La decisión se cristalizó en su mente con una claridad glacial. No había más razones para quedarse, ni un solo hilo de esperanza al que aferrarse. Storybrooke ya no era su hogar; era una cárcel de recuerdos amargos, de miradas acusadoras y de un amor que solo florecía en la oscuridad.
Empacó con una eficiencia fría y metódica. Ropa, documentos, una considerable suma de dinero de las cuentas que aún controlaba como alcaldesa. No dejó nota alguna.
De pie en la habitación de Henry, ya vacía desde que él se fue con Emma, respiró el aire que aún guardaba su esencia. Un dolor agudo, limpio y devastador la atravesó. Lo extrañaría cada segundo de cada día. Pero él tenía ahora a su madre salvadora, a su abuelo héroe y a su abuela princesa. Tenía la familia de cuento que siempre quiso. ¿Qué podía ofrecerle ella, excepto más dolor, más conflicto, más sombras? Su partida era, en el fondo, el último acto de amor hacia él: liberarlo de la mancha que su presencia representaba en su nuevo y perfecto mundo.
Bajó las escaleras silenciosamente. En el vestíbulo, su madre la esperaba, como si hubiera percibido la energía de despedida en el aire.
— ¿Huyes? — Preguntó Cora, con una sonrisa que no era de desprecio, sino de aprobación.
— Me voy — Corrigió Regina, ajustándose el abrigo sobre su prominente vientre — Este pueblo ya no tiene nada para mí.
— Y el niño — Inquirió Cora, con una curiosidad genuina.
— Está donde debe estar — La voz de Regina sonó hueca — Con su verdadera familia.
Cora asintió lentamente, sus ojos brillando con un cálculo renovado. Sin Regina allí para contenerla, sin su lazo sentimental con Henry y su obstinada, aunque menguante, moralidad, el campo estaba libre.
— ¿Y qué debo hacer con todos esos… plebeyos ingratos? — Preguntó Cora, casi con dulzura.
Regina la miró por primera vez sin ansiedad, sin miedo, sin el deseo infantil de su aprobación. Solo con un agotamiento infinito y una indiferencia absoluta.
— Haz lo que quieras, madre — Dijo, y abrió la pesada puerta principal — Ya no me importa.
El aire frío de la madrugada la recibió. No miró atrás hacia la mansión que había sido su palacio y su prisión.
Subió a su auto, un mercedes negro elegante, y encendió el motor. Pasó por la calle principal, desierta a esa hora. Pasó por el departamento de los Charming, donde Henry dormía. Pasó por la estación de sheriff, donde David probablemente estaba comenzando su turno, carcomido por la culpa pero incapaz de actuar.
Ninguna lágrima cayó. Sentía un vacío enorme, pero era un vacío quieto, pacífico. Ya no había batalla que librar.
Con una determinación que no sabíaque tenía, cruzó el limite del pueblo, dejando atrás Storybrooke, su amor, su hijo y toda su vida.
En la mansión, Cora sonrió ante el espejo del vestíbulo, sus dedos acariciando el marco dorado. Con Regina fuera, nada se interponía entre ella y la venganza total contra este pueblo que había osado juzgar y lastimar a su hija. Y quizás, solo quizás, sin la debilidad del amor atándola, Regina en Nueva York, con una hija que criar y un corazón recién endurecido, podría convertirse finalmente en la reina que siempre estuvo destinada a ser.
Regina condujo hacia la ciudad que nunca duerme, hacia el anonimato, hacia una vida donde su única misión, su único amor, sería la hija que crecía en su vientre. Storybrooke, David, Henry, Snow… todos se convertían en fantasmas de un pasado que eligió dejar atrás. La Reina había abdicado, no por derrota, sino por desprecio. Y en su retiro, dejaba un reino listo para arder.
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Happiness
FanfictionCon la aparición de Emma Swan, la madre biológica de Henry, sus intentos por quedar embarazada cada vez la frustraban más gracias a Cora, su madre. Y su hijo asegurando que era la "Reina malvada", comenzaba a existir una grieta en la maldición que n...
