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Renata.
Kevin seguía sentado en mi silla, girándola con lentitud mientras yo me acomodaba en su regazo, como si ese lugar siempre hubiera sido mío. Tenía las flores a un lado, mis manos en su cuello y su mirada anclada en la mía, intensa, pero suave.
—Estás preciosa hoy, ¿te lo dije?
—Lo dijiste con flores. Y con café.
—¿Y eso no cuenta como decirlo?
—Mmm... parcialmente —le respondí, acercándome a su boca sin besarla del todo—. A veces también se tiene que demostrar.
Sus ojos se oscurecieron un poco. Ya no con ternura. Sino con ese brillo que solo aparece cuando deja de ser Kevin el futbolista...
...y se convierte en Kevin, mi hombre.
—¿Qué estás sugiriendo, doctora Mayer?
—Que no tengo pacientes hasta dentro de una hora —susurré—. Y que podríamos usar ese tiempo para "revisar tensiones musculares acumuladas".
—¿En mi espalda... o en tu cuello?
—Tú dime —le dije con una sonrisa traviesa mientras deslizaba mis dedos por su camiseta—. Pero vas a tener que quitarte esto. Estás demasiado abrigado para un lugar tan caluroso.
Se rió. Esa risa profunda, ronca, que me enciende desde adentro.
—¿Estás seduciéndome en tu propio consultorio?
—¿Y tú qué crees que estaba haciendo cuando entraste?
Kevin me cargó sin esfuerzo y me dejó sobre el diván de terapia, ese que tantas veces había usado para rehabilitar músculos... y ahora sentía cómo encendía los míos por completo.
Se inclinó sobre mí, deteniéndose justo antes de besarme.
—¿Estás segura?
—Llevas semanas provocándome, Álvarez. Te juro que si no me besas ahora...
No me dejó terminar. Me besó como solo él sabe: con hambre, con ternura, con las manos firmes en mis caderas y sus labios diciendo todo lo que las palabras no logran.
Nos reímos entre besos. Nos acariciamos entre bromas.
En ese momento escuchamos la puerta del consultorio abrirse suavemente, pero al asomarnos vimos que el chico de recepción había salido a comer, dejándonos la oficina solo para nosotros.
—Parece que la suerte está de nuestro lado —susurró Kevin con una sonrisa pícara.
—Demasiado —contesté, acercándome más.
—Te apuesto que nunca habías sudado tanto en una consulta sin mover un músculo —le dije entre risas cuando sentí cómo su respiración se agitaba sobre mi cuello.
—Te juro que tú eres más efectiva que cualquier sesión de entrenamiento —contestó bajito, sus dedos deslizándose por mi cintura.
No hicimos el amor ahí. No del todo.
Pero dejamos claro que la química que tenemos no necesita permiso. Ni lugar. Ni siquiera tiempo.
Cuando por fin me recosté sobre su pecho, ambos respirando más lentos, sonreí como quien guarda un secreto.
—¿Crees que el diván aguante otra ronda?
—Yo lo que creo —dijo él, besándome la frente— es que tú y yo... no tenemos remedio.
Y en ese silencio cargado de deseo, risa y amor,
entendí que no había mejor lugar que sus brazos... entre las flores que él trajo y el fuego que nosotros encendimos.