❝ Nunca podrán huir de su pasado pero
tal vez, solo talvez, puedan encontrar
un futuro medianamente diferente... ❞
Donde Kamy, que ha sido entrenada durante toda su niñez con el objetivo de ser la mejor asesina que el mundo haya conocido, termina...
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Myko le dió una última mirada a su hermana menor antes de que se perdiera en el pasillo junto a los otros dos niños. Sabía que, de seguro, cometería una tontería.
Hisoka se acercó al azabache, sugerente. ⸻¿Crees que sea hoy? ⸻ Preguntó. La diversión que le provocaba tal posibilidad se reflejaba en su tono.
Myko negó. ⸻No se irá sin una orden y tampoco se arriesgará a oír un regaño de Nobunaga por dejar huir a los niños. Al menos, espero que no. ⸻ Contestó, deseando no estar equivocado.
Shalnark repartió folletos con los rostros de los guardaespaldas de los Nostrade. Ordenó que revisaran la ciudad en parejas, volviendo a el escondite a las diez de la noche. Todos acataron la orden del rubio.
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Un movimiento en falso, y eso será todo.
Kamy tragó con dificultad, sentándose frente a la única puerta de la habitación. Gon y Killua se sentaron ambos al fondo de la habitación. Demasiado lejos, pero a la vez lo suficientemente cerca como para que la niña pudiera escuchar el timbre de sus voces. Nostálgico, efímero.
Killua Zoldyck estaba a menos de tres metros, pero a miles de secretos de distancia.
Un temblor en los dedos. Kamy tenía frente a ella la posibilidad de dejarlo todo. Miedo, ese ser tan cruel le susurraba al oído que el niño que ama nunca la verá con los mismos ojos. Prefería que no la conociera. Que no supiera. Que la odiara por ser una araña, y no por ser Kamy Miyazaki.
Gon se quejaba del dolor de su mano, mientras Killua recapitulaba todo lo que había ocurrido momentos atrás, estancándose en el hecho de que no fue capaz de defender a su amigo tras verse amenazado por Hisoka, aún cuando Gon pudo haber resultado con un brazo roto. Se sentía culpable, justo como Illumi dijo que debería sentirse. Kamy se rascó el antebrazo, ya debería haber cambiado su vendaje.
Se abstuvo tanto como pudo de mirar a Killua, aunque de vez en cuando no podía evitarlo. Sus ojos escapaban, por milésimas de segundo lo buscaban como leones hambrientos.