Y no era deseo.
Era frustración. Era agotamiento. Era la urgencia de no ser Dick Grayson por una jodida hora. De dejar de fingir que todo estaba bien. De vaciarse de emociones que ya no cabían dentro de su pecho.
Era el impulso de alguien al borde del colapso, que necesita que lo contengan sin preguntas. El tipo de necesidad que se arrastra bajo la piel, que no nace en el sexo, sino en la soledad. En el cansancio de sostenerlo todo sin dejar que nada caiga.
Wally lo abrazó más fuerte de lo necesario. Porque lo entendía. Porque él también había querido desaparecer alguna vez. El pelinegro lo empujó hacia dentro sin pensarlo, con la misma desesperación con la que alguien se aferra a una cuerda antes de caer al vacío. Lo besó con una necesidad que no era deseo, era suplicio. Era supervivencia. Era el intento frenético de volver a sentirse real.
Entre jadeos y besos desordenados, llegaron al sillón. El antifaz salió volando hacia algún rincón, olvidado en el instante en que Dick alzó la vista y encontró los ojos de Wally.
Quería verlos. Necesitaba verlos.
Cada roce era distinto. No solo cálido… sino eléctrico. Literalmente. Como si bajo esa piel ardiente se escondiera un relámpago esperando estallar.
Las manos del pelirrojo no lo tocaban: lo encendían. Dejaban una vibración sutil, un cosquilleo bajo la piel que lo hacía arquearse apenas. Dick no sabía si era su poder o su deseo —o ambos—, pero cada caricia llevaba una chispa que se le quedaba prendida en la espalda, en el vientre, entre los muslos.
Cada caricia era como el inicio de una tormenta. Las yemas de sus dedos vibraban, literalmente, a una frecuencia tan baja que al principio parecía apenas un temblor. Pero luego, cuando presionaba un poco más, cuando lo rozaba por la línea de la mandíbula o por la espalda baja, esa vibración se colaba entre los músculos y la piel, como un murmullo eléctrico directo al sistema nervioso.
El calor crecía lento, acumulándose en oleadas, como una tormenta que se va gestando en el horizonte… y él solo podía rendirse. Porque ser tocado por Wally era como ser acariciado por rayos. Como si todo su cuerpo fuera un campo magnético diseñado para responder a ese alfa en particular.
Y estaba empezando a arder.
Wally sabía lo que hacía. Sabía dónde tocar, cómo templar la energía, cómo descargarla de forma milimétrica hasta que Dick se arqueaba contra él con un jadeo entre los dientes.
El aroma omega de Dick se derramaba como una marea caliente, envolviendo la habitación. No estaba en celo, pero sus glándulas se activaban igual, como si reconocieran que ese cuerpo, ese tacto, esa electricidad, eran lo único que querían.
Chocolate amargo con café recién molido, dulzura contenida en lo más profundo de sus poros. Feromonas que decían “acércate” y “ten cuidado” al mismo tiempo.
Wally lo miró. En esas pupilas negras por el instinto había algo que le apretó el pecho: una súplica muda. El tipo de vulnerabilidad que no se suplica con palabras, sino con el cuerpo.
Y aunque podía olerlo —sentir cómo ese deseo se pegaba a su lengua, cómo lo llamaba a morder, a anudar, a reclamar— no se movió. No hizo ningún movimiento indebido. No aún. Solo lo sostuvo más fuerte.
—No voy a hacer nada que tú no quieras — susurró, bajando la voz hasta que fue solo un aliento entre ellos. Luego, bajó la frente hasta tocar la suya.
El traje aún estaba abrochado hasta el cuello, pero Dick temblaba ligeramente. No de frío. Temblaba como tiemblan los cables antes de estallar. Wally lo sintió con sus manos en la cintura. El cuerpo de Dick pedía calor, pero también pedía tregua.
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El renacer de un ave
FanfictionA sus 18 años, Jason Todd-Wayne jamás imaginó que su vida cambiaría tan rápido. Sus regresos a casa siempre habían sido drámaticos... pero llegar siendo omega y con bebé era bastante, incluso para él. Gracias a mi co-autora Alice N <3 Edit. Ya n...
