Capítulo especial - 18.2

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Dick se dejó caer en el sofá con Wally encima, jadeando. Feromonas dulces llenaban el ambiente, pesadas, magnéticas. No había escapatoria. El ambiente estaba saturado de deseo, sí... pero también de algo más denso.

Wally vibraba. Literalmente. Cada roce era electricidad pura. Su piel ardía, chispeaba, y el contacto se sentía como relámpagos embotellados. Un gemido profundo escapó de su garganta cuando sintió su erección rozar la suya. Un gemido que sonaba a rendición.

Y Dick lo dejó tocarlo como quisiera. Rozando con deseo cada relieve de las cicatrices que había por todo su cuerpo. Porque, por fin, alguien lo tocaba sin esperar perfección. Sin temer romper algo, sin endiosarlo o volverlo un objeto. Alguien lo tocaba como si supiera que bajo el antifaz había un hombre; que no quería ser una estatua de mármol admirada desde lejos, sino piel contra piel.

Wally se inclinó sobre él con una devoción que rozaba lo sagrado, y cuando sus manos se deslizaron más abajo, fue para adorarlo, no para poseerlo. Sus dedos encontraron el punto exacto entre intimidad y ternura, provocando placer sin violencia, sin presión. Lo acarició hasta arrancarle suspiros temblorosos, hasta que Dick se arqueó buscando más. Solo se detuvo cuando lo sintió estremecerse, cuando los músculos tensos en su abdomen vibraron bajo su toque y los dedos de Dick se aferraron al sofá con desesperación muda.

El alfa tragó saliva.

Porque algo en él sabía que esto ya no era sexo. Era conexión.

Y el omega sabía que tal vez no era sexo lo que le suplicaban sus caderas, sino pertenencia. Tal vez no quería un orgasmo. Tal vez solo quería a Wally.

Porque en ese instante, la idea del pelirrojo casándose, teniendo hijos con alguna otra persona, dejando de contestar a su llamado... fue insoportable.

Lo quería solo para él. Aunque fuera egoísta. Aunque nunca se atreviera a decirlo.

Porque con Wally, se sentía visto. Conectado.

Y estaba harto de sentirse desconectado de todos. De fingir que todo estaba bien cuando no lo estaba. De sostener una familia que parecía más un museo de traumas que un hogar. Aunque los amaba, definitivamente, era tan cansado a veces...

Con él bajaba los hombros, no tenía que ser Dick Grayson, el hijo ejemplar. Ni Nightwing, el vigilante impecable. Solo él mismo, un omega que quería dejar de pensar, de cargar. Que también quería sentirse amado sin condiciones.

Y sí, tal vez era más fácil ser eso: un cuerpo dispuesto, piel, lengua y ruidos. Entregarse con los muslos abiertos y la boca lista. Porque criar, construir, quedarse... eso le aterraba. No creyó nunca ser capaz de cuidar algo más que a sí mismo. Y, siendo honestos, ni siquiera eso le salía bien.

Por eso se había alejado de la idea de formar una familia con Barbara. Por eso dijo que no. Porque el amor era otra cosa, más grande. Porque ella era demasiado real. Y él se sentía... pequeño.

Salió con Barbara porque era lo correcto. Porque ella era lista, fuerte, admirable...

Porque era la clase de persona con la que el hijo mayor de los Wayne debía estar. Y sí, la quería. Claro que la quería, pero ahora sabía que no así. No de esa manera que te desarma y te hace querer quedarte. No con esa hambre que se te instala en el pecho y te hace temblar por el simple roce de una mano.

Era más fácil pensar que era amor solo porque lo parecía. Porque todos esperaban que lo fuera. Porque quería seguir siendo el ejemplar, el confiable, el bueno. Pero se sintió como si todo el amor que le pudiera ofrecer estuviera envuelto en una mentira bien intencionada.

Así que dijo que no.

No a las promesas, no al futuro, no a esa vida tan perfectamente trazada.

Pero entonces llegó Damian.

El renacer de un aveHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora