La luz del amanecer se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo, iluminando motas de polvo que danzaban como espectros en el aire quieto. Regina no había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, revivía la escena: la mirada vacía de David después de que su beso lo despertara, la forma en que él, Snow y Emma formaron instantáneamente un círculo familiar del que ella estaba brutalmente excluida. La mano de Emma llevándose a Henry, su Henry, sin siquiera mirar atrás.
Se sentó en la cama, la espalda dolorida por la tensión y el peso de su vientre. Un bulto redondo y firme que, hasta hacía apenas un día, había sido su único consuelo, la prueba tangible de un amor que creía posible. Ahora, incluso ese consuelo se sentía mancillado.
Durante horas tras absorber el hechizo del portal, no había sentido nada. Un vacío aterrador que la había llevado al borde de la locura. El miedo a que su magia, el poder oscuro que fluía en sus venas, hubiera dañado a su hija era una sombra que se enroscaba alrededor de su corazón.
Un golpecito suave, una patadita que era a la vez un reproche y una bendición. Alivio y una nueva ola de dolor la habían inundado. Su hija estaba viva, pero el mundo al que llegaría era despiadado.
Un golpe firme en la puerta principal de la mansión resonó en la quietud lúgubre de la casa. Regina se puso rígida. Sabía quién era. Solo una persona golpeaba con esa mezcla de determinación y culpa.
Los pasos de Cora cruzaron el vestíbulo. No necesitaba escuchar la conversación para saber lo que su madre diría: desprecio, advertencias, un "Te lo dije" apenas velado.
Minutos después, unos pasos más pesados subieron la escalera y se acercaron a su puerta. No golpearon de inmediato. Ella podía sentir su presencia al otro lado de la madera, una energía inquieta y culpable que se filtraba por las rendijas.
— Regina — La voz de David era áspera, cargada de una noche de insomnio propio — Sé que estás ahí. Abre la puerta.
Ella no respondió. Se limitó a apretar las manos sobre su vientre, como si pudiera proteger a la bebé de la tormenta que su padre representaba.
— Por favor — Insistió él, y esta vez había una grieta de genuina angustia en su tono — No voy a irme. Necesito saber… necesito saber que estás bien. Que… que la bebé está bien.
Un fuego amargo le recorrió las venas. ¿Ahora se preocupaba? ¿Después de dejarla sola, rodeada por los restos de la familia que él siempre había querido y que a ella le había sido arrebatada?
— ¿Por qué te importa? — Logró decir, su voz fría como el mármol de su chimenea — Ya tienes a tu familia de vuelta. Tienes a tu preciosa Snow, a tu hija la Salvadora. Tienes a Henry. ¿Qué importa una reina malvada y su hija no deseada?
— ¡No digas eso! — Golpeó la puerta con la palma de la mano, haciendo que la madera temblara — Nunca fue no deseada. Y tú… — Hizo una pausa, y Regina podía imaginarse pasándose una mano por el cabello, frustrado — Lo siento. Lo siento por ayer. Estaba confundido. Desorientado.
— ¿Confundido? — Ella se rió, un sonido seco y carente de humor — Me ignoraste, David. Me miraste como si fuera una extraña después de que yo te salvara. Después de que mi beso te devolviera la vida, cuando el de tu amada esposa no pudo. ¿Tan débil es ese vínculo de cuento de hadas?
— No lo entiendo — Admitió él, y su voz sonaba más cerca, como si hubiera apoyado la frente en la puerta — No entiendo por qué tu beso funcionó. Pero eso no es lo importante ahora. Lo importante son ustedes dos. Abre la puerta, Regina. Déjame verte.
El movimiento en su vientre fue más fuerte esta vez, una rotación decidida que parecía responder a la voz de su padre. Un nuevo dolor, agudo y punzante, le atravesó el pecho. Hasta su propia hija lo anhelaba.
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Happiness
FanficCon la aparición de Emma Swan, la madre biológica de Henry, sus intentos por quedar embarazada cada vez la frustraban más gracias a Cora, su madre. Y su hijo asegurando que era la "Reina malvada", comenzaba a existir una grieta en la maldición que n...
