La mansión parecía respirar hostilidad. David subió los escalones del porche con el corazón en un puño. Tres semanas. Tres semanas sin verla, sin saber de ella. Al principio, había creído que era su orgullo, su dolor. Que se escondía en su casa, lamiéndose las heridas. Pero el silencio se había vuelto demasiado denso, demasiado absoluto. Ni siquiera Henry, tenía noticias. Una inquietud feroz, mezclada con una culpa que le corroía las entrañas, lo había empujado finalmente hasta allí.
Golpeó la puerta, al principio con firmeza, luego con creciente desesperación. No hubo respuesta. Probó el pomo. Estaba abierta.
El interior estaba inmerso en una penumbra fría y pulcra, como un museo de recuerdos amargos. No había rastro de vida.
— ¿Regina? — Llamó, su voz resonando en el vacío del vestíbulo — ¡Regina!
— No vale la pena gritar, príncipe.
La voz, fría como el mármol de la escalera, lo hizo girar. Cora descendía los peldaños con lentitud deliberada. En sus ojos oscuros no había sorpresa, solo un desprecio profundo y paciente.
— ¿Dónde está? — Preguntó David, dando un paso hacia ella.
Cora se detuvo al pie de la escalera, estudiándolo como a un insecto interesante pero desagradable.
— ¿Quién? ¿Mi hija? ¿La mujer que cargaba con tu hija? — Cada palabra era un dardo envenenado — ¿Esa de la que no te acordaste hasta que llevaba casi un mes desaparecida?
David sintió que las palabras le golpeaban como puños.
— He estado… las cosas han sido complicadas.
— Ah, sí. Tan complicadas — Asintió Cora con una sonrisa delgada y cruel — Jugando a la familia feliz con tu verdadera esposa, supongo. Tan ocupado que el bienestar de la madre de tu hija nonata se convirtió en una molestia prescindible.
— ¡No es verdad! — Estalló él, pero su protesta sonó hueca incluso para sus propios oídos — He estado preocupado. Pero ella… ella no daba señales.
— ¿Y qué señal esperabas? — Preguntó Cora, avanzando hacia él lentamente — ¿Que fuera a suplicarte? ¿Que se arrastrara hasta el departamento de tu princesa para recordarte su existencia? Ya lo hizo una vez, ¿Recuerdas? Y tú la ignoraste frente a todo el pueblo. Le diste la espalda. Le mostraste a todos, y lo más importante, a ella, exactamente cuánto valía para ti.
David palideció. El recuerdo de Granny’s, de su cobardía, lo quemaba como hierro al rojo.
— Yo… vine después — Murmuró, defendiéndose de la acusación en los ojos de Cora.
— Demasiado tarde y demasiado poco —cortó ella — El amor en la oscuridad, ¿No es eso lo que le ofreciste? Migajas de tu atención cuando nadie te veía. ¿Y crees que una reina se contenta con migajas?
— ¿Dónde está, Cora? — Exigió David, su voz cargada de una angustia que ya no podía contener —¿Está bien? ¿La bebé?
El miedo genuino en su voz pareció, por un instante, ablandar la fría ira de Cora. Pero solo por un instante.
— Se fue — Dijo, simple como si le estuviera dando el pronóstico del clima — De Storybrooke. Hace tres semanas.
Las palabras cayeron como una losa sobre David. El mundo se inclinó a su alrededor. Se fue. No estaba en la casa. No estaba en el pueblo.
— ¿A dónde? — Logró preguntar, la voz ronca.
— ¿Y por qué iba a decírtelo a ti? —Replicó Cora, cruzando los brazos — ¿Para que puedas ir a perturbarla? ¿Para que puedas arrastrar más de tu confusión y tu miseria a su nueva vida? Ella tomó una decisión, por primera vez pensando solo en ella y en esa niña. Huyó de tu indecisión, de la hipocresía de este pueblo, de todo este… circo de héroes y villanos.
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Happiness
FanfictionCon la aparición de Emma Swan, la madre biológica de Henry, sus intentos por quedar embarazada cada vez la frustraban más gracias a Cora, su madre. Y su hijo asegurando que era la "Reina malvada", comenzaba a existir una grieta en la maldición que n...
