La lluvia golpeaba contra los ventanales del departamento con un ritmo constante y melancólico. Regina estaba de pie en el umbral de la habitación de la bebé, los brazos cruzados sobre su inmenso vientre de treinta y cinco semanas, y una expresión de frustración en el rostro que ningún súbdito de Storybrooke habría osado desafiar.
La habitación estaba casi perfecta.
Casi.
La cuna estaba montada, con sus sábanas de color crema y el móvil de estrellas colgando sobre ella. El armario contenía diminutos bodies, pijamas de algodón y una colección de calcetines que había comprado en un arrebato de ternura incontrolable. La mecedora, un hallazgo de segunda mano que había restaurado ella misma con lija y paciencia, esperaba en la esquina junto a una estantería llena de libros infantiles.
Pero la maldita lámpara de pared no se encendía.
Había probado todo. Cambiar la bombilla. Revisar el cableado. Buscar en YouTube tutoriales sobre electricidad básica que la habían dejado más confundida que al principio. Incluso había considerado, por un momento fugaz y aterrador, usar magia. Pero la magia no existía aquí, y aunque existiera, no sabía si podría invocarla sin poner en riesgo a la bebé.
Necesitaba ayuda.
El problema era que la única persona a la que podía pedir ayuda era la única persona a la que no quería pedir nada.
Desde la cena de lasaña, hacía ya varias semanas, Federico se había convertido en una presencia constante en su vida. No insistente, no invasiva, simplemente presente. Caminaban por el parque casi a diario. Él aparecía en el café a la misma hora que ella, con su tarta de manzana y su periódico. A veces cocinaban juntos, pues él había cumplido su promesa y preparado una paella que aún hacía que a Regina se le hiciera agua la boca al recordarla. Otras veces simplemente veían una película en su departamento o en el de él, en silencio cómplice, sin necesidad de hablar.
No era una relación. No era un romance. Era compañía. La mejor que había tenido en mucho tiempo.
Pero pedir ayuda era diferente. Pedir ayuda era admitir que lo necesitaba. Era bajar otra pieza de la armadura que tan cuidadosamente había construido.
La bebé dio una patada fuerte, como diciendo deja de pensar y haz algo.
Regina suspiró. Tomó el teléfono.
— ¿Federico? — Su voz sonó más vacilante de lo que le habría gustado — ¿Estás ocupado?
Del otro lado, su voz cálida y tranquila respondió.
— Solo veía llover. ¿Necesitas algo?
— Necesito... — Tragó saliva—. Es la lámpara de la habitación de la bebé. No funciona. Y he probado todo y... — Se odió por el temblor en su voz — No sé arreglarla.
Hubo un silencio de un segundo. Luego, con esa calma que siempre la desarmaba habló.
— ¿Te parece bien si subo en diez minutos?
— Sí — Dijo ella — Gracias.
— No hace falta que me lo agradezcas. Para eso están los amigos.
Amigos. Esa palabra. Regina no sabía muy bien qué significaba ya, después de todo lo que había pasado. Pero colgó el teléfono sintiendo que el peso en su pecho se aliviaba ligeramente.
♧
Federico llegó en ocho minutos, con el cabello ligeramente húmedo por la llovizna y una caja de herramientas en la mano. Regina lo hizo pasar, señalando hacia la habitación del bebé con un gesto.
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Happiness
FanfictionCon la aparición de Emma Swan, la madre biológica de Henry, sus intentos por quedar embarazada cada vez la frustraban más gracias a Cora, su madre. Y su hijo asegurando que era la "Reina malvada", comenzaba a existir una grieta en la maldición que n...
