36.- Liars II

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Renata

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Renata. No tenía que estar ahí. Solo había bajado a dejar unas carpetas firmadas en el área de fisioterapia, pensando que todos ya estarían en el autobús rumbo al hotel. El entrenamiento había terminado hacía más de media hora y, en teoría, no debía encontrar a nadie ahí. Empujé la puerta con la cadera, como siempre. La carpeta descansaba entre mis manos, los audífonos seguían puestos y mi mente estaba en cualquier lugar menos en ese momento.

Hasta que lo vi. Kevin. Estaba sentado en la camilla, con el rostro entre las manos. Solo. Tan solo como me había sentido yo desde que todo esto comenzó. Me quedé quieta. Él levantó la cabeza al escuchar la puerta y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

No había cámaras. No había prensa. No había compañeros del equipo, médicos ni ruido alrededor. Solo nosotros. Y ese silencio que llevábamos arrastrando desde hacía tanto tiempo.

—No sabía que estabas aquí —dije al fin, sin moverme.

Kevin se puso de pie lentamente. Su mirada tenía cansancio, dudas... y algo más que no fui capaz de identificar.

—Yo tampoco sabía que vendrías. Quería un segundo solo. No... no estaba buscándote. Te lo juro.

Asentí, aunque ni siquiera sabía por qué. Y sin pensarlo demasiado, avancé unos pasos. Terminamos frente a frente, a menos de un metro de distancia. La tensión entre nosotros era tan evidente que casi podía tocarse. Me costaba respirar, como si todo lo que habíamos callado durante meses estuviera finalmente ocupando el espacio entre los dos.

—Vi lo que dijiste en la entrevista —susurré.

Él me miró con una mezcla extraña de alivio y dolor.

—Y yo vi que no abriste mi mensaje.

—No sabía si quería abrirlo. No sabía si estaba lista para leerte... y sentir todo otra vez.

Kevin tragó saliva. Sus ojos permanecieron fijos en los míos.

—Yo tampoco estoy listo. Pero igual lo siento. Todo. Te juro que no quise exponerte. Solo... me salió. No sé fingir cuando se trata de ti.

Mi respiración se volvió más pesada. Sentí cómo esas barreras que había construido con tanto esfuerzo empezaban a tambalearse.

—No sé si podamos volver a ser nosotros —admití con sinceridad—. Pero duele fingir que nunca fuimos.

El silencio que quedó después fue diferente. No era incómodo. Era de esos silencios que dicen todo aquello que las palabras no alcanzan. Kevin dio un paso más cerca.

—No vine a pedirte que volvamos. Vine a decirte que, si te duele, a mí también. Y que, aunque nunca volvamos a ser... te sigo eligiendo, Renata. Aún en silencio. Aún en secreto. Aún desde lejos.

Y fue ahí, justo en ese instante, cuando sentí que algo dentro de mí se rompía un poco más. Porque aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, los dos sabíamos que ese encuentro no había sido casualidad. Era como si el destino finalmente nos estuviera obligando a dejar de huir.

•••

Kevin Alvarez.

La tenía frente a mí. Otra vez. Después de todo. Después del silencio, del ruido, de los rumores y de todas esas noches en las que no recibí una respuesta. Y cuando me dijo que a ella también le dolía, sentí que algo dentro de mí se quebraba. O tal vez comenzaba a repararse.

No lo sabía. Solo sabía que ya no podía seguir conteniéndome. Solo la acerqué a mí y la besé. Cuando nuestros labios se encontraron, entendí que ya no había vuelta atrás. No era solo un beso. Era todo lo que habíamos guardado durante meses: la distancia, el orgullo, la tristeza, las ganas de volver a encontrarnos. Todo aquello que nunca dijimos terminó apareciendo en ese instante. La abracé con fuerza, intentando recordar cómo se sentía tenerla cerca otra vez. Su presencia, su forma de responderme, la manera en que por un momento parecía que todo volvía a estar en su lugar.

Pero entonces se detuvo. Su expresión cambió y la sentí alejarse apenas.

—Kev... —susurró, con la voz rota—. Espera.

Abrí los ojos y la miré. Seguía respirando agitada. Sus manos permanecían sobre mí, pero sus ojos buscaban algo más profundo que ese momento.

—Esto... —dijo, cerrando los ojos por un segundo—. Esto no es la forma. No así. No aquí. No ahora.

Me quedé inmóvil. El corazón me golpeaba con fuerza, pero no dije nada.

—Te deseo —admitió, bajando la mirada—. Dios... te deseo tanto que me asusta. Pero no quiero que pase así. No quiero que esto sea solo un escape. Quiero que cuando estemos juntos... lo hagamos desde la paz, no desde el caos.

Me quedé en silencio. Dentro de mí había mil cosas queriendo salir. Quería decirle que la necesitaba, que la amaba, que no importaba nada más. Pero verla así, tan vulnerable y honesta, hizo que entendiera.

La abracé. Solo eso. Sin insistir. Sin presionarla. Sin intentar cambiar lo que sentía.

—Está bien —le susurré—. No me voy a ir. Solo dime cuándo... y cómo. Pero esta vez, no pienso soltarte.

Ella escondió el rostro en mi cuello y nos quedamos así.

Liars - Kevin Alvarez Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora