El pasillo de cereales parecía extenderse infinitamente, una estantería amarilla y roja que se burlaba de su estatura reducida por el peso de siete meses y medio de embarazo. Regina estaba de puntillas o lo más cerca que podía estar de «puntillas» con sus pies hinchados, estirando el brazo con una determinación que bordeaba lo absurdo.
La caja de cereal seguía allí, a cinco centímetros de sus dedos. Inalcanzable. Como tantas otras cosas en su vida.
Hace un año, habría hecho un gesto con la mano y la caja habría volado hacia ella obedientemente. Hace un año, llevaba tacones de doce centímetros incluso para ir al supermercado, porque era la Alcaldesa y las reinas no usan zapatos planos. Hace un año, tenía poder, tenía un esposo que ponía las malditas cajas en el maldito estante inferior porque sabía que a ella le gustaban los Frosted Flakes a las dos de la mañana.
Hace un año, no estaba sola.
Ahora llevaba zapatillas deportivas horribles, grises, funcionales y no alcanzaba los cereales.
— ¿Necesita ayuda?
La voz a su espalda, ese tono suave con un tenue acento que no lograba identificar, la hizo girar con una mezcla de exasperación y algo que no quería reconocer.
Frederic estaba allí, con su metro ochenta y tantos, que ella juraba era más amto que David, su suéter de cachemira beige y esa expresión de calma tranquila que parecía llevar como una segunda piel. Esta vez llevaba una bolsa de manzanas en una mano y una caja de té en la otra.
— Usted otra vez — Dijo Regina, y su tono era cortante, pero carecía de la energía para el filo verdadero.
— Yo otra vez — Confirmó él, sin rastro de disculpa. Sus ojos marrones, cálidos, se elevaron hacia la caja de cereales, luego bajaron a su vientre, luego a sus zapatillas grises. Algo parecido a una sonrisa, gentil y sin burla, curvó sus labios — Frosted Flakes. Buena elección.
— No me siga — Epetó ella, pero era una orden cansada, sin convicción.
— No lo hago — Respondió él con simpleza — Vivo a dos cuadras. Este es mi supermercado. Usted está en mi supermercado — La sonrisa se ensanchó levemente — Quizá debería reconsiderar el sabor de su cereal.
Regina lo miró fijamente. Su rostro no mostraba hostilidad, solo una paciencia desarmante. No era el coqueteo insistente de un hombre en un bar. Era amabilidad. Simple y desconcertantemente, amabilidad.
— No quiero su ayuda — Dijo ella, volviéndose hacia la estantería como si pudiera hacer aparecer los cereales con la fuerza de su voluntad.
— Lo sé — Dijo él — Pero la necesita.
Y entonces, sin esperar permiso, extendió su brazo largo y alcanzó la caja con una facilidad insultante. No se la ofreció de inmediato. La sostuvo en su mano, mirándola como si esperara algo.
Regina apretó la mandíbula. Su orgullo, ese viejo y fiel compañero, le gritaba que diera media vuelta y se fuera. Pero su cuerpo, traicionero y hambriento, recordó el antojo de azúcar y nostalgia.
— Gracias — Murmuró, arrancando la caja de sus dedos. Las palabras eran ásperas, casi inaudibles.
— De nada — Respondió él, y su tono no contenía triunfo, solo satisfacción genuina.
Ella empezó a alejarse, la caja de Frosted Flakes apretada contra su pecho como un escudo. Pero sus pies hinchados, su espalda dolorida y el cansancio acumulado de semanas de soledad la traicionaron. Dio dos pasos y se detuvo, apoyando una mano en el estante.
No iba a llorar. No aquí. No delante de un extraño.
Pero él ya estaba a su lado, sin tocarla, solo presente.
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Happiness
FanfictionCon la aparición de Emma Swan, la madre biológica de Henry, sus intentos por quedar embarazada cada vez la frustraban más gracias a Cora, su madre. Y su hijo asegurando que era la "Reina malvada", comenzaba a existir una grieta en la maldición que n...
