37.- Liars II

474 26 0
                                        

Renata Mayer

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Renata Mayer.

Aquel beso no se me había ido del cuerpo. Ni sus manos. Ni su voz diciéndome que no pensaba soltarme. No dormí bien esa noche. Ni la siguiente. Y no fue por el deseo. Fue por la esperanza. Porque eso fue lo que me asustó de verdad: que después de todo, todavía podía imaginarme con él. Y esa posibilidad dolía más que cualquier despedida.

Pero no lo alejé. En los días siguientes, Kevin fue distinto. No insistente, no invasivo. Solo presente. Constante de una forma silenciosa que no necesitaba explicaciones.

Un mensaje por la mañana. Una mirada que me buscaba después del entrenamiento. Pequeños gestos que decían sin decir: sigo aquí. Y yo le respondía. Un mensaje corto. Una sonrisa fugaz. Un "¿ya te pusiste hielo?". Algo mínimo, pero suficiente para no cerrarle la puerta del todo. Poco a poco, lo dejé acercarse otra vez. No como antes. No igual. Pero distinto. Más cuidadoso. Más real.

Por primera vez, sentí algo parecido a la calma. Como si la tormenta por fin hubiera bajado. Hasta que llegó el golpe que no vi venir. Estaba en el vestidor médico, organizando material, cuando una de las asistentes se acercó con un sobre.

—Esto es para ti. Lo dejó alguien del área directiva. Dijeron que era urgente.

Lo tomé sin pensar demasiado. Una carta oficial. Sellada. Fría.

"El club ha recibido información delicada sobre la posible conducta inapropiada entre un jugador del primer equipo y personal médico. Por políticas internas y para proteger la integridad del equipo, solicitamos su disponibilidad para una reunión urgente con la dirección deportiva."

El mundo se me cayó encima en silencio. El nudo en el estómago llegó de inmediato. Las manos frías. El pulso golpeándome en los oídos.

No decía su nombre. No decía el mío. Pero no hacía falta. Alguien los había visto. Alguien había hablado.

—Renata —escuché la voz de Kevin detrás de mí justo cuando terminé de leer.

Levanté la mirada con el sobre todavía en la mano. Su expresión cambió en cuanto vio la mía.

—¿Qué pasó?

Quise decirle que no era nada. Que solo era un trámite absurdo. Que no importaba. Pero las palabras no salieron. Di un paso atrás.

—No quiero arrastrarte a esto, Kev —dije en voz baja—. No sé qué va a pasar.

Él se acercó despacio, sin invadirme, con esa mirada suya que siempre parecía sostenerme incluso cuando yo no podía.

—No estás sola en esto —me dijo—. Lo enfrentaremos juntos.

Y aunque sus palabras me calmaban por dentro, el miedo seguía creciendo. Porque ahora no era solo nosotros. Era el club. Las reglas. El poder. Los rumores. Todo un sistema que parecía no querer que existiéramos.

—No sé si podamos ganarle a esto —admití—. No sin rompernos.

Kevin tomó mi mano con fuerza.

—Entonces pelearemos. Sin importar lo que cueste.

Por primera vez, quise creerle. Quise de verdad. Pero el reloj no se detiene para nadie. La reunión nos esperaba. Y con ella, una verdad que no sabía si estaba lista para enfrentar.

•••

La puerta del despacho se cerró con un clic seco que me atravesó el cuerpo. Adentro, todo era frío. Demasiado formal. Demasiado grande. Un escritorio al frente y, del otro lado, tres miradas serias: la directora deportiva, el jefe de recursos humanos y un abogado del club. Me senté derecha, intentando que el miedo no me delatara antes de tiempo.

—Gracias por venir, Renata —empezó la directora, con una voz firme pero controlada—. Estamos aquí para hablar de una situación que ha generado preocupación dentro de la institución.

Exhalé despacio. Ya sabía a qué venía todo esto.

—Hemos recibido denuncias sobre una posible relación entre usted y uno de los jugadores del primer equipo —dijo el abogado sin rodeos—. Esto, como sabe, va en contra del reglamento del club.

Sentí que el aire se me quedaba a la mitad del pecho.

—Entiendo —respondí, sosteniendo la voz lo mejor que pude—. Soy consciente de las normas.

—El problema es que, si esto continúa, puede poner en riesgo tanto la integridad del equipo como su propio puesto aquí —añadió el jefe de recursos humanos.

Los miré uno por uno.

—Quiero ser clara —dije entonces, un poco más firme—. No voy a negar lo que siento por Kevin. Pero tampoco voy a permitir que esto afecte mi trabajo ni al equipo. Estoy dispuesta a hacer lo necesario para mantener la profesionalidad y evitar cualquier problema.

El silencio que siguió fue pesado, denso. La directora asintió lentamente.

—Valoramos su honestidad y su compromiso, Renata. Sin embargo, le pedimos que, por ahora, limite el contacto con el jugador fuera de las sesiones de rehabilitación y fisioterapia. Cualquier incumplimiento será motivo de sanción.

Tragué saliva.

—Entiendo y acepto las condiciones.

Salí del despacho con el corazón golpeándome el pecho. Esto apenas comenzaba. Y lo sabía. Al salir, vi a Kevin esperándome en el pasillo. Sus ojos se encontraron con los míos de inmediato, llenos de preocupación y una calma que intentaba darme fuerza.

Liars - Kevin Alvarez Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora