Una fría mañana de invierno, un joven recepcionista se encuentra con un famoso empresario que busca el "Hotel Freedom Wings" (su lugar de trabajo) pero no imaginó que a partir de ese día, su vida daría un giro inesperado.
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El cielo estaba oscuro. Las nubes amenazaban con desatar la lluvia en cualquier momento sobre la ciudad.
Levi, Erwin, Hange y Mike eran los únicos que quedaban en aquel lugar, acompañando un poco más a Levi, que no dejaba de sollozar.
—Debería ir a descansar, señor Ackerman —dijo Erwin con voz serena—. Han sido horas extenuantes para usted. Lo llamaré en unos días para reunirnos con Mike; tenemos una copia del testamento de su madre y queremos revisar que todo esté en orden antes de dar lectura a las últimas peticiones que dejó Kuchel Ackerman.
Pero Levi no escuchaba. La pena lo consumía. Se arrodilló ante el bulto de tierra y flores, sacó de su bolsillo una fotografía de su madre y la colocó en un hueco entre las flores, de modo que quedara visible.
—Averiguaré quién te hizo esto, mamá... te lo prometo.
Hange y Mike miraron a Erwin, y este les devolvió la mirada con un leve gesto que decía: se lo recordaré.
—Puede irse si quiere —dijo Levi sin mirarlo—. Yo me quedaré un poco más...
A Erwin le hubiese gustado acompañarlo, no solo por él, sino por la amistad que había compartido con Kuchel durante tantos años.
Finalmente, tras un buen rato bajo la lluvia que comenzaba a caer, Levi regresó a su departamento.
Iba con la mirada perdida, sin prestar atención al camino. Solo volvió en sí cuando sintió un crujido bajo su pie izquierdo.
Se inclinó para ver qué era lo que había pisado con tanta fuerza como para quebrarse, y se encontró con un celular, apenas trizado en una esquina de la pantalla. Lo levantó y miró a su alrededor, pensando que quizá se le había caído a alguno de los asistentes al funeral.
Lo guardó en su bolsillo; más tarde intentaría encontrar a su dueño. Por ahora solo sentía un fuerte dolor de cabeza y un agotamiento indescriptible. Había sido una semana demasiado intensa.
Al llegar a su apartamento, dejó caer el saco en el suelo y, como un zombi, caminó hasta su cuarto. Se desplomó sobre la cama y lloró, lloró hasta que de sus ojos ya no brotó lágrima alguna.
Se había quedado dormido después de tanto llorar, pero el sonido lejano de un teléfono celular lo despertó. Se sentó en el borde de la cama y, tras despabilarse, se levantó y fue hasta la sala en busca de su saco, que aún seguía tirado en el piso. De allí provenía el timbre insistente.
Cuando lo tomó para contestar, la llamada ya había terminado. En la pantalla parpadeaba una notificación: un mensaje entrante. Deslizó el dedo y el móvil se desbloqueó.
Debajo del recuadro con la frase "mensaje nuevo", el fondo de pantalla mostraba una fotografía: María junto a un hombre desconocido. —¿Qué...? —murmuró, desconcertado.