa sonrisa entrenada que parecía salirle de memoria para este tipo de eventos. Por fuera todo lucía perfecto, exactamente como debía verse un nuevo fichaje frente a las cámaras. Pero por dentro... nada estaba cerca de sentirse así.

La bienvenida oficial. Los flashes. Las preguntas repetidas una tras otra.

—¿Qué expectativas tienes con el equipo?

—¿Cómo te sientes en esta nueva etapa?

—¿Qué opinas de la afición americanista?

Kevin respondió con soltura, manteniendo la calma y hablando como si en su cabeza solo existiera el fútbol. Como si su corazón no se hubiera apretado en cuanto unas horas antes descubrió que Renata trabajaba ahí.

Entonces, una reportera levantó la mano. Su voz era dulce, precisa, pero tenía esa forma de preguntar que podía atravesar cualquier respuesta preparada.

—Kevin... sabemos que parte del cuerpo médico del América incluye a Renata Mayer, quien fue tu fisioterapeuta en Pachuca. Se especuló mucho sobre su salida de ese club tras un escándalo. ¿Te incomoda volver a compartir institución con ella?

El silencio que quedó después fue breve, pero pesado. Kevin parpadeó. Sus labios se apretaron durante un segundo y la sonrisa que había sostenido frente a todos comenzó a desaparecer.

—Renata es una gran profesional. Si volvemos a coincidir, solo tengo respeto por su trabajo —respondió sin dudar, aunque su mirada permaneció fija en un punto del suelo.

La conferencia continuó, pero la tensión ya estaba ahí, instalada entre todos.

•••

Horas después, Kevin recorría los pasillos del club junto al grupo de nuevos fichajes. Les mostraban el gimnasio, los consultorios y las oficinas mientras saludaban a todos y sonreían para las cámaras internas.

Y entonces la vio.

Renata.

Tenía el cabello recogido, el uniforme del club puesto y una carpeta entre las manos mientras hablaba en voz baja con otros médicos. Se veía organizada, segura, firme.

Hermosa.

Sus ojos fueron hacia ella casi por instinto, como si una parte de él todavía esperara que ella también lo buscara. Que hubiera alguna reacción. Una mirada. Algo que le demostrara que verlo también le había movido algo.

Pero no pasó. Renata lo ignoró.

Ni una expresión. Ni una palabra. Ni siquiera un gesto de incomodidad.

Simplemente pasó a su lado con pasos firmes y la barbilla en alto, como si no lo conociera. Como si no hubieran compartido una historia que todavía seguía ardiéndole en la piel. Kevin se quedó quieto, con un nudo formándose en su garganta y el eco de todo lo que fueron golpeándolo de nuevo. Y en ese instante entendió que ya no tenía el control.

Renata ya no era la chica que lo esperaba en la habitación con una taza de té y los ojos rojos. Renata ya no era su refugio. Ahora era su espejo. El que le recordaría todos los días... aquello que dejó escapar.

•••

Kevin caminó por el pasillo que llevaba al vestidor, pero cada paso se sentía más pesado que el anterior. La imagen de Renata cruzando frente a él como si no existiera no dejaba de repetirse en su cabeza. Su indiferencia había dolido más que cualquier golpe recibido dentro de la cancha.

Se apoyó contra la pared y cerró los ojos por un momento, intentando controlar esa presión en la garganta que cada vez se hacía más difícil de ignorar. La rabia y el dolor se mezclaban en algo amargo que no sabía cómo manejar.

"¿Por qué lo hace?" se preguntó.

"¿Por qué está tan fría después de todo?"

Su mente volvió a aquella última conversación, al beso lleno de arrepentimiento y promesas rotas. A esa despedida que le había arrancado partes de sí mismo. Y aun así, ahora ella estaba ahí, tan cerca y al mismo tiempo más lejos que nunca.

Intentó enviarle un mensaje. Solo para escribir un simple "Hola". Pero borró las palabras antes de siquiera enviarlo. En el fondo sabía que ella no iba a responder.

No podía obligarla. No podía apresurar el tiempo.

Pero también sabía que, de alguna forma, tenía que encontrar una manera de sanar todo aquello que se había roto entre ellos. Porque el fútbol era su pasión, su vida... pero Renata era su tormenta perfecta. El partido más difícil que había tenido que enfrentar. Con una última mirada hacia la puerta por donde ella había desaparecido, Kevin se enderezó y volvió a caminar con firmeza.

Sabía que esa batalla apenas comenzaba.

Liars - Kevin Alvarez Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora