La salvadora

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El coche de Emma frenó en la entrada de la mansión levantando una nube de polvo. No esperó a apagar el motor; saltó del vehículo y subió los escalones del porche de dos en dos, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Había llamado por teléfono tres veces durante el trayecto, pero nadie contestó. Ni Henry. Ni Cora.

La puerta principal estaba entreabierta.

Empujó con violencia, lista para enfrentarse a la Reina de Corazones, para exigirle que le devolviera a su hijo. Pero lo que encontró la detuvo en seco.

Henry estaba sentado en el sofá de la sala, un vaso de leche a medio terminar en la mesa frente a él. Cora estaba de pie junto a la chimenea, observando la escena con una calma que helaba la sangre.

— Henry — La voz de Emma salió entrecortada, una mezcla de alivio y furia — ¿Qué demonios haces aquí?

El niño la miró, y en sus ojos no vio culpa, sino algo que no supo identificar. ¿Desafío? ¿Tristeza? ¿Las dos cosas?

— Hola, mamá.

— No me digas "hola, mamá" — Cruzó la sala en tres zancadas y se plantó frente a él — Te has escapado de la escuela. No contestas el teléfono. Me tienes preocupada, asustada, y...

— Estaba con mi abuela —a interrumpió Henry, con una calma que recordaba inquietantemente a la de Cora — ¿Qué tiene de malo?

Emma abrió la boca para responder, pero las palabras se atascaron. Miró a Cora, que observaba la escena con una sonrisa leve y enigmática, y sintió que la furia le hervía en las venas.

— Fuera — Le espetó — Necesito hablar con mi hijo a solas.

— Es mi casa — Respondió Cora, sin inmutarse — Y mi nieto.

— ¡No me importa! — El grito resonó en la sala vacía. Emma respiró hondo, obligándose a controlarse. No servía de nada perder los estribos delante de Henry. No así. — Por favor — Dijo, con un tono más calmado pero igual de firme — Necesito hablar con él. A solas.

Cora sostuvo su mirada un momento. Luego, con una elegancia insultante, se dirigió hacia la escalera.

— Estoy al pendiente, querido — Dijo, dirigiéndose a Henry — Terminaremos nuestra conversación luego.

Cuando sus pasos se desvanecieron en el piso superior, Emma se dejó caer en el sofá junto a Henry. El silencio se extendió entre ellos, pesado y tenso.

— ¿Qué estás haciendo? — Preguntó al fin, su voz agotada.

— Ver a mi abuela — Respondió Henry, con esa lógica infantil que era imposible rebatir.

— Cora no es... — Emma se detuvo, buscando las palabras correctas — Mira, Henry, sé que es tu abuela. Entiendo que la quieras. Pero no es... no es una buena persona.

— Tú no la conoces.

— La conozco mejor de lo que crees —Emma pasó una mano por su cabello, frustrada — Hizo cosas terribles, Henry. Cosas que no puedo contarte porque... porque eres un niño.

— Mamá también hizo cosas terribles —Dijo Henry, y el "mamá" dirigido a Regina golpeó a Emma con más fuerza de la que esperaba — Y tú la dejaste verme.

— Eso es diferente.

— ¿Por qué? ¿Porque mamá cambió? ¿O porque tú decidiste que ella podía cambiar y Cora no?

Emma se quedó sin respuesta. Porque en el fondo, Henry tenía razón. Había sido más indulgente con Regina porque la había visto luchar, porque había visto su amor por él, porque... porque era más fácil perdonar a la madre de tu hijo biológico que a la abuela manipuladora.

HappinessDonde viven las historias. Descúbrelo ahora