Finales felices

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El timbre sonó justo cuando Regina lograba, después de diez minutos de esfuerzo y maldiciones en varios idiomas, acomodarse en el sofá con una taza de té y un libro. A sus treinta y seis semanas de embarazo, cualquier movimiento era una expedición, y levantarse ahora significaba reiniciar todo el proceso de búsqueda de la posición menos incómoda.

El timbre sonó otra vez.

— Ya voy — Murmuró, dejando el libro con cuidado y emprendiendo la lenta travesía hacia la puerta.

Abrió y se encontró con Federico, que sostenía una carpeta en una mano y una bolsa de papel en la otra. Su sonrisa era amplia, satisfecha, como un gato que acaba de atrapar un ratón particularmente escurridizo.

— Buenos días — Dijo, entrando sin esperar invitación — Te traje croissants.

Regina frunció el ceño, pero cerró la puerta y lo siguió a su propio ritmo hacia la cocina.

—¿Y la carpeta?

— Ah, eso —Federico dejó la bolsa sobre la mesada y extendió la carpeta con un gesto casi ceremonioso — Es un regalo. Bueno, una inscripción. Bueno, dos inscripciones, en realidad.

Regina tomó la carpeta y la abrió. Su mirada recorrió el papel, y luego volvió a Federico con una expresión que era puro escepticismo.

— ¿Clases prenatales?

— Sí —Él asintió, imperturbable — En el centro comunitario, a tres cuadras. Los martes y jueves a las seis de la tarde. La instructora tiene muy buenas referencias.

Regina dejó la carpeta sobre la mesada con más fuerza de la necesaria.

— Federico. No voy a ir a clases prenatales.

— ¿Por qué no?

— Porque no —Cruzó los brazos sobre su vientre, en esa postura defensiva que él ya conocía tan bien — No me gustan esas cosas. Las clases, los grupos, la gente mirándome, la gente haciendo preguntas. Prefiero leer un libro. O veinte libros.

— Los libros no te enseñan a respirar —dijo él con calma — Los libros no te enseñan posiciones para el parto, ni técnicas de relajación, ni...

— Ya sé respirar — Lo interrumpió ella— Llevo haciéndolo toda la vida.

Federico inclinó la cabeza, esa sonrisa paciente que siempre la desarmaba asomando en sus labios.

— Respirar para vivir es diferente a respirar para parir. O eso he oído.

— ¿Y tú qué sabes de parir?

Él no respondió de inmediato. Por un momento, algo cruzó sus ojos, una sombra rápida que desapareció antes de que Regina pudiera identificarla.

— Sé lo suficiente — Dijo, en voz baja — Y sé que no está bien que lo hagas sola.

— No estoy sola — Respondió Regina, con un gesto hacia él — Estás tú. Aquí. Ahora. Eso no es estar sola.

— Exacto — Federico aprovechó la abertura con la precisión de un estratega — Por eso te inscribí a las clases. A los dos.

Regina parpadeó.

— ¿A los dos?

— Sí. Tú y yo. Como acompañante — Se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo — He leído que es importante tener a alguien de apoyo durante el parto. Alguien que sepa lo que hay que hacer, que pueda ayudarte con la respiración, que...

— ¿Tú quieres ser mi acompañante en el parto?

La pregunta colgó en el aire. Federico la miró fijamente, sin rastro de vacilación.

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