47.- Liars II

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Renata

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Renata.

El restaurante era elegante, íntimo. Velas tenues, música instrumental de fondo y copas de cristal que tintineaban suave cuando brindábamos.

Mis papás estaban encantados. Kevin sabía ganarse a la gente, pero con ellos parecía especialmente concentrado en mostrar quién era de verdad: el Kevin relajado, amable, atento... y completamente enamorado.

Mi papá hablaba sobre el proyecto del consultorio. Mi mamá reía recordando cuando yo curaba peluches de niña con vendas de papel higiénico.
Todo iba bien.

Y entonces, como si lo hubieran ensayado, llegó esa pregunta:

—¿Y tú, Kevin? —dijo mi papá mientras giraba la copa entre los dedos—, ¿dónde ves a Renata en unos años?

Kevin me miró. No con duda. Sino con esa mirada suya que pesa, que dice cosas antes de hablar.

—La veo conmigo —dijo con firmeza, sin una sola vacilación—. Donde sea, mientras sea a su lado.

Yo sonreí sin poder evitarlo. Y mi mamá, claro, aprovechó el momento:

—¡Bueno! Ya solo falta el anillo, entonces.

Silencio. Pero del bueno. De esos que no incomodan, sino que hacen eco.

Kevin se acomodó mejor en la silla, apoyó ambos codos en la mesa con naturalidad y dijo:

—Lo he pensado, la verdad. No lo digo mucho, pero... cuando estás con alguien que te hace sentir en casa, el siguiente paso se vuelve una idea que ilusiona. Y Renata es eso para mí: casa. Y también futuro.

Mi corazón latía como si alguien lo hubiese sacado a bailar en pleno restaurante. Mi mamá soltó una sonrisa emocionada, y mi papá asintió con una seriedad que solo usaba cuando alguien lo impresionaba de verdad.

—Aún no tenemos fecha, ni nada definido —agregó Kevin mientras me tomaba la mano suavemente bajo la mesa—, pero lo hablamos. Lo imaginamos.
Y eso ya es el principio de todo.

Yo no podía hablar. Porque si hablaba... lloraba.

Así que solo lo miré. Y lo supe. Ya no era solo mi pareja. Era mi proyecto de vida.

Después volvimos a los brindis, a los postres, a los recuerdos de infancia.

Pero en el fondo de mi mente, no dejaba de sonar una frase:

"Cuando estás con alguien que te hace sentir en casa... el siguiente paso se vuelve una idea que ilusiona."

Y sí. Me ilusiona. Nos ilusiona.

Y por primera vez, sentí que ya no había que detener el tiempo... Solo dejarlo fluir hacia donde los dos estábamos caminando.

•••

La cena había terminado hacía una hora. Mis papás se despidieron con sonrisas, mi mamá me apretó la mano con emoción contenida y mi papá le dio una palmada en el hombro a Kevin como si ya lo considerara parte de algo mucho más grande que una relación casual.

Y ahora estábamos en su departamento. Descalzos.
En silencio. Con una copa de vino cada uno y la cocina iluminada solo por la luz tenue bajo los gabinetes.

Kevin estaba de espaldas, preparando algo de cenar aunque ninguno tenía hambre. Solo ganas de seguir juntos.

—¿Sabes? —dijo sin voltearse— Pensé que me iba a incomodar el comentario del anillo... pero no.

Me recargué en el marco de la cocina y lo observé.
—¿Y por qué crees que no te incomodó?

—Porque no me asusta. Porque contigo... no tengo que imaginar qué pasaría si me comprometiera.
Ya estoy comprometido. Solo que sin el anillo todavía.

Sentí un nudo en la garganta.

Se giró. Se acercó. Me abrazó por la cintura con la tranquilidad de quien ya no está peleando contra lo que siente.

—Y tampoco quiero que creas que lo dije por presión. Lo dije porque lo siento. Porque a veces me imagino despertando contigo todos los días. Viéndote en pijama y diciéndome que no toque el café hasta que lo pruebes tú primero. Cosas así.

Solté una risa suave, escondida en su pecho.

—¿Y tú sabes cuántas veces he imaginado a un Kevin viejo, en bata, quejándose de dolores musculares y yo dándote terapia?

—Entonces estamos jodidamente sincronizados —murmuró contra mi cabello—. Eso es bueno.

Nos quedamos así. Bailando en silencio en medio de la cocina, sin música, sin necesidad de más palabras.

—¿Tú también lo ves? —pregunté sin levantar la cabeza.

—¿El futuro?

—Sí.

—Desde que me sonreíste la primera vez en la clínica, lo empecé a ver. Solo que no sabía que era contigo. Ahora lo sé.

Acaricié su espalda con lentitud. Lo abracé más fuerte. Y pensé que sí...

Que el amor no siempre llega con promesas. A veces llega con certezas. Con cenas, con silencios cómodos, con complicidad, con vino barato y luces cálidas de cocina.

A veces, amar se siente así: como llegar a casa sin tener que buscarla.

Liars - Kevin Alvarez Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora